31 de mayo de 2015

Fantasmas en el plasma

Poltergeist (Poltergeist, 2015)

Dirección: Gil Kenan
Guión: David Lindsay-Abaire
Intérpretes: Rosemarie DeWitt, Sam Rockwell, Jared Harris, Kyle Catlett, Jane Adams
Fotografía: Javier Aguirresarobe
Música: Marc Streitenfeld

Cada vez que llega a nuestra cartelera un remake con un resultado tan poco imaginativo como el que nos ocupa (y lo cierto es que sucede demasiado a menudo), no nos queda otro remedio que repetirnos siempre la misma pregunta: ¿qué necesidad había? Probablemente, la respuesta sea: ninguna. O, dicho de otra manera: vagos intereses económicos basados en cálculos de recaudación que, normalmente, suelen salir rentables. Pero más allá de la holgazanería y el tacticismo de los magnates de Hollywood, el caso es que pocas opciones tenía el director Gil Kenan de aportar algo nuevo al icónico filme que en 1982 dirigió Tobe Hooper bajo el guión, producción y supervisión de Steven Spielberg. No sabemos si Kenan, realmente, se lo ha tomado como un encargo rutinario o si no ha tenido libertad creativa pero, de cualquier forma, la propuesta en sí misma tampoco tenía mucho sentido. Primero, porque el Poltergeist original impactó de tal manera en la cultura popular que ya ha tenido toda una serie de remakes encubiertos a lo largo de los años, como ha pasado con otros hitos del terror como El exorcista (1973). En segundo lugar, el género ha tenido una doble revitalización, recientemente, por un lado, en su versión low cost con la saga iniciada con Paranormal activity (2007) y, por otro, con la espeluznante Insidious (2010) y sus continuaciones. Y, por último, porque las escenas más representativas del filme original (a las que no se podía renunciar) están demasiado vinculadas al momento en el que se filmaron; sirvan como ejemplo la televisión de tubo y la niebla tras la finalización de la emisión que, hoy en día, están totalmente fuera de contexto.

Así, la única aportación de esta versión descafeinada de las aventuras paranormales de Carol Anne (ahora Madison) y su familia es el pelo castaño de la niña, un puñado de tabletas electrónicas desaprovechadas, unos cuantos payasos (en lugar de uno) y un gran plasma de pantalla plana que ya ha perdido toda la fuerza y el sentido. Solamente, el uso (algo gratuito) de un dron en la investigación resulta verdaderamente novedoso, aunque también algo banal y poco trascendente.

Lo peor de todo, en realidad, es que la cinta tiene un grave problema de tono difícil de justificar. Por algún motivo que, seguramente, responde a estudios de mercado, se han añadido unos toques de humor (sobre todo, ligado a la hija adolescente) que ridiculizan una atmósfera de debería ser angustiosa. Incluso la figura del medium, en esta ocasión, está enfocada como la de un showman televisivo, réplicas ingeniosas incluidas, que no le llega ni a la suela de los zapatos a la enigmática espiritista interpretada por la mítica Zelda Rubinstein.

A parte de eso, a quienes no hayan visto la original, quizás les parezca entretenida, aunque también algo ingenua y con demasiados subrayados en torno a la idea de familia unida. Solo nos queda, ante esta tendencia inevitable, la esperanza de que, con los años, prevalezcan en nuestra memoria únicamente las versiones primigenias y olvidemos de nuestro imaginario que alguna vez existieron remakes tan mediocres como éste.

Recomendado para adictos a las nuevas versiones de nuestros clásicos ochenteros (independientemente del resultado).
No recomendado para quienes busquen revivir las emociones de la original.

30 de mayo de 2015

Frenética salvajada

Max Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, 2015)

Dirección: George Miller
Guión: Nick Lathouris, Brendan McCarthy, George Miller
Intérpretes: Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Rosie Huntington-Whiteley, Nathan Jones, Zoë Kravitz
Fotografía: John Seale
Música: Junkie XL

En un momento en el que parecía que ya solo existían dos modelos de cine comercial (la pirotecnia superficial y efectista de Michael Bay o la densidad narrativa del más pretencioso Christopher Nolan), George Miller ha dado una patada al tablero de juego totalmente inesperada y revolucionaria. Treinta años después de su anterior entrega, Mad Max: Furia en la carretera reivindica, para disfrute de todos, un modelo de cine de acción auténticamente ochentero donde se respira el polvo, se huele el sudor, la sangre salpica y los coche chocan y explotan de verdad. Parece mentira que un director de más de 70 años sea capaz de firmar una película que, siendo una simple secuela tardía (o reboot, como queráis), resulte más moderna, más atrevida, más frenética, sorprendente y divertida que casi cualquiera producto similar actual firmado por alguno de los nuevos cineastas. Como ya vimos con El lobo de Wall Street de Martin Scorsese, parece que la experiencia es un grado a la hora de dominar el ritmo y el pulso narrativo, y que la osadía y la desvergüenza es una cuestión de espíritu más que de juventud.

Miller no solo ha rodado en escenarios reales sino que ha utilizado los mínimos efectos digitales, potenciando el realismo de cada escena y buscando sacar partido al maquillaje, el diseño de los coches, la apurada fotografía, el vestuario y toda la parafernalia postapocalíptica al servicio de unos personajes originales y muy bien definidos. La cámara nos muestra lo que ocurre en cada momento con planos abiertos, sin movimientos demasiado bruscos, reforzando sus virtudes con un montaje ejemplar que huye del estilo videoclipero tan recurrente y cuya banda sonora es la propia celebración de la desmesura. Es cierto que, por momentos, arriesga demasiado, por ejemplo, con la figura del guitarrista, los flashbacks del protagonista o las secuencias a cámara rápida que rozan el ridículo. Pero, en realidad, toda la saga ha tenido siempre ese aire autoparódico al que, por contexto, se le pueden conceder ciertas licencias.

Sin embargo, lo mejor de la cinta es que aporta muchas novedades a un universo que creíamos ya agotado. En esta ocasión, Max Rockatansky, interpretado por un vigoroso Tom Hardy a la altura del personaje, reparte el protagonismo en una historia mucho más coral y feminista en la que Charlize Theron se erige como nuevo (y quizás definitivo) incono de la franquicia. Por no hablar del diseño de esa sociedad fundamentalista, la secuencia nocturna o la tormenta de arena. Por lo demás, la voz en off del atormentado Max sigue una línea muy cercana al cómic, digamos, de la escuela de Frank Miller, que hará las delicias de los aficionados a la épica nihilista.

Como sus propios vehículos, la película es una carrera que avanza siempre hacia adelante; una inagotable persecución, llena de violencia lúdica e ideas delirantes. Abrumadora para los sentidos, quizás haya quien sea incapaz de entrar en esta especie de western bizarro de extrañas criaturas, tullidos, locos disfrazados, viejas con metralleta, embarazadas y vándalos deformes. Aunque raro sería, puesto que es un filme que arrastra de forma algo inevitable; como un camión al que te subes o te pasa por encima.

Recomendado para amantes de la acción pura de ritmo inagotable.
No recomendado para verosimilistas o mentes cerradas a la ciencia-ficción excesiva. 

14 de mayo de 2015

Un chico de barrio

A cambio de nada (2015)

Dirección y guión: Daniel Guzmán
Intérpretes: Miguel Herrán, Antonio Bachiller, Luis Tosar, María Miguel, Antonia Guzmán, Felipe García Vélez, Patricia Santos, Miguel Rellán, Álex Barahona, 
Fotografía: Josu Inchaustegui
Música: Varios


Doce años le ha costado a Daniel Guzmán sacar adelante su ópera prima como director tras su debut con el cortometraje Sueños (2003), ganador del Premio Goya y la Espiga de Oro del Festival de Valladolid. Más allá de reflejar lo complicadas que están las cosas en el cine español en materia de financiación, este tiempo demuestra el carácter luchador del cineasta y su objetivo de filmar la película exactamente de la manera en que la había concebido. Su personal visión de la historia pasaba, entre otras cosas, por contar con el protagonista adecuado, incluir, necesariamente, un personaje para su abuela y usar canciones de Julio Iglesias como banda sonora. Visto el resultado, parece que la tozudez de Guzmán ha valido la pena ya que, precisamente, son estos tres de los elementos más destacables de la cinta, sumados a una frescura y realismo que ya conocíamos de su trabajo anterior. 

A cambio de nada sigue siendo, en parte, el mismo universo que el de aquellos chicos de barrio que soñaban, se peleaban y tiraban huevos a la policía desde la azotea de sus casas bajo el sol veraniego. La diferencia es que aquí son algo más mayores y la realidad y los problemas los viven con una distancia distinta. La idea de la amistad entendida como un código, donde el cariño se demuestra con través del insulto y las collejas, sigue presente pero, esta vez, encontramos también los demás vínculos del antihéroe marginal como, por ejemplo, las chicas, la familia y la autoridad. 

Lo más interesante del filme es la forma en que Darío (un fantástico Miguel Herrán) paga las consecuencias de un entorno hostil con el que no sabe lidiar. Su huida, finalmente, se basa en la construcción de una familia alternativa, elegida por él, concepto tan profundo como natural con el que Guzmán demuestra una gran madurez estilística. Sin embargo, en el abanico de situaciones y frentes abiertos del guión, existe cierta dispersión narrativa. El ritmo es bueno pero, quizás, abusa de tramas episódicas que, pese a enriquecer el perfil psicológico de los personajes, no acaban de dejar claro hacia dónde nos llevan. 

Las influencias (declaradas o no) de Guzmán son, en realidad, toda una tradición de cine social iniciada por Perros callejeros (1977) y que vivió una nueva etapa con Barrio (1998) y El Bola (2000). Esta corriente en la que se da una visión carismática de la delincuencia y que, durante mucho tiempo, ha sido tan representativa de nuestro cine, no termina aquí de reinventarse. No obstante, consigue darle algo de aire fresco a aquel espíritu hoy injustamente devaluado y que, en realidad, siempre ha obtenido muy buenos resultados.

Recomendado para amantes de las historias reales que sepan valorar el talento joven (y no tan joven).
No recomendado para quienes carguen con demasiados prejuicios sobre el género.

5 de mayo de 2015

Máximo entretenimiento

Vengadores: La era de Ultron (The Avengers: Age of Ultron, 2015)

Dirección y guión: Joss Whedon
Intérpretes: Robert Downey Jr., Mark Ruffalo, Scarlett Johansson, Chris Evans, Chris Hemsworth, Elizabeth Olsen, Jeremy Renner, Aaron Johnson, Paul Bettany
Fotografía: Ben Davis
Música: Brian Tyler y Danny Elfman

Pese a las constantes quejas por la denominada "invasión" del cine de superhéroes en estos últimos tiempos, deberíamos estar agradecidos a directores como Joss Whedon o Christopher Nolan por esforzarse en ofrecer en cada película un espectáculo de calidad máxima, aunque tengan que pagar, algunas veces, el precio de la pretenciosidad. Hay que estar contentos como amantes del cine porque, en realidad, no hay necesidad ninguna de cuidar el guión para obtener un gran éxito de taquilla cuando la marca se vende por sí sola, como hemos visto con la agotadora saga Transformers y, en general, con el cine de Michael Bay. Digamos que es una cuestión de respeto por su trabajo como cineastas, por el arte de la narración y por el propio público al que interpelan como sujeto inteligente. Esta tendencia, tan estimable como poco valorada por los críticos, sigue el camino marcado por, entre otros, J. J. Abrams, Peter Jackson o el precursor Steven Spielberg, y culmina aquí con lo que sería (en su género) el entretenimiento perfecto.

Se nota que Whedon conoce meticulosamente el universo y la historia que relata, así como el perfil psicológico de todos y cada uno de los personajes. Controla con minuciosidad cada detalle de la mastodóntica estructura que tiene que manejar y sale airoso pese a que podría haberse estrellado por el camino entre su amplio reparto coral y su acción frenética. Supera, de esta manera, con talento y agilidad, las expectativas de una secuela que tenía el listón muy alto.

Tal heroicidad -si se me permite el chiste- se resume en tres aspectos. Primero, la correcta ubicación y tratamiento de cada personaje, sin desmerecer a ninguno, matizando sus diferencias, y aprovechando sus peculiaridades para avanzar hacia adelante. En segundo lugar, su espectacularidad visual que, en ocasiones, peca de parecerse demasiado a la estética de un videojuego, pero que, después, nos maravilla con sus planos secuencia mostrando a todos los Vengadores en acción. Por último, sus diálogos: originales, frescos y divertidos, pero también certeros y hasta trascendentes, alejados de cualquier lugar común. Si a esto le sumamos sus momentos de cotidianidad (la fiesta) y un villano complejo que otorga contradicciones a las motivaciones del grupo, podemos decir que nos encontramos ante un filme comercial y pirotécnico... sí. Pero de los de quitarse el sombrero.

Recomendado para amantes del entretenimiento de máxima calidad (sin prejuicios contra la mallas de licra). 
No recomendado para los que no disfrutaron con su primera entrega.

29 de abril de 2015

Bufonada geopolítica

The Interview (The Interview, 2014)

Dirección: Evan Goldberg y Seth Rogen
Guión: Dan Sterling
Intérpretes: James Franco, Seth Rogen, Lizzy Caplan, Randall Park, Diana Bang, Timothy Simons
Fotografía: Brandon Trost
Música: Henry Jackman

De una película que despertó la ira del régimen norcoreano, antes incluso de su estreno, con el ataque informático a Sony Pictures incluido, se esperaba, inevitablemente, una cierta inteligencia propia de cualquier sátira capaz de abordar temas tan delicados. Al contrario, lejos de saciar tan altas expectativas, The Interview cuenta con más bien poca perspicacia y mucha de la inconsciencia de quien se burla, indistintamente, tanto de lo más banal como de lo peligroso. Dirigida por Evan Goldberg y Seth Rogen, la película resulta, por momentos, divertida, gracias, sobre todo, a un James Franco un poco pasado de vueltas pero, en cualquier caso, muy carismático. A su lado, Rogen busca un contrapunto que no acaba de cuajar, aunque le sirva para dejar en bandeja a su amigo todo el lucimiento.

Es difícil decir si nos encontramos ante una buena oportunidad perdida o, simplemente, ante una comedia sin pretensiones cuya repercusión la ha sobredimensionado. De lo que sí ha servido, en todo caso, es para recordarnos que al totalitarismo la ironía le resulta indiferente (según nos enseñó Berlanga) pero responde furibundo ante la obviedad y la brocha gorda. Cualquier debate político o artístico generado por las parodias a costa del dictador Kim Jong-un de este filme es mucho más interesante que sus propias bufonadas y, a la vez, una paradoja sobre el valor mismo de la propuesta.

Tratando de poner cierta distancia, cabe decir que la historia arranca con fuerza pero se desinfla a medida que avanza. Aparenta ser rompedora, pero se sostiene sobre una estructura algo arquetípica y no cuenta con buenos secundarios (a excepción de algún que otro cameo). Aun así, es entretenida y, aunque algo tonta, tiene dos o tres buenas ideas destacables. Además, transmite la frescura (como ocurría con Malditos vecinos) de un grupo de actores que, aparentemente, han disfrutado mucho rodándola, cosa que -parece mentira- ocurre cada vez menos.

Recomendado para espectadores de risa fácil y algo ingenuos.
No recomendado para quienes acudan a ella por el 'hype' de toda la polémica.

21 de abril de 2015

Engaños con estilo

Focus (Focus, 2015)

Dirección y guión: Glenn Ficarra y John Requa
Intérpretes: Will Smith, Margot Robbie, Rodrigo Santoro, Stephanie Honore, BD Wong, Adrian Martinez, Robert Taylor
Fotografía: Xavier Pérez Grobet
Música: Nick Urata

Tras el batacazo que supuso After Earth (2013) en su carrera, que hasta entonces llevaba tiempo siendo una concatenación de éxitos de taquilla, Will Smith ha decidido jugársela poniendo a prueba su carisma y, así, demostrar que sigue cayendo bien a todo el mundo. Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa, Focus es una historia de estafadores muy convencional, con casi todos los clichés del género y un afán evidente de resultar moderna, dinámica y estilosa. Su mejor baza es, sin duda, la gran química entre Margot Robbie y el propio Smith, cuyo encanto aporta toda la gracia y simpatía que el guión no posee (a excepción de algunos diálogos). Gracias a ellos, la película alcanza sus objetivos estéticos, encarnando en cada plano la sensualidad y sofisticación que pretenden sus trajes de diseño, su música discotequera y sus exóticas localizaciones.

No se puede negar que la propuesta, al menos, funciona. Resulta muy entretenida y, por momentos, sexy y divertida. Pero, más allá de eso, tiene también un punto hortera que la aleja de algunas películas de Scorsese en las que parece mirarse (sobre todo, en la primera parte) como Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995). Por otro lado, el romance es lo suficientemente verosímil como para sostener la historia, a pesar de que, en conjunto, hay poco contenido tras su cuidada forma.

Los directores de la ingeniosa Crazy, Stupid, Love (2011) han creado, en definitiva, toda una estructura al servicio de la distracción del espectador. Como buenos trileros, se han encargado de que el público no descubra sus trucos hasta el final, aunque, como suele pasar, para sorprenderle haya también que tomarle un poco el pelo. Como ejercicio narrativo sobre la construcción de un engaño, cosa que ya hemos visto muchas veces, es eficaz. Desgraciadamente, no va mucho más allá de eso, le falta sustancia e incluso puede resultar superficial.

Recomendado para ludópatas del engaño y la sensualidad.
No recomendado para quienes anden siempre buscando los ases en las mangas del mago.

14 de abril de 2015

Los últimos días de Pier Paolo

Pasolini (Pasolini, 2014)

Dirección y guión: Abel Ferrara
Intérpretes: Willem Dafoe, Ninetto Davoli, Riccardo Scamarcio, Valerio Mastandrea, Adriana Asti, Maria de Medeiros
Fotografía: Stefano Falivene

Probablemente, la etiqueta de biopic se ha utilizado mal en tantas ocasiones que ha terminado por desvirtuarse su verdadera significado. En teoría, en este género tan del gusto de la Academia de Hollywood, solo entrarían aquellas películas que narran la biografía completa de un personaje real. Quedarían fuera, por lo tanto, las que, a veces con mejores resultados, deciden centrarse en un solo episodio de la vida del sujeto en cuestión, como ocurría en la reciente Selma (2014) o la simpática Hitchcock (2012). En esta misma línea, Pasolini cuenta los últimos días del polémico director, escritor y poeta que fue asesinado poco después del estreno del que fue su último filme, Saló, o los 120 días de Sodoma (1975). La visión de Abel Ferrara sobre su protagonista es de veneración absoluta, lo que convierte a la historia en una reflexión melancólica sobre los desencuentros entre la libertad artístico-personal y la sociedad de la corrección.

Quizás el mayor acierto de esta cinta, hasta cierto punto modesta, ha sido dar con el tono adecuado. Alejada absolutamente del morbo o el sensacionalismo que, en muchas ocasiones, rodea la figura de Pasolini, el guión marca un ritmo pausado donde las palabras tienen un gran peso y hay espacio para consideraciones complejas y matices. El director de Teniente corrupto (1992), sorprendentemente, toca aquí un registro poco habitual para él, puede que, de alguna forma, sintiéndose deudor de la obra del cineasta italiano y, de ahí, ese aire de mitificación. El caso es que la propuesta destila ternura, realismo y cierta lírica en casi cada secuencia y, al mismo tiempo, deja un regusto amargo con una profundidad muy valiosa.

Como suele ocurrir en este tipo de películas, su actor principal, Willem Dafoe realiza un trabajo meticuloso y sutil, a pesar de la extraña distancia que supone el hecho de haber rodado en inglés. Pero, salvando esta cuestionable decisión, el resultado es honesto, conmovedor, hermoso en su conjunto y, también, lleno de tristeza. Pasolini nos presenta el final inevitable de un creador sabio y vehemente para un mundo siempre varios pasos por detrás de los más grandes.

Recomendado para interesados en el testamento emocional de un cineasta único.
No recomendado para quienes menosprecien el valor de la libertad artística.

7 de abril de 2015

Implacable drama criminal

El año más violento (A Most Violent Year, 2014)

Dirección y guión: J.C. Chandor
Intérpretes: Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks, David Oyelowo, Christopher Abbott, Peter Gerety
Fotografía: Bradford Young
Música: Alex Ebert

A pesar de lo que pueda sugerir el título, no nos encontramos ante una película de acción trepidante, matanzas o tiroteos excesivos. El año más violento al que se hace referencia (concretamente, el invierno de 1981) funciona más como el contexto de un Nueva York hostil en el que no había espacio para hombres honestos. El filme cuenta la historia de Abel Morales (Oscar Isaac), un inmigrante que trata de sacar adelante a su familia con negocios honrados hasta que la corrupción pone en peligro todo lo que había logrado construir hasta el momento. El director, J.C. Chandor, filma con precisión y elegancia el drama de este tipo normal y su angustioso enfrentamiento contra las mafias de la ciudad y la putrefacción de un sistema comercial dominado por ladrones, estafadores y asesinos.

La película recuerda mucho por su ambientación, su dirección artística y fotografía a El Padrino (1972), incluido su protagonista cuyas motivaciones y punto de vista resultan muy similares a las del joven Michael Corleone que interpretó Al Pacino. En este sentido, la cinta combina ejemplarmente, como ya hizo la trilogía de Coppola, un guión sólido con una visión moderna de lo que explica, sin renunciar al aroma clásico de los gángsters en blanco y negro. Así, Chandor toma sin complejos el relevo del drama criminal riguroso que pudimos ver, en su momento, en propuestas como Érase una vez en América (1984) de Sergio Leone o en la filmografía más representativa de Sidney Lumet

Por su parte, Jessica Chastain aporta una interpretación moderadamente deliciosa cuya magia especial hace desear al espectador que aparezca más en pantalla según transcurren los minutos. También es cierto que la narración se toma su tiempo pero, sostenida sobre una estructura meticulosa, consigue avanzar con seguridad construyendo una intriga inteligente. El problema es que, en realidad, su aportación al género, frente a las grandes obras antes mencionadas, es menor y, pese a su alta calidad, corre el riesgo de quedar como una simple recreación formal. No obstante, sus cualidades son muchas como para rebajarla por comparación con sus hermanas mayores. Al fin y al cabo, su amarga mirada sobre la realidad del sueño americano y la contundencia con que destruye ciertos ideales capitalistas son ya valía suficiente como para tenerla en consideración como producto más que estimable.

Recomendado para nostálgicos del buen cine criminal de los setenta.
No recomendado para quienes desprecien el valor narrativo de la violencia no explícita.

24 de marzo de 2015

Las entrañas de Hollywood

Maps to the Stars (Maps to the Stars, 2014)

Dirección: David Cronenberg 
Guión: Bruce Wagner
Intérpretes: John Cusack, Julianne Moore, Robert Pattinson, Carrie Fisher, Olivia Williams, Mia Wasikowska
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: Howard Shore

La evolución en la filmografía de David Cronenberg es, sin duda, una de las más interesantes del panorama contemporáneo. Partiendo del terror y la ciencia ficción con elementos gore de los inicios de su carrera, ha ido, poco a poco, sofisticando su estilo para, al fin y al cabo, continuar hablando de los mismos temas desde una perspectiva más madura y sutil pero igual de desagradable. Y es que el director de La mosca (1986) lleva toda una vida empeñado en exponer el horror que se oculta tras el rostro humano, las entrañas putrefactas del sistema y los enfermizos mecanismos que mueven por dentro a la sociedad. Con un guión escrito por Bruce Wagner, el cineasta ha podido, al fin, rodar su ansiado proyecto para poner en el punto de mira las miserias del Hollywood actual.

Lejos queda ya el glamour de El crepúsculo de los dioses (1950) (que, a su manera, también fue devastadora en su momento). La industria del cine que se nos muestra aquí es un patético y decadente conjunto de personajes desquiciados o, en su defecto, frustrados, obsesionados con obtener a toda costa una notoriedad patológica que, en realidad, no les lleva a ningún lado. La maestría de Cronenberg reside en la crueldad de su retrato, sin miedo a la antipatía, ensañándose en la superficialidad de un universo demencial cuya única salvación es la muerte. Terapeutas estafadores, escritores de libros de autoayuda, insoportables estrellas infantiles, representantes incompetentes, productores hipócritas o actrices histéricas son algunas de las criaturas que pueblan esta ácida crónica del mundo del espectáculo y su lamentable declive.

No obstante, ante tal abanico de neurosis e infelicidad, la mirada de Cronenberg es fría y certera. Casi como un médico que disecciona un cadáver en busca de aquello que lo mató. Es cierto que, a nivel argumental, cae en algunos tópicos freudianos en cuanto al perfil psicológico de algunos personajes... pero, al mismo tiempo, no deja de haber cierta ironía en todo eso. Como si las estrellas hubieran acabado convirtiéndose en los clichés que ellas mismas se han encargado de perpetrar en la gran pantalla (no es baladí, a este respecto, la participación de Carrie Fisher). Mención aparte merece la poderosa interpretación de una magistral Julianne Moore, alma máter de un elenco impecable en el que hasta los niños están bien. Por su amargura y desolación, disgustará a un gran número de espectadores pero los que aguanten su dureza, disfrutarán como pocas veces se tiene ocasión.

Recomendado para apasionados de las sátiras despiadadas y, por supuesto, de Cronenberg.
No recomendado para los que anden buscando una feel-good movie.

Volátil extravagancia

Puro vicio (Inherent Vice, 2014)

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherin Waterston, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Joanna Newsom, Martin Short, Martin Donovan
Fotografía: Robert Elswit
Música: Jonny Greenwood

Tras dos apabullantes ejercicios de estilo como fueron Pozos de ambición (2007) y The Master (2012), parece que a Paul Thomas Anderson le apetecía jugar con un material más ligero. Quizás éste no sea el adjetivo más adecuado para definir la novela de Thomas Pynchon pero lo cierto es que, tras la contundencia a la que nos venía acostumbrando el director estadounidense, adentrarse en un tono más humorístico prometía traer algo de aire fresco. Sin embargo, quizás juzgamos el producto precipitadamente. A pesar de estar contada con mucha gracia, Puro vicio es un filme complejo (probablemente, demasiado) con el que resulta difícil respirar entre el humo de sus porros.

Basada en un libro que muchos han calificado de inadaptable, la cinta explica las andanzas de un peculiar detective que investiga una desaparición en la ciudad de Los Angeles de 1970. El cineasta mezcla con acierto irregular el género detectivesco al más puro estilo de El sueño eterno (1946), diluyendo la investigación en una búsqueda nihilista de las propias motivaciones humanas. Thomas Anderson continúa siendo un realizador prodigioso, cuidando cada mínimo detalle de los encuadres y la puesta en escena, y arrancando interpretaciones fabulosas de cada uno de sus actores, entre los que destaca -cómo no- un Joaquin Phoenix en estado de gracia. Pero lo mejor de la película es su ambientación: una banda sonora hipnótica acompañada de una fotografía deliciosa que hacen más llevadero su ritmo pausado y el excesivo metraje. 

El problema de este (no lo olvidemos) conjunto de virtudes sensoriales es la falta de pulso narrativo. No es suficiente, visto el resultado, con poner ante nuestros ojos un sinfín de ideas sugerentes renunciando (casi) en su totalidad a los trucos argumentales de un guión clásico de cine negro. Sin los cebos adecuados, se corre el riesgo de que el espectador se pierda, se sienta confuso o, lo que es peor, que se aburra. Si se trataba de retratar la decadencia del sueño americano post-movimiento hippie o trasladar a pantalla estados de ánimo psicodélicos, el resultado es más que aceptable. No obstante, propuestas muy similares ya se hicieron hace tiempo en El gran Lebowski (1998) o en Miedo y asco en Las Vegas (1998) y con resultados más sólidos.

Recomendado para amantes del cine sensorial y ese tipo de drogas.
No recomendado para adictos a la sobriedad de la estructura de guión de cine clásico.