31 de enero de 2015

Collage de cuentos cantados

Into The Woods (Into The Woods, 2014)

Dirección: Rob Marshall
Guión: James Lapine
Intérpretes: Meryl Streep, Emily Blunt, James Corden, Anna Kendrick, Chris Pine, Johnny Depp, Tracey Ullman
Fotografía: Dion Beebe
Música: Stephen Sondheim

Conocido por ser el autor de musicales tan emblemáticos como Golfus de Roma Sweeney Todd o poner letra a las canciones de West Side Story (1961), Stephen Sondheim es, en realidad, toda una institución del teatro neoyorquino. Ganador de varios premios Tony y de un Oscar por la canción de Dick Tracy (1990), en 1987 estrenó en Broadway una aclamada obra en la que mezclaba con canciones cuatro cuentos clásicos de los hermanos Grimm que se mantuvo en cartel a lo largo de 764 representaciones titulada Into The Woods. Con el mismo título y de la mano del director de Chicago (2002), nos llega ahora su adaptación cinematográfica que, a pesar de las altas expectativas que había generado, ha resultado ser un producto bastante fiel al material original pero con una puesta en escena demasiado funcional que corre los mínimos riesgos posibles. Salvo pequeños detalles, todas las buenas bazas de la película son las que ya contenía su versión teatral, por lo que nos encontramos ante una traslación a la gran pantalla que funciona pero peca de rutinaria.

Puede ser que Rob Marshall no vuelva a tener un éxito en su carrera como el de su debut cinematográfico que, por otro lado, quizás, como reconocimiento, le llegó demasiado pronto. Lo que está claro es que la teatralidad de su multipremiada ópera prima o de Nine (2009) aportaba una dualidad entre la realidad y el imaginario de los personajes que aquí no existe y, por lo tanto, juega estéticamente en contra. Esa sensación de bosque de cartón piedra no funciona, como tampoco sus planos frontales que parecen estar siempre filmando desde detrás de una metafórica cuarta pared. 

Afortunadamente, el trabajo de los actores es francamente notable. Capitaneados por una perversamente divertida Meryl Streep que, prácticamente, eclipsa al resto, el reparto, en general, hace un trabajo vocal e interpretativo excepcional. Sorprende, en este caso, un autoparódico y muy correcto Chris Pine como príncipe azul adúltero, mientras que la participación de Johnny Depp como lobo feroz es tan breve que casi no puede valorarse más que como cameo. 

Aparte de esto, la cinta es entretenida y sugerente, especialmente, en su primera parte, donde la narración camina más fiel a los cuentos originales. No obstante, a partir del cierre de la primera gran trama, cuando la historia se vuelve más triste y tenebrosa, va perdiendo ritmo progresivamente y el interés decrece. En gran parte, esto sucede por tratar de suavizar sus fragmentos más duros ( por ejemplo, ciertas muertes) de un producto que, en realidad, ni así consigue ser adecuado para niños, por lo que no tiene demasiado sentido esa moderación.

En cualquier caso y a pesar de sus carencias, Marshall logra un ejercicio estético y musical muy disfrutable y con grandes momentos, a pesar de no atreverse a ofrecer la contundencia trágica que, honestamente, correspondería a esta obra de Sondheim y su mensaje final.

Recomendado para amantes de los musicales que simpaticen con los cuentos tradicionales.
No recomendado para detractores de Rob Marshall, Sondheim o Meryl Streep.

23 de enero de 2015

Los límites de la disciplina

Whiplash (Whiplash, 2014)

Dirección y guión: Damien Chazelle
Intérpretes: Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Jayson Blair, Jesse Mitchell, Marcus Henderson 
Fotografía: Sharone Meir
Música: Justin Hurwitz

Podemos decir que una historia es genuinamente original cuando, a pesar de beber de varias fuentes y enmarcarse en géneros ya explorados, encuentra su propia identidad con el simple hecho de hacer que la narración transcurra. Damien Chazelle, conocido por firmar recientemente el guión de la decepcionante Grand Piano (2013) de Eugenio Mira, dirige aquí una cinta enérgica, humana, emotiva, dolorosa y detallista, pero por encima de todo: muy auténtica. En realidad, la trama se basa en trasladar la tensa ambientación de ciertos largometrajes anti-militaristas como La chaqueta metálica (1987) o El sargento de hierro (1986) al mundo de los conservatorios de música, donde los roles de soldado y oficial equivalen a los de músico y director (o maestro), respectivamente. 

Se nota, por encima de todo, que Chazelle se conoce al dedillo los entresijos del universo que nos muestra, puesto que él mismo quiso ser músico y tocó la batería en una banda de jazz como el propio protagonista del filme. La propuesta es inteligente, mesurada y certera, repartiendo el peso dramático entre el carisma del frágil Miles Teller y la arrolladora fuerza interpretativa de un J.K. Simmons insuperable. Resulta asombrosa la sencillez con la que se atrapa al espectador con esos choques entre profesor y alumno, la constante reinvención de los obstáculos que se encuentra nuestro joven anti-héroe y los vibrantes momentos musicales. 

No es fácil calibrar de forma tan perspicaz la violencia (tanto explícita como implícita) del relato ni matizar dos roles que bien podrían haberse llevado hacia el estereotipo. Sin embargo, Whiplash tiene la destreza de detenerse en pequeños elementos que enriquecen notablemente el conjunto: desde las gotas de sangre ilustrando el esfuerzo desmesurado, la relaciones del chico con su novia y su familia hasta las diferentes facetas del personaje de Simmons, dependiendo del momento y el entorno. 

En definitiva, la película pone sobre la mesa un complejo debate sobre los límites del arte y la capacidad del ser humano, a través de un mentor tiránico, con una finalidad digna de admirar y un método abominable. Pero, ciertamente, lo más interesante de todo esto es cómo el aprendiz se va enganchando poco a poco a esa disciplina cruel y, con él, el público que, en muchos momentos, no dará crédito, nunca dejará de sorprenderse y hasta acabará dudando de sus propios ideales morales.

Recomendado para amantes del jazz y de la precisión narrativa.
No recomendado para espectadores sensibles al exceso de tensión sobre una situación o un personaje.

16 de enero de 2015

La gran farsa de la notoriedad

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance, 2014)

Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
Intérpretes: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Amy Ryan, Andrea Riseborough, Lindsay Duncan
Fotografía: Emmanuel Lubezki 
Música: Antonio Sánchez
Es habitual que directores que han impactado al público de forma contundente al inicio de su carrera, más adelante, sientan la necesidad de reinventarse de alguna forma. Lo hemos visto, por ejemplo, con Alejandro Amenábar, M. Night Shyamalan o Sam Mendes cuyas primeras películas les condenaron a convertirse, en sus siguientes trabajos, en los peores enemigos de sí mismos. El caso más similar al de Iñárritu, quizás, sea el de Spike Jonze cuya etapa preliminar estuvo absolutamente vinculada al guionista Charlie Kaufman. Tan representativa era esta colaboración que, al separarse, llegó a ponerse en duda que el talento de Jonze en solitario volviera a dar resultados tan buenos. De igual forma, la ruptura entre Iñárritu y Guillermo Arriaga (su escritor fetiche) tras Babel (2006), con el que había rodado, anteriormente, las magníficas Amores perros (2000) y 21 gramos (2004), sembró una incertidumbre que hasta la actual Birdman no se había disipado del todo.

El filme supone la primera incursión en la comedia del director mexicano que, sin embargo, no renuncia a cierta densidad trágica, en esta ocasión, llevada a un terreno más existencial. La mezcla entre esta angustia inherente a los personajes con unos diálogos frescos, ingeniosos y maravillosamente escritos da como resultado una personalísima bomba narrativa, tan profunda como divertida. Además, todos y cada uno de los miembros del reparto hacen un trabajo impecable, portentoso y de una honestidad brutal.

Pero si algo destaca de la cinta es el fascinante y complejo plano secuencia continuado que, con sus trucos y licencias, narra la historia de principio a fin. Este recurso sumerge al espectador completamente en el mundo del protagonista, su camerino, el escenario, los pasillos del teatro; le acompaña al bar, a la azotea, por la calle... para penetrar en lo más íntimo de su voz interior, sus miedos, sus manías, su aspiración y sus complejos. La maquinaria que maneja Iñárritu es tan magistral como extenuante y un verdadero prodigio técnico. Así, pone todos sus medios como realizador al servicio de la historia y transmite a la perfección la ansiedad de Riggan Thomson (Michael Keaton), estrella de cine en horas bajas, conocido por interpretar un superhéroe en la gran pantalla, que pretende obtener el prestigio que nunca tuvo con el estreno de una obra en Broadway.

Los paralelismos con la imagen pública del propio Keaton (así como la del más que convincente Edward Norton) otorgan a la propuesta una ironía y verosimilitud muy útiles a la hora de construir una sátira sobre el mundo del espectáculo ácida, mordaz y necesaria como nunca. Las referencias al estado de la profesión y de la industria, a las adaptaciones de cómics, las redes sociales o a las diferencias entre artista y celebridad son de una valentía y actualidad asombrosas. De esta manera, se consiguen, a un ritmo frenético, momentos inquietantes, enredos muy graciosos y secuencias verdaderamente antológicas como la conversación con su hija sobre la notoriedad, el enfrentamiento con la despiadada crítica del New York Times o la carrera en calzoncillos por Times Square.

Pero, sobre todo, la película es una burla corrosiva de la importancia del reconocimiento en la era de Facebook y Twitter, el papel de los compañeros y los medios de comunicación y, en definitiva, del ego de los actores contemporáneos. No obstante, todavía queda espacio para la acción, los efectos especiales, momentos de drama más puro y hasta de realismo mágico. Y es que, en cierta forma, Birdman lo tiene todo.

Recomendado para interesados en los entresijos del lado más oscuro del show business.
No recomendado para los que asocien comedia a ligereza.

10 de enero de 2015

Los códigos del buen drama

The Imitation Game (Descrifrando Enigma) (The Imitation Game, 2014)

Dirección: Morten Tyldum
Guión: Graham Moore
Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Rory Kinnear, Tuppence Middleton, Steven Waddington, Victoria Wicks
Fotografía: Óscar Faura
Música: Alexandre Desplat

Cada vez más extendido y popular, el biopic es siempre un género peligroso en cuanto al riesgo de caer fácilmente en un formato demasiado cercano al telefilme o perderse en el terreno del melodrama barato. Diametralmente opuesto a estas contingencias es el resultado de The Imitation Game (Descifrando Enigma), una película de factura impecable, sólido guión y una dirección elegante difícilmente cuestionable en ninguno de sus aspectos formales. Se nota, todo hay que decirlo, que el productor Harvey Weinstein ya se conoce al dedillo las claves para construir el drama perfecto, suculento para cualquier paladar y oscarizable en el máximo de categorías. 

La cinta narra la vida de Alan Turing, padre de la computación moderna que descifró el sistema de comunicación secreto de los nazis, ayudando así a los aliados a ganar la II Guerra Mundial. En el reverso oscuro de tal hazaña, encontramos, por una parte, la personalidad del propio Turing: solitario y arrogante, con una infancia traumática y cierta incapacidad de relacionarse con otras personas. Por otro lado, está la miserable persecución a la que las autoridades inglesas lo sometieron por su condición de homosexual, condenándolo, pese a sus geniales aportaciones científicas, a un tratamiento de castración química que lo empujó al suicidio en 1954. 

Divida en tres segmentos enlazados con un dominio magistral de la narración, el problema de la película radica en cierto aire benevolente con el que evita sus partes más truculentas. El objetivo, probablemente, es gustar a todo el mundo y lo cierto es que, por todas sus otras virtudes, probablemente lo consiga. Sin embargo, resulta difícil de entender que no se afronte la cuestión del trágico final del protagonista (más que en un triste título sobreimpresionado en pantalla). No es del todo aceptable que el filme informe del desenlace como si se tratase de una información adicional y no una consecuencia atroz de algo que el director debiera haber denunciado abiertamente. Al fin y al cabo, estamos hablando de la historia de la Inglaterra que Turing ayudó a liberar y de en lo que ésta se convirtió después.

Pero dejando a un lado estas consideraciones, no podemos obviar el magnífico trabajo interpretativo de Benedict Cumberbatch: emotivo, intenso, contundente y lleno de matices que, no obstante, parece estar encasillándose en la figura del genio excéntrio (Sherlock Holmes, Julian Assange...), lo que, en realidad, no es malo del todo. También son interesante los paralelismos que la trama plantea entre la mente del personaje y la máquina que inventa, con su visión del mundo (y de sus sentimientos) como un enigma por descifrar. Y cabe destacar, por último, el astuto uso de algunos tópicos y convenciones muy funcionales a modo de guiño al espectador medio, su buen ritmo e intriga constante, y un hermoso empaque (música, fotografía, vestuario...) capaz de complacer a cualquiera.

Recomendado para amantes del drama agradable a los sentidos.
No recomendado para quienes sientan como inaceptables ciertas actitudes benevolentes.

30 de diciembre de 2014

Entre trilogías

El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014)

Dirección: Peter Jackson
Guión: Philippa Boyens, Peter Jackson, Fran Walsh y Guillermo del Toro
Intérpretes: Martin Freeman, Ian McKellen, Hugo Weaving, Benedict Cumberbatch, Richard Armitage, Luke Evans, Orlando Bloom, Evangeline Lilly, Lee Pace, Cate Blanchett, Christopher Lee, Stephen Fry, Ian Holm
Fotografía: Andrew Lesnie
Música: Howard Shore

Si una cosa caracteriza el cine del siglo XXI es que nunca se tiene la certeza de que una franquicia esté definitivamente finiquitada. La resurrección de Star Wars o de Jurassic Park, por poner tan solo dos ejemplos recientes, lo demuestra. Es por eso que algunos asistimos al cierre de la (forzadamente alargada) trilogía de El Hobbit con un cierto escepticismo. ¿Será esta la verdadera despedida de la Tierra Media? Cabe esperar que sí, tras los mediocres resultados cualitativos de estos tres últimos filmes en comparación a la grandeza (en todos los sentidos) de lo que supuso El señor de los anillos, Oscars incluidos. De grandeza, a la aventura del hobbit interpretado por Martin Freeman, solo le ha quedado el metraje y un tono cuya épica se encuentra totalmente fuera de lugar, tomando como material lo que no era más que un entrañable cuento de apenas 200 páginas.

Probablemente, hubiera sido mucho más honesto por parte de Peter Jackson resolver la historia en dos entregas, sin necesidad de inflar el guión con tramas irrelevantes, canciones y momentos ridículos. Pero, centrándonos en La batalla de los cinco ejércitos, el problema aquí radica en que no tiene entidad propia como película. Atrapada entre ambas trilogías, su única función es la de engranaje para enlazar la una con la otra. De esta manera, concluye una peripecia al mismo tiempo que trata de introducir la siguiente (o la anterior, según se mire), lo que produce la extraña impresión de encontrarnos frente al material adicional de una edición especial en DVD.

De acuerdo, Jackson sigue teniendo un gran sentido del ritmo en las escenas de acción, sabe dar espectáculo y filma las grandes batallas como nadie. No obstante, un asalto a una mina no puede sostener, por sí solo, una duración de 144 minutos. Quizás, los más nostálgicos, encuentren consuelo en los guiños que preceden las andanzas de Frodo ya conocidas por todos. Sin embargo, para la mayoría resultará difícil superar la sensación de hartazgo y de engaño de quien ha tratado de vendernos paja a precio de oro. Lo valioso, por decir algo, es comprobar que no solo a los enanos les ciega la avaricia.

Recomendado para yonquis de Tolkien con más mono que criterio.
No recomendado para los que, todavía, alberguen cierta esperanza respecto a los errores de las dos anteriores.

22 de diciembre de 2014

Idiotez desfasada

Dos tontos todavía más tontos (Dumb and Dumber To, 2014)

Dirección: Bobby Farrelly y Peter Farrelly
Guión: Sean Anders, Mike Cerrone, Bobby Farrelly y Peter Farrelly
Intérpretes: Jim Carrey, Jeff Daniels, Kathleen Turner, Laurie Holden, Paul Blackthorne, Rob Riggle, Rachel Melvin
Fotografía: Matthew F. Leonetti
Música: Varios

Si una cosa demuestra (de una vez por todas) este reencuentro con la pareja de tontos interpretados por Jim Carrey (Lloyd) y Jeff Daniels (Harry) es que los años no pasan en balde. Transcurridas dos décadas desde la primera película, una precuela muy olvidada y hasta una serie de dibujos animados, los hermanos Farrelly han pretendido recuperar el espíritu de la original sin tener en cuenta que ya no somos los mismos; ni los envejecidos protagonistas ni sus personajes ni los propios directores, cuya carrera ha ido abandonando la frescura de sus inicios para acabar desvaneciéndose en la búsqueda de la identidad perdida. Ni siquiera el espectador permanece indemne al paso del tiempo. El admirador natural del primer filme, incluso de la también célebre Algo pasa con Mary (1998), no solo tiene ahora más edad sino que ha visto evolucionar la comedia en muchas direcciones. Actualmente, un producto como Dos tontos todavía más tontos, tras series de televisión como South Park o Padre de familia, seguramente, le parecerá rancio, desfasado o, incluso, demasiado idiota. Y no digamos a las nuevas generaciones que, directamente, han crecido con todo lo que vino después. 

Como suele ocurrir en cualquier ejercicio nostálgico, la cinta trata de salvarse haciendo guiños al material de donde procede (las referencias a Mary Swanson, el niño ciego o el coche-perro). Desgraciadamente, es incapaz de crear situaciones nuevas verdaderamente divertidas como para hacernos sentir que ha validado la pena resucitar a este par de idiotas después de 20 años. La propuesta tiene algunas ideas graciosas y diálogos ingeniosos, pero no los suficientes, es demasiado repetitiva, los gags son muy dispersos y cuelgan de una estructura débil y tan fragmentada que termina por arruinar el ritmo.

No es que Dos tontos muy tontos (1994) fuera perfecta pero tenía una autenticidad muy digna, un guión mejor construido por el que se le podían perdonar ciertas inverosimilitudes. Su irreverencia, entonces sorprendente, ahora resulta previsible y forzada. Afortunadamente, Carrey sigue dejándose la piel en cada mueca y Daniels parece pasárselo bomba enseñando la raja del culo cada vez que tiene ocasión. Además, cuenta con algunos secundarios interesantes como la todavía enérgica Kathleen Turner o el televisivo Rob Riggle a los que, sin embargo, no se les saca mucho partido. 

Por lo demás, las constantes del cine de los Farrelly siguen presentes: la escatología, el viaje por carretera, la música pop o los chistes de minusválidos y discapacitados. No obstante, los valores de producción son mediocres (casi de telefilme), le falta inspiración y pureza y es, por momentos, tan reiterativa que parece un remake desvirtuado de su predecesora. Como decíamos, todo esto sería perdonable si hiciera reír tanto como cabía esperar; pero esto no sucede. Salvo por algunos aciertos esporádicos, filmarla solo ha servido para constatar (como pasa tantas veces) que era una secuela innecesaria y que hubiera bastado con un sketch conmemorativo, por ejemplo, en el Saturday Night Live.

Recomendado para nostálgicos del original con muchas tragaderas.
No recomendado para los que la primera parte ya les pareció demasiado tonta.

8 de diciembre de 2014

Elegante pasatiempo

Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014)

Dirección y guión: Woody Allen
Intérpretes: Colin Firth, Emma Stone, Marcia Gay Harden, Jacki Weaver, Hamish Linklater, Eileen Atkins, Catherine McCormack
Fotografía: Darius Khondji
Música: Varios


Aunque parece que en los últimos años Woody Allen se haya estado dedicando a rodar largometrajes que no son más que una versión descafeinada de su propia filmografía (salvo excepciones como la corrosiva Blue Jasmine), lo cierto es que, seguramente, si dejara de hacerlo, lo echaríamos de menos. Y es que, a pesar de habernos malacostumbrado a asistir a su cita anual con el prejuicio de que cualquier tiempo pasado fue mejor en la obra del genio de Manhattan, no debemos menospreciar su talento como guionista, todavía en muy buena forma. La ligereza de algunas de sus historias, como la que nos ocupa esta vez, quizás deberíamos valorarla más como una decisión estilística y no como una carencia de quien, decididamente, apuesta por un producto sencillo y luminoso solo por su propia diversión. Magia a la luz de la luna demuestra que a Allen le apasiona su oficio tanto como sus lugares comunes: la magia, la misantropía, las contradicciones del amor o el miedo a la muerte.

La cinta, elegante y entretenida, narra las peripecias de un mago inglés (Colin Firth) al que se le encarga la misión de desenmascarar a una falsa medium (Emma Stone) en la Francia de los años 20. Quizás no tan divertida como cabría esperar, Allen apuesta por jugar al despiste con un amable juego de apariencias tras el que esconde, en definitiva, un hermoso y eficaz cuento romántico. Los dos protagonistas dan en el clavo interpretando a la antagónica pareja rodeados, por cierto, de un magnífico grupo de secundarios. No obstante, los giros narrativos, aunque muy honestos, son tan de manual del buen guión que acaban siendo previsibles. 

Además, el uso continuado de transiciones mostrando el paisaje rural con música de jazz termina, por su insistencia, volviéndose tedioso, reiterativo e innecesario. Afortunadamente, la película destila un optimismo poco habitual en el cineasta neoyorquino que, fácilmente, complacerá a todo el mundo. Como un exquisito plato de alta cocina, en definitiva, a algunos les resultará una delicia de fácil digestión aunque a muchos otros, por delicado, les dejará con hambre.

Recomendado para misántropos sin miedo a enamorarse.
No recomendado para quienes esperen un Woody Allen distinto o irreconocible.

4 de diciembre de 2014

El vacío distópico de Gilliam

The Zero Theorem (The Zero Theorem, 2013)

Dirección: Terry Gilliam 
Guión: Pat Rushin
Intérpretes: Christopher Waltz, Matt Damon, Tilda Swinton, Mélanie Thierry, David Thewlis, Ben Whishaw, Peter Stormare, 
Fotografía: Nicola Pecorini
Música: George Fenton

El retorno de Terry Gilliam al género distópico transcurridos casi 20 años desde su última incursión, 12 monos (1995), prometía, siendo optimistas, un espectáculo visual que, con los años y la madurez del oficio, pudiera incluso, con una premisa más ambiciosa, superar en profundidad a sus predecesoras. Pero la realidad es que, con el tiempo y sus constantes problemas de financiación, el director de la lúcida Brazil (1985) parece haberse conformado con poder rodar cualquier historia siempre que le permita hacer gala de su peculiar dirección artística sin salirse del presupuesto. The Zero Theorem es una película fallida en tanto que su guión, tan pretencioso como vacuo, en definitiva, sirve exclusivamente como pretexto para desplegar la imaginería de su realizador. Y nada más.

Estrenada en España con un año de retraso, a esta cinta, ciertamente, no le faltan ideas. La búsqueda de Qohen, su kafkiano protagonista interpretado por un hábilmente comedido Christoph Waltz, contiene un sinfín de matices y posibilidades, resumidas en su condición de esclavo del sistema y su amargura como ser atrapado entre un cyberpunk  mundo real y el sentido de la vida. Pero hay, sin duda, una insalvable descompensación entre forma y contenido que desperdicia todos esos ricos pequeños detalles, su atmósfera angustiante, su carácter existencial y su crítica demente al capitalismo por no darle un buen tronco estructural a donde aferrarse. 

Por suerte, Gilliam no ha perdido ni un ápice de su brillantez como diseñador de imágenes que hablan por sí mismas. No obstante, el foco está puesto en el plano más general de la existencia humana desde donde la barroca y colorista puesta en escena, con su alienante tecnología y su publicidad omnipresente, resultan meros adornos que, aunque geniales, no llevan a ningún sitio. El filme está, de forma evidente, saturado de metáforas altisonantes. Su nihilista intento de burlarse del ser humano, la vida, la muerte, la verdad, la mentira, la soledad, Dios, el vacío y la sociedad en conjunto se agota en sí mismo, por delirante y por su propio peso. No hacía falta tanta pomposidad para acabar concluyendo que nada tiene sentido y, menos todavía, si el precio a pagar es el aburrimiento del espectador. Es una verdadera lástima porque contiene, si uno está atento, impagables destellos de genialidad a la altura del mejor cine de Gilliam. Desgraciadamente, en este contexto, la suma de todos ellos, al llegar al final, es igual a cero. 

Recomendado para diseñadores, directores de arte, artistas plásticos y cualquier espectador con una desarrollada sensibilidad estética.
No recomendado para ortodoxos del contenido o personalidades con poca paciencia frente a la vacuidad del todo (o la nada).

27 de noviembre de 2014

La ciencia y el espíritu

Orígenes (I Origins, 2014)

Dirección y guión: Mike Cahill
Intérpretes: Michael Pitt, Steven Yeun, Astrid Bergès-Frisbey, Brit Marling, Dorien Makhloghi, Charles W. Gray
Fotografía: Markus Förderer
Música: Will Bates y Phil Mossman

El buen estado de un género cinematográfico se puede palpar no tanto en la cantidad de propuestas que llegan a nuestras pantallas como en la variedad de sus historias. Si hace poco disfrutábamos de la grandilocuencia comercial y cientifico-filosófica de Interstellar así como de la intriga minimalista de Coherence (que, por cierto, se ha estrenado en nuestro país con casi dos años de retraso), ahora con Orígenes se abre la puerta al drama de ciencia ficción con tintes románticos. De espíritu atípico, esta cinta escrita y dirigida por Mike Cahill, documentalista que hasta ahora solo había dirigido un largo de ficción titulado Otra tierra (2011), narra las peripecias de un biólogo molecular que estudia la evolución del ojo humano. Interpretado con carisma y naturalidad por un inspirado Michael Pitt, nuestro héroe verá a sus creencias científicas tambalearse con la irrupción en su vida de una exótica joven con una peculiar mirada y una hipnótica espiritualidad. 

La película acentúa todo lo que puede su carácter indie, apoyándose sobre un guión muy bien construido y con final redondo que, no obstante, peca de cierta previsibilidad. El hecho de hacer cuadrar el puzle de forma tan perfecta hace que, alguna vez, la trama pierda espontaneidad y resulte fácil para el público intuir cuál es la siguiente pieza del rompecabezas. 

Por otro lado, tiene el mérito de construir toda una atmósfera de misterio científico sin hacer uso de efectos especiales y conseguir, además, que no se eche de menos. El triángulo amoroso ocupa, curiosamente, el primer término, con una buena definición de los personajes, diálogos bien escritos y situaciones muy sugerentes. La parte dramática, también estimable, contiene, sin embargo, momentos trágicos algo ridículos que, aunque al final cobren sentido, no dejan de resultar algo forzados. 

Pero, sobre todo, lo más trabajado del filme es la belleza de sus imágenes. Las fotografías ampliadas de los ojos, algunas secuencias simbólicas u oníricas, las escenas de intimidad o los pequeños detalles del mundo cotidiano son algunos de los elementos que permanecerán en la retina (o el "alma") de los espectadores; dependiendo de lo profundo que les cale el mensaje.

Recomendado para amantes de la ciencia ficción sin artificios.
No recomendado para espectadores con creencias demasiado rígidas (sean científicas, cinematográficas o espirituales).

18 de noviembre de 2014

Grandilocuente odisea

Interstellar (Interstellar, 2014)

Dirección: Christopher Nolas
Guión: Christopher Nolan y Jonathan Nolan
Intérpretes: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Bill Irwin, John Lithgow, Casey Affleck, David Gyasi, Michael Caine, Matt Damon, Wes Bentley
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Música: Hans Zimmer

Se pueden leer en muchas reseñas de Internet en los últimos días frases de los aférrimos fanáticos de Nolan como "lo ha vuelto a hacer" o "ha vuelto a superarse", y hay que reconocer que tienen parte de razón; no tanto en la calidad final de Interstellar como en el listón de sus pretensiones. Y es que el director de Memento (2000) parece seguir apuntando cada vez más alto a costa de que las expectativas siempre le jueguen en contra. Nolan es, casi con total seguridad, el director más ambicioso de su generación. De ahí, las constantes (y muy discutibles) comparaciones con Stanley Kubrick al que ahora, finalmente, ha decidido homenajear de una forma más clara. La cinta es algo así como una versión familiar de 2001: Una odisea del espacio (1968) o, por decirlo de otra manera, una mezcla entre los universos de Kubrick y Steven Spielberg, pero (eso sí tiene mérito) sin perder el sello Nolan.

Dejemos claro, de entrada, que nos encontramos ante una muy buena película que, sin embargo, no cambiará la historia del cine ni la vida de la mayoría de sus espectadores. De hecho, más que romper con todo lo anterior, recoge el legado con respeto creando una especie de recopilación de los elementos más característicos del género para darles un aparente enfoque siglo XXI. Nolan insiste en acentuar su fama de visionario dándole a sus blockbuster su genuino sello de autor en mayúsculas. El resultado es, en este caso, un excelente producto comercial, entretenidísimo, por momentos apasionante, lleno de verborrea científica, sentimentalismo, acción y toques de humor (como suele ser habitual, a cargo de los robots).

Matthey McConaughey vuelve a bordar su papel de antihéroe tejano acompañado de un reparto estelar entre los que destacan Anne Hathaway y Jessica Chastain, confirmando que el relevo generacional ha llegado ya a Hollywood. La complejidad de la historia (de la que, por respeto a quienes no la hayan visto, mejor no desvelar nada) da un nuevo sentido al concepto "bigger than life", estirando las posibilidades del tiempo y el espacio hasta hacerlas doblegar sobre sí mismas. Narrativamente, funciona como un reloj, sorteando hábilmente todas sus dificultades y, ante los ojos, todo parece cuadrar. Quizás en debates posteriores, habrá quien sugiera posibles agujeros de guión... pero lo cierto es que ya, prácticamente, esas discusiones forman parte del ritual.

El filme trata, en cualquier caso, de buscar respuestas en el más allá (obsesión histórica) para entendernos a nosotros mismos. Así, la respuesta de Nolan es constructiva y esperanzadora, apostando por los lazos paterno-filiales (el amor instintivo) como salvación de la humanidad. Y, en este sentido, será difícil disgustar a nadie. En cuanto a su contenido filosófico, es más formal que trascendente. Aunque, tras casi tres horas de emociones y aventuras sin descanso es algo que, en realidad, importa bien poco.

Recomendada para optimistas respecto al futuro del ser humano y amantes de la buena ciencia ficción.
No recomendada para los haters de Nolan o poco amigos de la grandilocuencia.