31 de mayo de 2014

Estimulante distopía

Rompenieves (Snowpiercer, 2013)

Dirección: Bong Joon-Ho
Guión: Bong Joon-Ho y Kelly Masterson
Intérpretes: Chris Evans, Tilda Swinton, Jamie Bell, John Hurt, Ed Harris, Song Kang-Ho, Octavia Spencer
Fotografía: Kyung-Pyo Hong
Música: Marco Beltrami

El uso del tren como escenario de la acción dramática ha sido clave en la historia del séptimo arte para directores como Alfred Hitchcock, películas míticas del género negro y hasta algunas comedias como Con faldas y a lo loco (1959). Sin embargo, aunque también el cine de acción se había servido de este recurso, nunca antes había explotado de forma tan directa su valor metafórico. El director surcoreano Bong Joon-Ho, que ya consiguió introducir en una cinta de terror con monstruo como The Host (2006) grandes dosis de denuncia política, parece haberse especializado en potenciar mensajes comprometidos sin renunciar a los patrones del cine de género. Rompenieves nos sitúa en un futuro distópico en el que un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global ha llevado al planeta a una nueva era glacial. Como en una reinvención postapocalíptica del arca de Noé, los únicos supervivientes habitan en el interior de un tren que recorre el mundo con un motor de movimiento eterno; lo que, en esencia, es una visión hiperbólica de la sociedad actual: no deja de avanzar pero no va a ninguna parte.

Claustrofóbica, violenta y reflexiva, con toques dramáticos nada desdeñables, construye con inteligencia una estructura narrativa más propia de un videojuego (pero visualmente muy estimulante), en la que un hierático Chris Evans encabezará desde el vagón de cola (el de la clase oprimida) una revolución para derrocar al dictador que vive con todo tipo de lujos en "primera clase". El filme conecta perfectamente con el estado de indignación contemporáneo contra las desigualdades y la opresión, llevándolo al extremo de la estética de la ciencia-ficción clásica, el cómic y el cine soviético; tres patrones que convergen en el delicioso personaje de Tilda Swinton y su magnífica interpretación.

Una vez más, Bong Joon-Ho da una lección de espectáculo con músculo y cerebro, sin miedo al exceso ni a las pinceladas pseudofilosóficas. Rompenieves es un entretenimiento de calidad, con hallazgos muy originales (el tiroteo en la curva, la lucha en la oscuridad...) y sin escatimar en crítica social y matices que dejan la puerta abierta a distintas interpretaciones. A ver si toman nota los reyes del blockbuster en Hollywood y empiezan, de una vez, a subir un poco el listón.

Recomendado para aficionados al cine de acción que entretiene y hace pensar.
No recomendado para espectadores sensibles a la violencia y la contundencia de ciertas metáforas sociales.

28 de mayo de 2014

Desganada crónica rosa

Grace de Mónaco (Grace of Monaco, 2014)

Dirección: Olivier Dahan
Guión: Arash Amel
Intérpretes: Nicole Kidman, Tim Roth, Milo Ventimiglia, Paz Vega, Parker Posey, Frank Langella, Robert Lindsay
Fotografía: Eric Gautier
Música: Christopher Gunning

Puede que tenga razón su director y Grace de Mónaco (aunque lo parezca) no sea un biopic; sin embargo, visto el resultado, quizás hubiera sido mejor que lo fuera. La visión de Olivier Dahan sobre la famosa estrella de Hollywood que se convirtió en princesa es estética y formalmente el clásico cuento de hadas (en el peor de los sentidos). La historia cuenta un breve periodo de tiempo de la vida de Grace Kelly, concretamente, su dura adaptación al estilo de vida en palacio como esposa de Rainiero III, en un momento de crisis personal (en la que se plantea volver al cine) y conflictos políticos en el principado en cuya resolución ella tendrá un papel importante.

De entrada, destaca el gran trabajo interpretativo de Nicole Kidman que, sin embargo, no logra dar interés a la cursi y lineal narración con demasiados aires de telefilme en la que se ve envuelta. La estructura del guión mantiene una distancia absurda con el universo emocional de la protagonista, dedicándose más a mostrárnosla como una modelo de anuncio de perfume que acercarnos a su insatisfacción y conflictos internos. Por eso, a pesar de la entrega de la actriz (y éste es quizás el problema más grave), no se consigue que, en ningún momento, dejemos de ver a Nicole Kidman interpretando; es decir, pesan demasiado su imagen y su actuación por delante de un personaje tan mítico que nunca llega a estar presente del todo.

El resto del reparto, en cambio, está plagado de secundarios demasiado caricaturizados: un príncipe encarnado de forma muy rígida por Tim Roth, Maria Callas con la cara (y poco más) de Paz Vega y unos ridículos Alfred Hitchcock, Charles de Gaulle o Aristóteles Onasis que rozan lo paródico. Todo para explicarnos la transformación cursi y predecible de Grace como la gran salvadora de Mónaco (sea cierto o no) con muy poca credibilidad. En resumen, la película naufraga porque aburre, no sabe escapar de los convencionalismos de siempre y por su nula capacidad de sorpresa. Glamour tiene (bastante) y elegancia le sobra. No le hubiera venido mal buscar una manera más arriesgada de abordar el relato, tan banal como la crónica rosa de algunas revistas del corazón. 

Recomendado para asiduos al papel couché y vacuidades semejantes (o fans de la Kidman).
No recomendado para quienes esperen un biopic con interés o una buena tensión dramática.

16 de mayo de 2014

Más allá del 'carminismo'

Carmina y amén (2014)

Dirección y guión: Paco León
Intérpretes: Carmina Barrios, María León, Paco Casaus, Yolanda Ramos, Estefanía de los Santos, Manolo Solo, Mari Paz Sayago
Fotografía: Juan González Guerrero
Música: Varios

Tras generar un encendido debate sobre la distribución en el cine con Carmina o revienta (2012), Paco León recupera el personaje interpretado por su madre para dar un paso hacia delante en su carrera como cineasta. A diferencia de la que fue su ópera prima, Carmina y amén va más allá del experimento hiperrealista para construir una historia de principio a fin, más convencional en muchos aspectos pero, sobre todo, mucho más madura. El argumento, que bien podría haber ideado Azcona, cuenta cómo, tras la repentina muerte de su marido, Carmina decide no dar parte de la defunción hasta pasados dos días para así poder cobrar la paga extra que él tenía pendiente. A partir de ahí, el filme deambula entre la comedia de enredos con cadáver, el falso documental y el drama social más áspero para, sin terminar de definirse, cerrar el círculo con una vitalista declaración de intenciones.

Entre el cine de Almodóvar y el de Fernando León de Aranoa, igual que la primera entrega, la película encuentra un tono cercano al posthumor muy difícil de definir que, sin embargo, consigue momentos brillantes como la escena del velatorio, con diálogos que parecen verdaderos pedazos de realidad filmados. Esperpéntica, irónica, grotesca y natural, el espíritu de la cinta sigue muy ligado a la incomensurable personalidad de Carmina Barrios aunque, esta vez, acompañada de un guión, por momentos, algo mecánico pero mejor estructurado. En cualquier caso, su sola presencia continúa aportando esa fuerza desbordante de mujer luchadora que puede contra las situaciones más adversas. María León y Yolanda Ramos acompañan en su cruzada a esta peculiar heroína de extrarradio, así como un costumbrista abanico de secundarias entre las que la supuesta amiga de la reina Sofía sigue teniendo una gracia especial.

De esta manera, Paco León insiste en extraer la universalidad del andalucismo que tan bien conoce aunque, en lugar de caer en la burda repetición del gag, lo aborda como un nuevo reto narrativo por el que ha sabido afinar la mirada sociológica. La valentía del actor de la serie Aída como realizador está, sin duda, al nivel de la de Carmina enfrentándose a la muerte; una fuerza, la de ambos, encomiable y sobrecogedora.

Recomendado para "carministas" reconocidos y posibles nuevos adeptos.
No recomendado para los que sean más del gusto de realidades adornadas.

13 de mayo de 2014

Aprendiz de Woody Allen

Aprendiz de gigoló (Fading Gigolo, 2014)

Dirección y guión: John Turturro
Intérpretes: John Turturro, Woody Allen, Sharon Stone, Sofia Vergara, Vanessa Paradis, Liev Schreiber
Fotografía: Marco Pontecorvo
Música: Abraham Laboriel y Bill Maxwell

Pocas han sido las ocasiones en que, a lo largo de su carrera, hemos podido ver a Woody Allen participando en una película solamente como actor. Desde que ganó el Oscar por Annie Hall (1978) que le consagró como director, únicamente ha intervenido (sin firmar el guión ni estar detrás de la cámara) en los filmes Escenas en una galeria (1991) y Cachitos picantes (2000), además de poner la voz al protagonista de Hormingaz (1998) y hacer algunas colaboraciones no acreditadas. Es por esto que, para los fans de la faceta interpretativa del genio de Manhattan, Aprendiz de gigoló puede resultar un plato de muy buen gusto.

Es curiosa la inversión de roles que John Turturro (más habitual como actor que cineasta) ha llevado acabo con este proyecto; y más, teniendo en cuenta que ha escrito la historia a medida de la neurótica personalidad de Allen. Ambientada íntegramente en Nueva York, cuenta la relación de un viejo librero judío y un tímido florista con una desesperada situación financiera hasta que ven, por casualidad, la oportunidad de introducirse en el negocio de la prostitución masculina: el primero como proxeneta y el otro como gigoló. 

El resultado, inevitablemente, se asemeja mucho a lo que podría ser una comedia menor del propio Woody. El jazz de su banda sonora, la forma en que están montados los planos, la fotografía e incluso los chistes sobre sexo y psicoanálisis no le hacen ningún favor por agravio comparativo. Por otro lado, llama la atención que sea ésta, paradójicamente, la cinta más judía en la que Woody Allen haya intervenido, mucho más que cualquiera de su propia filmografía. 

No obstante, la película no aburre, tiene algunos diálogos bastante inspirados y un reparto de lujo entre quienes destacan las mujeres: Sofia Vergara y Sharon Stone (en busca de un amante de calidad) y Vanessa Paradis (como viuda judía). Turturro trata el tema con delicadeza y su personaje, como el de Allen, produce mucha ternura, con lo que se perdona, en parte, ciertas inverosimilitudes de la propuesta. Además, a pesar de quedarse a medio camino entre una profundidad que no trasciende y un humor que no termina de brillar, destila una modestia poco común por la que resulta un producto más que estimable.

Recomendado para nostálgicos del Woody Allen actor.
No recomendado para alérgicos al humor judío (algo descafeinado).

30 de abril de 2014

Romántica y dispersa

The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro (The Amazing Spider-Man 2: Rise of Electro, 2014)

Dirección: Marc Webb
Guión: Alex Kurtzman, Roberto Orci, James Vanderbilt y Jeff Pinkner.
Intérpretes: Andrew Garfield, Emma Stone, Jamie Foxx, Dane DeHaan, Paul Giamatti, Sally Field, Martin Sheen, Chris Cooper, Mark Doherty, Sarah Gadon
Fotografía: Daniel Mindel
Música: Varios

La tarea de reiniciar una franquicia tan popular como la de Spider-Man tras tan solo cinco años desde su última secuela (que, por cierto, había dejado muy mal sabor de boca) tenía no pocos riesgos y dificultades. Dirigida por Marc Webb, The Amazing Spider-Man (2012) resultó, finalmente, un estupendo entretenimiento que, sin embargo, implicaba un material demasiado cercano a la trilogía de Sam Raimi en el tiempo y la estética como para sorprender a nadie. De esta manera, dentro de lo disfrutable, su mayor lastre fue tener que explicar otra vez (puesto que se partía de cero) una historia que los espectadores ya conocían muy bien y cuya nueva adaptación variaba solo ligeramente del espíritu del filme de 2002.

La continuación de este nuevo punto de partida, ya liberada del trámite de explicarnos los orígenes de nuestro héroe, podría habernos conducido narrativamente a donde quisiera. Sin embargo, se ha optado por seguir el mismo esquema de siempre, proponiendo un villano poco conocido (Electro) y, por desgracia, bastante insípido. Pero lo peor es que hayan recurrido al ya tan sobado personaje del Duende Verde (Dane DeHaan) o enemigos de relleno como Rhino (Paul Giamatti), acumulando subtramas de forma innecesaria como ya sucedía en la denostada Spider-Man 3 (2007).

Por todo esto, The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro no permite, por su dispersión, que el público goce plenamente de las tan bien rodadas escenas de acción, las piruetas entre los rascacielos de nuestro Hombre Araña o los muy logrados momentos de máxima tensión. En este sentido, lo más interesante acaba siendo la intriga respecto a los padres de Peter Parker, un motor de enganche dramático muy potente que, no obstante, insisten en seguir reservándose -suponemos- para alargar la saga hasta el máximo de sus posibilidades y jugando con nuestra paciencia.

La otra gran baza de la película son las relaciones personales entre los (en este universo) adolescentes protagonistas; sin duda, el registro en el que más cómodo se siente Webb que ya demostró sus habilidades para la comedia romántica en la simpática 500 días juntos (2009). Es por esto que la historia de amor como eje central del conflicto funciona muy bien, aunque desemboque en un desenlace algo forzado y novelesco. Por último, destacar los esfuerzos de Andrew Garfield por dotar de carisma a un personaje para el que, seguramente, resulta ser un actor demasiado guapo y al que la cara de bobo de Tobey Maguire, por representar al perfecto perdedor venido a más, le sentaba mucho mejor.

Recomendado para aficionados al Spider-Man en versión adolescente o acólitos de Marvel.
No recomendado para los que no perdonen la dispersión y las repeticiones de esta misma franquicia.

19 de abril de 2014

Entre Lynch y Saramago

Enemy (Enemy, 2013)

Dirección: Denis Villeneuve
Guión: Javier Gullón
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Mélanie Laurent, Sarah Gadon, Isabella Rossellini
Fotografía: Nicolas Bolduc
Música: Danny Bensi


La figura del doble, por sus connotaciones filosóficas acerca de la propia identidad, ha sido desde siempre un referente tanto del cine como de la literatura a lo largo de la historia. La inmersión del cada vez más interesante Denis Villeneuve, con guión del español Javier Gullón, en la novela de José Saramago titulada El hombre duplicado, opta, frente al difícil reto, por el camino de la sugerencia. Adaptar una obra del premio Nobel portugués no es tarea fácil, como ya vimos en la perturbadora A ciegas (2008) de Fernando Meirelles. Sin embargo, Villeneuve no le ha tenido miedo al material y ha sabido arriesgar y llevárselo a su terreno, aunque el resultado sea más un ejercicio sensorial que narrativo.

El filme cuenta la historia de Adam, un tranquilo profesor de historia que lleva una vida rutinaria hasta que descubre viendo una película independiente que existe un actor físicamente idéntico a él. A partir de entonces, empieza su obsesión por descubrir quién es ese tipo, dónde vive, cómo es su vida y, en última instancia, conocerle y hablar con él. Ambos interpretados por un comedido y acertadísimo Jake Gyllenhaal, el relato está enfocado, principalmente, desde el ángulo psicológico y metafísico, dejando el enigma a un lado para plantear cuestiones sobre la individualidad, la fama, el miedo (metafórico) ante la posibilidad de ser la copia de otro y la morbosa curiosidad de saber cómo sería nuestra vida si hubiéramos elegido otras opciones.

Con una importante carga sexual, el director de la reciente Prisioneros (2013), probablemente, se ha pasado de atmosférico, por lo que sus fascinantes imágenes y su música misteriosa terminan por anestesiar al espectador que solo reaccionará ante un impactante final (rozando lo gratuito) que no explica nada pero que es toda una declaración de intenciones. Es, en realidad, una lástima que Villeneuve no haya sabido ser más certero en su discurso y haya preferido jugar a ser David Lynch cuando no tenía ninguna necesidad incluyendo, además, a la gran Isabella Rossellini que no podía estar más desaprovechada.

Recomendado para aficionados a los rompecabezas imposibles (con sorpresa final).
No recomendado para mentes racionales y puristas de la explicación total de la historia.

16 de abril de 2014

Bienvenidos a Euskadi

Ocho apellidos vascos (2014)

Dirección: Emilio Martínez-Lázaro
Guión: Borja Cobeaga y Diego San José
Intérpretes: Dani Rovira, Clara Lago, Karra Elejalde, Carmen Machi
Fotografía: Gonzalo Fernández Berridi y Juan Molina
Música: Fernando Velázquez

Los tópicos regionalistas han abundado desde siempre en los chistes de la cultura popular española siendo incluso los más recurridos por algunos cómicos patrios. Sin embargo, por alguna razón, hasta la fecha, este subgénero humorístico no había tenido su equivalente en la gran pantalla. El éxito de Ocho apellidos vascos, por sus cifras récord, es, ciertamente, digno de estudio aunque resulta evidente que una de sus claves es que hace reír (y mucho) a casi cualquier tipo de espectador. Con la cinta francesa Bienvenidos al norte (2008) como referente más cercano, narra las desventuras de un andaluz de pura cepa que viaja hasta un pueblo de Euskadi para conquistar a una vasca de la que se ha enamorado. Los embrollos y malentendidos están servidos desde el primer momento, apostándolo todo a la clásica estructura de pez fuera del agua.

Sin embargo, a pesar de estar plagado de ocurrencias muy inspiradas, por momentos produce la sensación de que la historia avanza demasiado pegada al enredo y el chascarrillo; es decir, que los personajes se ven avocados a ciertas situaciones solo por el hecho de que éstas pueden provocar una carcajada y no porque actúen según sus objetivos y necesidades. Afortunadamente, entre diálogos tan brillantes, uno es capaz de olvidarse de esto y perdonar hasta algunos agujeros de guión que, en cambio, no tenían Pagafantas (2009) ni No controles (2010), mucho más redondas y también escritas por Borja Cobeaga y Diego San José. 

El otro gran pilar de esta disparatada comedia es Dani Rovira (espectacular debut en el cine) con un carisma y una gracia que no se puede aguantar dignas del mejor actor de comedia. Frente a él, con una interpretación de premio, Karra Elejalde encarna a un antológico padre vasco que se roba, prácticamente, todas las escenas. Por su parte, Carmen Machi y Clara Lago también aportan lo suyo, aunque sin alcanzar a los hombres del filme que, dicho sea de paso, cuentan con las mejores réplicas. Desgraciadamente, el veterano director Emilio Martínez-Lázaro parece haberse tomado su labor como una simple rutina. Los planos, en general, son poco imaginativos y muchas de las secuencias se han rodado con tal desgana que bien parecen los exteriores de una serie de televisión o un gag de Vaya semanita (en cierta forma, el origen de todo esto).

No obstante, el ritmo, salvo algún altibajo, es ágil y la trama progresa con el dinamismo adecuado hasta el punto de satisfacernos y, a la vez, dejarnos con ganas de más, como sucede en los buenos entretenimientos. No sabemos, de momento, si este deseo se cumplirá satisfactoriamente en la ya anunciada secuela, aunque auguro que si el guión no lo firman Cobeaga y San José, será complicado.

Recomendado para todos los españoles con ganas de reírse un rato.
No recomendado para los que busquen una historia que sostenga con fuerza el entramado de chistes.

8 de abril de 2014

Blockbuster fundamentalista

Noé (Noah, 2014)

Dirección: Darren Aronofsky
Guión: Darren Aronofsky y Ari Handel
Intérpretes: Russell Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Nick Nolte
Fotografía: Matthew Libatique
Música: Clint Mansell

No todos los grandes directores necesitan rodar grandes películas para demostrar que lo son. Algunas veces, la experiencia produce justo el efecto contrario. Ha contado Darren Aronofsky en varias entrevistas promocionales que la historia de Noé le había atraído desde pequeño de manera enfermiza. De esta manera, ha podido cumplir uno de sus caprichos al llevar al cine este trascendental relato que en la Biblia tan solo ocupa unos párrafos y casi nunca se ha adaptado a la gran pantalla (la versión más conocida, parodias y telefilmes aparte, data de 1928). Podemos adivinar qué es lo que le interesa del personaje al director de Cisne negro (2010) si tenemos en cuenta su habitual fascinación por retratar al ser humano en su faceta más obsesiva; así como su relación con Dios (aquí llamado el Creador) como vimos en Pi, fe en el caos (1998) o La fuente de la vida (2006). No obstante, al mismo tiempo, cuesta de reconocer su sello hasta ahora tan personal, hundido entre las épicas aguas de un diluvio mucho más propio de Roland Emmerich o Michael Bay. 

La propuesta no es del todo fallida. Esa extraña estética postapocalíptica cercana a Mad Max (1979) y un reparto muy bien escogido apuntaban a un producto menos épico y más rico en matices. Sin embargo, lo que nos encontramos a medida que avanza el filme es la justificación de un exterminio a través de los ojos de un fanático fundamentalista. El personaje de Noé, más allá de la soberbia interpretación de Russell Crowe, no deja de ser un reaccionario que no siente la más mínima compasión por los seres humanos que van a ser aniquilados, tanto si se lo merecen como si no. Este punto de vista casi talibán, no solo se hace antipático sino que, además, impide "contemporaneizar" el conflicto de manera que plantee alguna respuesta que pueda servirnos para la sociedad actual.

Noé es violenta (como el Antiguo Testamento, en realidad) y llena de efectos especiales, pero narrativamente demasiado estática y, por lo tanto, muy aburrida. La tozudez del protagonista no permite que su conflicto moral se desarrolle en hechos o en palabras, obviando cualquier reflexión ética o filosófica, hasta la demasiado prolija conclusión final. Ni siquiera las licencias tomadas por Aronofsky, como los gigantes (algo así como unos Transformers de piedra), el diseño del arca o las forzadas excentricidades de Matusalén consiguen animar la función. Si la pretensión era parecerse a la saga de El señor de los anillos (2001-2003) y no tanto a Los diez mandamientos (1956), cabe decir que el resultado se ha quedado muy lejos de las emocionantes aventuras del universo de Tolkien, desgraciadamente.

Recomendado para fanáticos religiosos y amantes de la épica despiadada.
No recomendado para aficionados al cine (habitual) de Darren Aronofsky.

23 de marzo de 2014

Aventuras literarias

El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014)

Dirección y guión: Wes Anderson
Intérpretes: Ralph Fiennes, Saoirse Ronan, Edward Norton, Willem Dafoe, Jude Law, Owen Wilson, Léa Seydoux, Bill Murray, Adrien Brody, Tilda Swinton, Jeff Goldblum, F. Murray Abraham, Tom Wilkinson, Harvey Keitel
Fotografía: Robert Yeoman
Música: Alexandre Desplat


Tras las dos maravillas cinematográficas a nivel estético y narrativo que fueron Fantastic Mr. Fox (2009) y Moonrise Kingdom (2012), Wes Anderson continúa su etapa de esplendor creativo (a la espera de lo que vendrá) con un nuevo juguete que homenajea a la literatura. Basándose libremente en la obra del escritor Stefan Zweig, el director de Viaje a Darjeeling (2007) toma a un insuperable reparto coral para construir algo así como una casa de muñecas en la que cada plano podría contener una historia en sí misma. Como de costumbre en su personal universo, la película está cuidada meticulosamente hasta el más mínimo detalle, sorprendiendo una vez más por la belleza y originalidad de su dirección artística, vestuario y fotografía. 

La trama no es tan compleja como podría aparentar. Gira en torno a dos ejes: el hotel Budapest del título como lugar que atestigua la acción y el paso del tiempo, y sus dos protagonistas, el conserje y su ayudante. Lo que ocurre es que Anderson tiene la gran habilidad de ir enredando el relato hasta convertirlo en un cuento de aventuras, robos y asesinatos con la profundidad de una pintura y la ingenuidad de un teatro de marionetas. Los diferentes formatos en que rueda (de más a grande a más pequeño) recuerdan, estructuralmente, a una matrioska aunque, sobre todo, sirven para hacer un guiño cariñoso a los orígenes del cine y sus cuadradas dimensiones.

Por otro lado, todos y cada uno de los actores y actrices del filme actúan con una precisión asombrosa. Comedidos, espontáneos, extravagantes cuando conviene pero también divertidos y carismáticos, el elenco al completo ha sido orquestado por Anderson para remar en la misma dirección, lo que la convierte en una propuesta imparable. Cabe destacar, en cualquier caso, la interpretación del hasta ahora desconocido Saoirse Ronan que supone toda una revelación en su papel de botones.

Lo mejor, en definitiva, es esa sensación de que todo encaja y fluye de forma natural, hasta el punto de que la narración podría no agotarse nunca. A Anderson le sienta de maravilla la nostalgia, la vieja Europa y celebramos que siga atreviéndose con el uso de maquetas y permitiéndose ampliar su lenguaje visual con nuevas referencias como (por citar alguna) el cómic francés.

Recomendado para acólitos de Anderson, simpatizantes y profanos.
No recomendado para los que, en los museos, no se paran a mirar los detalles de los cuadros.

20 de marzo de 2014

Retrato de un combatiente

Dallas Buyers Club (Dallas Buyers Club, 2013)

Dirección: Jean-Marc Vallée
Guión: Melisa Wallack y Craig Belton
Intérpretes: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Steve Zahn, Dallas Roberts, Denis O'Hare
Fotografía: Yves Bélanger
Música: Varios

La historia real de un grupo de seropositivos que luchan contra su enfermedad es un material con una gran carga emotiva y, al mismo tiempo, algo peligroso. Al abordar una temática tan delicada se corre el riesgo de caer fácilmente en el sentimentalismo, el discurso moralista y el melodrama televisivo. Uno de los mayores logros de Dallas Buyers Club es esquivar todas esas posibilidades para centrarse en el políticamente incorrecto personaje interpretado por Matthew McConaughey. El retrato de Ron Woodroof, cowboy texano, mujeriego y drogadicto al que los médicos le pronostican un mes de vida tras descubrir que es portador del VIH, rompe todos los esquemas que consagraron anteriormente filmes como Philadelphia (1993). Su rebelión contra el entorno, su condición y contra todo el sistema nada tiene que ver con la lucha desde el victimismo que contenía la cinta protagonizada por Tom Hanks. Claro que los tiempos han cambiado y tan necesarias fueron las formas de aquella como lo son ahora las de ésta.

Jared Leto, por su parte, encarna a Rayon, un transexual que comparte con Ron unas imparables ganas de vivir. La combinación de ambas interpretaciones, junto a su espectacular transformación física, tiene algo de hipnótico y consigue introducirnos en el relato de manera inmediata. Ambos actores han cogido sus roles con fuerza y se han entregado enteramente a ellos. No es de extrañar que hayan encandilado este año a la Academia de Hollywood que les ha otorgado el Oscar a Mejor Actor Protagonista (McConaughey) y Mejor Actor de Reparto (Leto).

No obstante, el guión no es nada del otro mundo. Como pasaba también en Philomena (2013), salvando las distancias, la historia son los personajes. El desafío a las industrias farmacéuticas podría habernos llevado por una compleja trama de enfrentamientos judiciales o derivar hacia el thriller pero es obvio que eso no es lo que al director le interesa. De lo que se trata aquí es de mostrarnos la evolución de este anti-héroe de la américa profunda que pasa de ser un homófobo intolerante al distribuidor más importante de medicinas antivirales alternativas y, así, convertirse en un cierto referente para el colectivo gay. Todo esto, sin perder la complejidad de su carácter ególatra. Además, se agradece que se recurra muy poco a escenas de la reivindicación de la tolerancia (como el momento en el supermercado) para detenerse en definir al detalle la amistad entre Ron y Rayon que es donde reside la verdadera reflexión de todo el conjunto y aporta los momentos más tristes, divertidos y hermosos.

Recomendado para los que busquen una reinvención honesta de las historias sobre seropositivos.
No recomendado para homófobos sin intención de evolucionar.