28 de octubre de 2014

Vidas al límite

Relatos salvajes (2014)

Dirección y guión: Damián Szifrón
Intérpretes: Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, Julieta Zylberberg, Óscar Martínez, Rita Cortese
Fotografía: Javier Juliá
Música: Gustavo Santaolalla


Aunque se ha recurrido muchas veces a esta fórmula, sea en clave terrorífica o humorística, el género de las películas episódicas siempre ha sido un formato difícil. Fragmentar la tradicional narración única de 90 minutos ha dado, por lo general, resultados bastante mediocres en su conjunto, con un defecto común: la desigualdad entre episodios. Relatos salvajes es un ejemplo de cómo salirse airoso de esa, aparentemente, insalvable dificultad. Con un tono de áspera mezquindad y humor negro como único nexo en común, Damián Szifrón logra divertir a la audiencia con seis simpáticas gamberradas que no sufren ningún altibajo. El director cuida cada uno de los capítulos de esta sátira catártica dotándolos de una gran factura, un guión minucioso y una excelente planificación.

Una músico rencoroso, dos conductores agresivos, un ingeniero vengativo o una novia despechada son algunos de los personajes que pueblan este gran guiñol hiperrealista que trata de dar la máxima verosimilitud a cada una de las situaciones. Y es ahí donde radica su atractivo. Szifrón aborda personajes reales en situaciones extremas... pero sin perder de vista que son individuos normales llevados al límite. En ese contexto, es donde el humor fluye de forma más natural, honesta y valiosa.

En el filme hay espacio para la ironía y para la brocha gorda, para la violencia y la sutileza. Y, además, tiene el aval de estar protagonizado por grandísimos actores como Dario Grandinetti, Leonardo Sbaraglia o, sobre todo, un inmenso Ricardo Darín, cuyo fragmento sea, quizás, el más redondo de todos. La cinta habla de la degradación del ser humano, la pérdida de la dignidad y la miseria moral; pero también de la justicia poética, del gozo de perder los papeles o de nuestro apasionante (y reprimido) lado irracional. En el fondo, el espectador de los tiempos actuales, con el hartazgo de rabia reprimida que lleva dentro (contra los políticos, el sistema, los bancos o lo que sea...), estaba pidiendo a gritos este desparrame de diversión mezquina para purgar su frustración. Un desparrame, por cierto, muy bien medido.

Recomendado para indignados en busca de una buena catarsis.
No recomendado para personas de orden sin mucho sentido del humor.

23 de octubre de 2014

Angustia y deseo

Magical girl (2014)

Dirección y guión: Carlos Vermut
Intérpretes: Luis Bermejo, José Sacristán, Bárbara Lennie, Lucía Pollán, Israel Elejalde, Javier Botet, Elisabet Gelabert
Fotografía: Santiago Racaj

El rompecabezas que propone Carlos Vermut en Magical Girl, su (tan solo) segundo largometraje como director, no es un trepidante enredo policíaco al estilo Christopher Nolan ni la espiral onírica y efectista típica del cine de David Lynch. Sus influencias son otras y muy variadas. La historia, pese a sus aparentes elementos mágicos, no hace trampas, ni juega al despiste: simplemente se expone sin levantar nunca los pies del suelo. Con una franqueza extrema, cuenta el drama de un profesor de literatura en paro que trata de hacer realidad el último deseo de su hija de 12 años enferma de leucemia. Sin dinero y pocos recursos, traza un plan improvisado que desata una cadena de chantajes con inesperadas consecuencias.

Por su narración fragmentada y su crudeza (casi siempre fuera de campo), podemos encontrarle paralelismos con algunos de los trabajos de Michael Haneke. Pero buscar comparaciones es absurdo ante un universo tan particular que mezcla el cómic, el terror, el drama social, el manga y el suspense con una estética realista (rozando lo cutre), un montaje austero y una copla como principal banda sonora. El filme se gana al espectador sin prisa, escena a escena, persuadiéndolo con su lírica, su pesimismo, sus frases impactantes y esa atmósfera irrespirable, que no cesa de generar tensión, sin permitirnos el desahogo de ver la situación explotar.

La cinta es un puzzle inacabado (como el del personaje del soberbio José Sacristán) que el espectador tiene que completar con la cabeza o con el instinto. Una dualidad presente en sus tres protagonistas cuya lucha interna les llevará a la fatalidad. Desoladora, hermosa, genuina y cruel, cuidada hasta el más mínimo detalle con la inteligencia de un maestro del relato, es un ejemplo perfecto de cómo sugerir puede ser un millón de veces más efectivo que mostrar. La sencillez con la que explica el horror del mundo cotidiano la hace todavía más sobrecogedora. Es, en definitiva, un ejercicio de catarsis existencialista donde la ternura y la tragedia se unen con una naturalidad espeluznante. 

Recomendado para quienes busquen una catarsis sincera del conflicto entre razón e instinto.
No recomendado para espectadores demasiado sensibles al horror de lo que no se dice.

21 de octubre de 2014

Endiablada estructura

Perdida (Gone Girl, 2014)

Dirección: David Fincher
Guión: Gillian Flynn
Intérpretes: Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Missi Pyle
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Trent Reznor y Atticus Ross

Que a David Fincher le gustan los retos es algo que nos ha quedado claro desde hace tiempo. Solo hay que pensar en la complejidad narrativa de algunas de sus películas, como por ejemplo The Game (1997) o El club de la lucha (1999). Inquieto como pocos, el minucioso cineasta parece decidido a llevar cada vez más lejos su personalidad obsesiva hacia la sofisticación del thriller, buscando estructuras con las que nadie se haya atrevido antes. Como ya demostró en la excelente Zodiac (2007), las reglas pueden cambiarse si lo que está en juego es el mensaje, una visión pesimista del mundo o un pulso de verosimilitud contra las expectativas del espectador.

Perdida no solo se aleja de los cánones del suspense tradicional o policíaco -al contrario de la también brillante Seven (1995)-, sino que los desafía, cambiando de película hasta un total de tres veces; como si mirara a Hitchcock con los ojos del siglo XXI. Lo cierto es que Fincher se lo pone difícil a sí mismo y, aun así, consigue salirse airoso de las carambolas temáticas del relato que, por cierto, ya incluía la novela original cuya autora también se ha encargado del guión. Como sucedía en La red social (2010), el Fincher más aparatoso da un paso atrás y deja que la historia hable por sí misma, lo que demuestra gran inteligencia por su parte. Así como el uso de Ben Affleck que, sin salir de su registro habitual, se transforma ante nuestros ojos en el actor perfecto para el papel: precisamente por su falta de carisma, su aparente torpeza y su aspecto de hombre atractivo y, al mismo tiempo, "normal y corriente".

Sin embargo, a la práctica, los riesgos del filme (básicamente, argumentales) tienen ciertos problemas de credibilidad. En algunas ocasiones, las sorpresas que esconde resultan una verdadera maravilla pero, en otras, giros demasiado bruscos para el espectador más racional. Lo que es cierto es que, en su aventura a través del "misterio que se convierte en un thriller del absurdo que se convierte en una sátira", según ha definido la cinta el mismo director, cuanta más información tiene el público sobre lo que realmente está pasando, mejor funciona el invento; lo que daría la razón al Hitchcock clásico que, decíamos, aquí parece estar tratando de actualizar.

Por su parte, las interpretaciones de Rosamund Pike y Neil Patrick Harris son una grata sorpresa, construyendo dos enfermizas figuras que acaban inundando de truculencia el universo entero en el que habitan. Ese tono amargo y enfermizo es, sin duda, lo mejor de la propuesta. Y es ese punto de vista el que hace auténticamente incisiva su crítica a los medios de comunicación y la manipulación en una sociedad donde la apariencia es más importante que los hechos. No podemos, de igual forma, dejar sin mencionar ese final tan desalentador y terrorífico como difícil de digerir. Esta vez, no estamos hablando de un asesino en serie megalomaníaco que quiere resarcir el mundo a través de sus crímenes, sino de un matrimonio de Missouri que bien podríamos ser nosotros mismos.

Recomendado para amantes de lo escabroso y los laberintos narrativos.
No recomendado para quienes todavía crean en los valores del matrimonio tradicional.

9 de octubre de 2014

Apocalipsis marca España

Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)

Dirección y guión: Santiago Segura
Intérpretes: Santiago Segura, Julián López, Jesús Janeiro, Alec Baldwin, Fernando Esteso, Carlos Areces, Angy Fernández, Anna Simon, Neus Asensi, Chus Lampreave, Florentino Fernández, Cañita Brava, Josema Yuste, José Mota, Santiago Urrialde, Falete, El Gran Wyoming
Fotografía: Teo Delgado
Música: Roque Baños
Fue a partir de su tercera entrega cuando Santiago Segura decidió que su exitosa saga era el vehículo perfecto para, desde una óptica casposa, parodiar sus subgéneros preferidos del cine comercial norteamericano. Así, igual que Torrente 3: El Protector (2005) se reía en gran parte de El guardaespaldas (1992) y Torrente 4: Lethal Crisis (2011), del cine carcelario, con la quinta entrega le ha tocado el turno al cine de atracos glamurosos al estilo La cuadrilla de los once (1960) o, mejor dicho, su remake Ocean's Eleven (2001). El resultado es un batiburrillo entre el humor más soez y asqueroso marca de la casa y ya bastante desgastado, y genialidades estrambóticas como juntar a Cañita Brava, Chus Lampreave y Alec Baldwin en un mismo filme.

En realidad, lo más interesante de este nuevo Torrente es el salto a la política-ficción futurista que ha adoptado y que es lo verdaderamente novedoso de la propuesta. La acción se sitúa en el año 2018, cuando el personaje sale de la cárcel y se encuentra una España devastada por la crisis económica, expulsada de la Unión Europea, con una Cataluña independiente y el retorno a la peseta. Este nuevo marco abre todo un universo de posibilidades donde emergen las mejores ocurrencias de Segura y que, principalmente, malgasta en su prólogo y en diálogos artificialmente informativos. Y es que, como ya pasaba en las anteriores, Torrente 5: Operación Eurovegas vale más por sus ideas que por cómo se llevan a cabo.

Sin embargo, la factura de la cinta es espectacular. Hay que reconocer que Segura ha intentado siempre, en la medida de sus posibilidades, que el producto que nos vende sea visualmente impecable. Y, en ese sentido, esta secuela es una de las mejor acabadas. Ya va siendo hora que los Premios Goya se lo reconozcan en alguna de las categorías técnicas, ya que escenas como la secuencia del avión no se han visto mucho en nuestro cine.

En términos de ritmo, ha ganado también respecto a las dos precedentes. La trama del robo le ha ayudado en dos sentidos: primero, a restarle a Torrente (que le tenemos muy visto) parte del protagonismo para dividirlo entre los once freaks. De todos ellos, cabe destacar un divertidísimo Carlos Areces que da una lección de contención cómica antológica. En segundo lugar, el robo le otorga al guión un objetivo mucho más definido que obliga a centrar la historia y no irse tanto por las ramas de situaciones inconexas. Podemos decir que toda la secuencia del atraco (dejando aparte la primera película) es de lo mejor de la saga.  Por lo demás, siguen sobrando cameos (entorpecen más que otra cosa) y amiguetismo (Jesulín solo funciona de verdad en los gags de slapstick).

Pero Santiago Segura puede estar contento con el resultado (por momentos, parece un Torrente de Álex de la Iglesia), sus elegantes títulos de crédito al estilo dibujos de los años 60, la canción interpretada por Mónica Naranjo, el hermoso homenaje a Tony Leblanc y su fidelidad a los fans y a sí mismo. Ojalá hubiera sido lo bastante valiente, dado que, esta vez, el resultado no es de vergüenza ajena, de matar definitivamente el personaje. Así, quizás, podríamos verle dirigir otras historias, ahora que nos ha quedado claro que tiene muchas más cosas que decir sobre la España en que vivimos.

Recomendado para incondicionales de Torrente y alguno que se agotó por el camino.
No recomendado para quienes nunca le vieron nada más detrás del asco que produce.

28 de septiembre de 2014

Suspense y opresión castiza

La isla mínima (2014)

Dirección: Alberto Rodríguez
Guión: Alberto Rodríguez y Rafael Cobos
Intérpretes: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Nerea Barros, Antonio de la Torre, Jesús Castro, Jesús Carroza, Manolo Solo
Fotografía: Alex Catalán
Música: Julio de la Rosa

A estas alturas, definitivamente ha dejado de tener sentido seguir insistiendo en que el cine español es mucho más que dramas sobre la Guerra Civil. De sobras está demostrado (y lo avala cierta reputación internacional) que hay talento suficiente en este país como para abordar sin complejos cualquier género y obtener un gran resultado sin, además, perder identidad nacional. Ambientada en las marismas del Guadalquivir, en la Andalucía de 1980, La isla mínima es un thriller asfixiante, con un guión minucioso y sagaz y una factura asombrosa cuya carta de presentación incluye una serie de planos aéreos tan hermosos como inquietantes. De la misma forma en que Alberto Rodríguez utiliza esos planos cenitales para decirnos en imágenes lo que difícilmente se puede explicar de forma menos simbólica, todo el filme está lleno de pequeños detalles que enriquecen las capas interpretativas de la historia. Estamos ante una cinta que te entra por los sentidos. Te atrapa. Te hipnotiza. 

El juego de contrastes entre el paraíso natural que contemplamos en contraposición al infierno interior que viven los personajes es de una riqueza narrativa admirable. Encontramos un contexto político, sociológico y psicológico aterrador de una España incapaz de salir del marco de la dictadura fascista. La España de los pueblos, el machismo, la opresión, la violencia, el miedo y el silencio. Una representación cruel e implacable de los principios de una década que se suele asociar a la liberación, la movida madrileña y la democracia, y de la que nunca se nos muestra su rostros más opaco.

Fascinantes las interpretaciones de todo el plantel de actores, cabe destacar a un portentoso Javier Gutiérrez encarnando a un policía atormentado por su pasado y con un método muy particular de impartir justicia. Su mirada turbia y todo el misterio que envuelve su interpretación sorprenderán gratamente a aquellos que solo lo conozcan por sus papeles más cómicos. Un cada vez mejor Raúl Arévalo como antagónico compañero de fatigas y el siempre brillante Antonio de la Torre, entre otros, completan un reparto muy a la altura de las circunstancias.

También es cierto que la trama parece dejar algunos cabos sueltos que no tienen verdadera relevancia para la resolución del caso, pero sí pueden transmitir un cierto desconcierto en el espectador. No sabemos si era esa la intención o es que algunas escenas han sido sacrificados en la sala de montaje en favor del ritmo. En cualquier caso, resultan solo detalles a pulir de esta película de suspense con mayúsculas que, caminando por terrenos pantanosos, sale airosa y aguanta sin problemas cualquier comparación con otras historias policiales americanas como la de la reciente serie True detective con la que guarda varios puntos en común.

Recomendado para amantes del buen thriller con espíritu crítico y profundidad.
No recomendado para los que quieran seguir recordando los ochenta como la España de Alaska y Almodóvar.

24 de septiembre de 2014

La vida en imágenes

Boyhood. Momentos de una vida (Boyhood, 2014)

Dirección y guión: Richard Linklater
Intérpretes: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, Jordan Howard
Fotografía: Lee Daniel, y Shane Kelly
Música: Varios

Muchas cosas se le pueden achacar al cine de Richard Linklater (como que, a veces, se pasa de pedante o que no siempre acierta) pero lo que no se le puede negar es su valentía a la hora de abordar proyectos experimentales. Desde su arriesgada Slacker (1991) en la que paseaba aleatoriamente su cámara por la ciudad de Austin (Texas) para mostrarnos las aparentemente triviales conversaciones de sus habitantes, muchas son las ocasiones en las que ha coqueteado con el hiperrealismo o la idea del paso del tiempo. Hasta ahora, su acercamiento mejor logrado y definido a esta obsesión era la trilogía romántica protagonizada Ethan Hawke y Julie Delpy que culminó con la inteligentísima y madura Antes del anochecer (2013). Lo que muchos no sabían es que desde 2002 Linklater había estado filmando (simultáneamente a las otras once películas que ha estrenado en este tiempo) la que es, hasta el momento, la obra maestra de su carrera.

En muchos aspectos, Boyhood es una historia convencional. Al fin y al cabo, el tránsito de la niñez a la juventud es un tema que muchos directores han tratado antes. Lo verdaderamente innovador de esta propuesta y lo que la hace única es que se ha filmado a tiempo real, acompañando el crecimiento del actor protagonista rodando con él cada verano desde que tenía 6 años hasta que cumplió 18. Esta gesta que pocos directores se atreverían a abordar de esta manera, le proporciona a la cinta un material excepcional que provoca un impacto indescriptible para el espectador que nunca hubiese causado ni el maquillaje ni ningún tipo de efecto digital.

El director de Despertando a la vida (2002) juega también con el montaje, evitando cualquier transición explicativa; como si quisiera ponerlo difícil de manera que, entre tanta cotidianidad, cuando menos te lo esperas, te das cuenta de que ha vuelto a pasar un año en el filme. Y así, con toda naturalidad, vemos crecer al pequeño Mason (Ellar Coltrane) y a su familia hasta acabar sintiéndola como nuestra. En este sentido, la evolución de la madre (Patricia Arquette) es también especialmente llamativa, por sus cambios físicos por un lado, pero también por su particular crecimiento personal como adulta, lo que encierra parte del mensaje de la película.

El guión no evita el drama pero tampoco se ceba con él. Lo incluye como parte de un todo inabarcable junto al humor, los diálogos reflexivos, las conversaciones intrascendente y los avances tecnológicos. Aunque la mayor parte del tiempo, prefiere detenerse en los momentos secundarios de las vivencias del personaje; como si del teatro de la vida, eligiera mostrarnos solamente lo que pasa entre bastidores. Pero lo más sorprendente es cómo, al terminar el visionado, recordaremos las pequeñas piezas introducidas en nuestra memoria visual como si de auténticos recuerdos se tratara (nuestros o de alguien muy cercano a nosotros).

No hay duda de que, con todo esto, y pese a no tener un ritmo perfecto (tampoco lo tiene la vida, al fin y al cabo), Linklater ha marcado un hito en la historia cinematográfica que será recordado, quizás como rareza, pero, en cualquier caso, difícilmente igualable en su autenticidad, honestidad y belleza. 

Recomendado para los que quieran asistir a toda una experiencia emotiva y poco común.
No recomendado para enemigos del hiperrealismo, la vitalidad y el riesgo.

12 de septiembre de 2014

Realista acción fronteriza

El niño (2014)

Dirección: Daniel Monzón
Guión: Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría
Intérpretes: Luis Tosar, Jesús Castro, Eduard Fernández, Sergi López, Bárbara Lennie, Jesús Carroza
Fotografía: Carles Gusi
Música: Roque Baños

Desde su primera película, la peculiar El corazón del guerrero (2000), Daniel Monzón ha mostrado siempre una sana obsesión por ampliar los horizontes del cine español, abordando sin complejos todo tipo de historias de género. Tras el cine aventuras, el subgénero de grandes atracos o el thriller carcelario, en esta ocasión le ha tocado el turno al drama de acción fronterizo. El niño tiene poco que envidiar a cualquier blockbuster norteamericano en términos de factura técnica y algunas lecciones que dar en cuanto a solidez argumental. El trabajo de investigación que hay detrás del guión ha aportado un realismo y una consistencia poco habituales en este tipo de cintas. Narrativamente muy pensada, llena de detalles extraídos de esa documentación previa, Mozón, junto a su habitual co-guionista Jorge Guerricaechevarría, ha conseguido narrar los conflictos del narcotráfico que se suceden todos los días en el estrecho de Gibraltar a través de una ficción artesanal, acertadamente tosca, que apenas decae.

Desgraciadamente, la sombra de la excelente Celda 211 (2009) es alargada y eclipsa en cierta forma las virtudes de este nuevo filme. La atmósfera claustrofóbica y su angustiosa tensión han sido sustituidas aquí por trepidantes escenas de persecuciones en mar abierto, rodadas sin efectos digitales ni dobles, que impresionan por su pureza visual. Sin embargo, El niño no deja la misma mella emocional, ni resulta tan impactante, incluso tiene algunos pasajes (como la ingenua historia de amor) que deberían haberse obviado o hecho de otra manera.

Lo mejor del cine de Monzón, según ha ido madurando como cineasta, además de su buen pulso y una marcada personalidad como autor comercial, es que plantea universos en los que no hay buenos ni malos. Como espectador deseas, según la escena, que todos los personajes consigan sus objetivos, incluso aunque se contradigan entre ellos; son de carne y hueso, tienen aristas, están lejos del estereotipo. El gran talento de los actores es también, en buena parte, responsable de este logro, especialmente, el de los veteranos. En cambio, el protagonista Jesús Castro arrastra demasiados tics de debutante; cumple, pero aprobando "justito". Suerte del desparpajo de Jesús Carroza que interpreta a su simpático y perdedor compañero de aventuras con toda la gracia, naturalidad y caradura que a él le falta. Carroza marca involuntariamente el espíritu de este filme que es mezcla de acentos y humor fino; porque, a pesar de un cierto aire de denuncia, su afán es sobre todo festivo. Sin perder (esto es importante) su denominación de origen.

Recomendado para aficionados al cine de acción escrito con realismo e inteligencia.
No recomendado para quienes busquen algo así como una secuela de Celda 211.

7 de julio de 2014

¡Volvemos en septiembre!

Como cada año, ha llegado el momento de tomarme mis merecidas vacaciones. ¡Por fin! ¡Os deseo un feliz y muy cinéfilo verano! ¡Volvemos en septiembre con nuevas críticas de cine!


12 de junio de 2014

Todo es fabuloso

La LEGO película (The LEGO movie, 2014)

Dirección: Phil Lord y Chris Miller
Guión: Dan Hagerman y Kevin Hagerman
Intérpretes: Chris Pratt, Will Ferrell, Elizabeth Banks, Liam Neeson, Morgan Freeman, Will Arnett
Fotografía: Barry Peterson
Música: Mark Mothersbaugh


Hablar de la gran influencia de Pixar en el cine de animación actual, después de tantos años, resulta ya casi banal por obvio y reiterativo. Sin embargo, es imposible ver La LEGO película sin acordarse de Toy Story (1995), largometraje que ya contenía inherente la idea de que una aventura protagonizada por juguetes contiene, en sí, las mismas reglas del juego infantil. Si a esto le sumamos la desvergonzada técnica de animación que normalizó la serie South Park y, sobre todo, el fenómeno del brickfilm (cintas amateurs hechas con figuras de LEGO), entenderemos cómo hemos llegado hasta aquí. La gran sorpresa, en este caso, es que, pudiendo haberse quedado en una especie de spot publicitario de hora y media, Phil Lord y Chris Miller, directores y guionistas de la divertida Lluvia de albóndigas (2009), han optado por sacarle el máximo partido en términos de creatividad al universo que tenían (nunca mejor dicho) sobre la mesa. 

Combinando animación digital y stop-motion, el filme tiene un ritmo arrollador, una factura visual espléndida y toda una serie de giros y recursos cómicos que convierten la propuesta en una fuente inagotable de diversión. Su estructura, además, es compleja, apostando por arriesgadas estrategias metalingüísticas de las que sale felizmente victoriosa e incontables referencias a la ciencia ficción, el western, la fantasía o los cómics de superhéroes. 

La historia, asimismo, incluye cierta crítica a la despersonalización del individuo en la sociedad capitalista. El protagonista (un obrero cualquiera) tendrá que enfrentarse a un líder tirano (Lord Business) que tiene en su poder un arma terrible: el pegamento. De esta forma, se contrapone la imaginación como instrumento liberador al inmovilismo del orden establecido. El argumento tiene la habilidad de reconfigurarse tantas veces como haga falta, demostrando que sus posibilidades son tan infinitas como las combinaciones de piezas del propio juguete. 

Recomendado para mentes libres, juguetonas y posmodernas.
No recomendado para quienes la vean tan solo como la película de un juguete.

9 de junio de 2014

Juerga irregular

Malditos vecinos (Neighbors, 2014)

Dirección: Nicholas Stoller
Guión: Andrew J. Cohen y Brendan O'Brien
Intérpretes: Seth Rogen, Zac Efron, Rose Byrne, Dave Franco, Lisa Kudrow
Fotografía: Brandon Trost
Música: Michael Andrews

Los conflictos entre vecinos han otorgado al mundo del cine moderno numerosos títulos de diversa calidad pero similar tono de entre los que No matarás... al vecino (1989) marcó el cénit del subgénero allá en los ochenta. Poco han cambiado las cosas desde entonces en términos de originalidad y excesos, aunque su factura visual haya sabido sofisticarse (al menos, en este caso). Malditos vecinos es una sencilla gamberrada con un marcado afán de hacer reír por encima de todo, buen ritmo aunque ciertos altibajos de efectividad. Seth Rogen y Rose Byrne interpretan a un matrimonio de treintañeros cuyo recién nacido no les impide seguir teniendo ganas de disfrutar de su juventud. Sin embargo, la llegada al barrio de una juerguista fraternidad les hará asumir su nuevo estatus familiar, incompatible con las inagotables ganas de fiesta de sus nuevos vecinos. 

El filme apuesta casi exclusivamente por el humor sexual, heredado de las también ochenteras comedias de adolescentes como Porky's (1982). En este sentido, logra construir unas cuantas situaciones ingeniosas aunque resueltas de manera algo aislada. La progresión dramática no avanza con la naturalidad esperada, a pesar de haber dado con un gran comienzo, y termina por enlazar una serie de gags más o menos divertidos pero insuficientemente ligados entre ellos. El guión adolece demasiado de esta irregularidad y, quizás por eso, se pone al servicio de la improvisación de los actores (especialmente, de Seth Rogen), logrando algo de frescura extra.

Por su parte, Zac Efron ejerce una vez más su rol de sex symbol juvenil con solvencia y bastante gracia, aunque queda sobrepasado por el carismático Dave Franco que con su inagotable vis cómica le roba gran parte del protagonismo. El caso es que, en general, el peso está bien repartido entre las dos generaciones de vecinos con lo que, por identificación, consigue ampliar algo el público al que potencialmente se dirige; y eso es un mérito. Desgraciadamente, esto mismo comporta un aburrido aroma a reflexión en su tramo final que empaña el saludable salvajismo sin complejos de la mayor parte de su bien ajustado metraje.

Recomendado para jóvenes y adolescentes de cuerpo y/o espíritu.
No recomendado para aguafiestas o detractores de la brocha gorda.