23 de febrero de 2014

Latigazos históricos

12 años de esclavitud (Twelve Years a Slave, 2013)

Dirección: Steve McQueen
Guión: John Ridley
Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Brad Pitt, Paul Giamatti, Paul Dano, Sarah Paulson, Lupita Nyong'o
Fotografía: Sean Bobbitt
Música: Hans Zimmer

La esclavitud es uno de los tema clave para entender la historia de Estados Unidos por lo que, necesariamente, ha dado lugar a un gran número de películas e interesado a importantes directores tan diferentes como Spielberg, Tarantino o Lars Von Trier. Y aunque puede que el público europeo viva el asunto con algo más de distancia, por su violencia y carácter universal, finalmente, conmueve a todo el mundo. Llegados a este punto, cuando ya parecía haberse dicho todo sobre la cuestión, aparece Steve McQueen con una propuesta nueva: narrativamente refrescante en su sobriedad, que se toma en serio la problemática y sus personajes, rigurosa y muy valiente. 

Uno de los giros clave que aporta la visión del director de la angustiante Shame (2011) es que su protagonista, Solomon Northup, no es un esclavo, sino un culto músico negro que vive con su familia en el Nueva York de 1850. Tras compartir una copa con dos desconocidos, descubre que ha sido drogado para, finalmente, ser secuestrado y vendido para trabajar en una plantación de Louisiana. De esta manera, 12 años de esclavitud, con un sencillo relato, no solamente trata sobre la explotación, la falta de dignididad y la opresión, sino también de los que, por necesidad o por vileza, contribuyeron a todo lo que sucedió. Habla de esclavos y esclavistas, de blancos de buen corazón (Brad Pitt) y blancos miserables (Michael Fassbender), y de los que lucharon y los que miraron hacia otro lado.

La osadía del filme reside en la dureza de su exposición, sin dejar a nadie libre de culpa, acompañado de un tono casi documental que lo emparenta en la línea de otras cintas sobre el holocausto judío. Probablemente, calificarla como la película definitiva sobre la esclavitud sea algo exagerado, pero lo que no podemos negar es que es un producto totalmente distinto a lo que habíamos visto hasta ahora.

Además, sumando a la excelencia expositiva, encontramos el trabajo de los actores. Chiwetel Ejiofor encarna con gran entereza y credibilidad al héroe que deberá recuperar su libertad. Junto a él destaca la joven Lupita Nyong'o, en el papel de la esclava Patsey que es maltratada y violada por su escalofriante amo (Fassbender), y cuyo sometimiento resulta tan abominable como lleno de matices. En definitiva, McQueen prácticamente ha plasmado una porción de realidad que deja en evidencia (una vez más) el lado más repulsivo del alma humana. Un testimonio sin pudor ni censura, en el que los latigazos se ven, se escuchan y se sienten hasta resultar casi insoportables para el público tanto como para sus protagonistas.

Recomendado para amantes del cine histórico sin remilgos.
No recomendado para espectadores sensibles a los efectos reales de la violencia.

20 de febrero de 2014

Crónica sentimental de España

Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013)

Dirección y guión: David Trueba
Intérpretes: Javier Cámara, Francesc Colomer, Natalia de Molina, Ramón Fontserè, Ariadna Gil, Jorge Sanz
Fotografía: Daniel Vilar
Música: Pat Metheny

Vivimos en un país con todavía muchas cuentas pendientes con su pasado. La guerra civil, el franquismo y las dos Españas son temas que, después de tantos años, aún escuecen por nuestra incapacidad como nación de curar correctamente las heridas de nuestra historia. Es por esto que echar la vista atrás, sea en cine o televisión, supone todo un reto creativo para nuestros directores. Lo más habitual es caer en el bando de la condena sistemática de aquellos años de horror (tan necesaria pero ya tan vista), aunque también hay los que tienden a la idealización poética al estilo "estábamos tan mal pero qué felices éramos". El mayor logro de David Trueba es esquivar estos dos tópicos para retratar con honestidad y a partir de una anécdota parte de lo que esencialmente fueron los años 60 en nuestro país. 

El viaje de este profesor que enseña inglés con las canciones de los Beatles y viaja a Almería a conocer a John Lennon sirve de metáfora perfecta de la necesidad de entonces de vislumbrar un horizonte de libertad. Javier Cámara encarna con una credibilidad pasmosa a este entrañable personaje que, antiheroico y carismático, emprende su aventura con la intención de no rendirse hasta que consiga su objetivo. En su peripecia le acompañan una joven y un adolescente interpretados por Natalia de Molina y Francesc Colomer que están maravillosamente a la altura de las circunstancias, lo mismo que la estupenda colección de secundarios. Más allá de los habituales Ariadna Gil, Ramón Fontserè y Jorge Sanz, los habitantes del pueblo, los guardia civiles o los niños son todo un hallazgo.

No podemos negar que la película tiene una intencionalidad optimista y sentimental (aunque el trasfondo sea de opresión y desesperanza). No obsante, en ningún momento cae en la cursilería ni la falsa afectación. Al contrario, lo fascinante son las grandes dosis de realidad que contiene. Si bien es cierto que algún tópico en los diálogos subrayan ciertas reflexiones sobre la vida un tanto estereotipadas, por lo demás, el filme resulta ágil, enternecedor y muy cercano. Además, está escrito de forma que emparenta aquellos tiempos (su estado de ánimo y la ausencia de ilusión) con la época actual, en lo que supone el consuelo más inteligente que hemos podido ver en nuestras pantallas desde que empezó la crisis.

Recomendado para nostálgicos que no cierren los ojos a la realidad.
No recomendado para quienes fueran más de los Rolling.

13 de febrero de 2014

El estafador, su mujer y su amante

La gran estafa americana (American Hustle, 2013)

Dirección: David O. Russell
Guión: David O. Russell y Eric Singer
Intérpretes: Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Jeremy Renner, Robert De Niro, Michael Peña
Fotografía: Linus Sandgren
Música: Danny Elfman


Si no fuera por sus diez nominaciones a los Oscar (a la espera de ver cuántos consigue finalmente) y el exagerado cariño que Hollywood muestra hacia David O. Russell, quizás podríamos disfrutar de La gran estafa americana desde una óptica más realista sin que la película, entretenida y bastante simpática, tuviera que lidiar con unas expectativas demasiado infladas. Sin embargo, dadas las circunstancias y el bombardeo mediático, no resulta fácil hacer una abstracción para juzgar el último trabajo del director de El lado bueno de las cosas (2012) con la ecuanimidad adecuada; ardua tarea si tenemos en cuenta que, dada su arrogancia formal, parece no merecer ni siquiera que hagamos tal ejercicio.

El principal problema del filme es que se apoya excesivamente en sus actores. Con la entrega total de su elenco de habituales parece que intente suplirse ciertas carencias de un guión que está lejos de ser perfecto. El primer acto es confuso y atropellado hasta que, una vez metidos en materia -¡por fin!-, la trama empieza a funcionar y, salvando algunos baches narrativos, aguanta ya hasta el final. Christian Bale (con su enésima transformación física) sostiene con solvencia el peso de la historia como uno de los grandes, mientras que Amy Adams y Jennifer Lawrence aportan los mejores momentos, mostrando su cara más carismática, divertida y una habilidad para robar escenas fuera de serie. Por su parte, Bradley Cooper, aunque algo autoparódico, también hace un trabajo notable. La sensación, por lo tanto, es que los actores están extrañamente por encima de la película y que, detrás de su esfuerzo, no queda gran cosa.

Influenciada en gran parte por Boogie Nights (1997) y Casino (1995), con colaboración de Robert De Niro incluida, pero sin estar a la altura de Paul Thomas Anderson ni Scorsese (ya le gustaría), resalta demasiado el afán de Russell por dejar en la obra un sello de autor que tampoco está claro si existe de verdad. Afortunadamente, en su conjunto, es muy amena, animada, estéticamente muy vistosa y con una impecable banda sonora, por lo que es difícil que el público se aburra. No obstante, seamos serios: está a años luz de ser lo mejor que se ha estrenado este año; es más, ya veremos, con el tiempo, quién se acuerda de ella.

Recomendado para acólitos de la secta de David O. Russell o fanáticos de la estética setentera.
No recomendado para los que esperen la gran película americana del año.

12 de febrero de 2014

En busca de la dignidad perdida

Nebraska (Nebraska, 2013)

Dirección: Alexander Payne
Guión: Bob Nelson
Intérpretes: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach, Bob Odenkirk, June Squibb, Angela McEwan
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Mark Orton

De una forma más o menos profunda, las películas de Alexander Payne siempre nos cuentan un viaje. Bien sea en busca de las propias raíces como en A propósito de Schmidt (2002) o para visitar viñedos como en Entre copas (2004), sus personajes emprenden una aventura para descifrar el misterio que arde en su interior, confuso y doloroso, que no entienden y proyectan en ese objetivo externo. El protagonista del filme (un fantástico Bruce Dern) está obsesionado con cobrar un premio de un millón de dólares que ha leído en un folleto que ha ganado. A pesar de que su hijo le insiste en que se trata de un timo, finalmente, no tiene más remedio que acompañarlo a Nebraska (donde están las oficinas), incapaz de hacerle cambiar de opinión.

Llena de melancolía y grandes toques de humor, la película es, en esencia, una reflexión sobre la dignidad en la vida de los ancianos. A través de la mirada derrotada del viejo, Payne parece decirnos que la existencia no tiene sentido sin una ilusión por la que avanzar. Con ese paso firme, aunque también triste, Woody Grant y su hijo aceptan la mentira como excusa para no perder la fe en sí mismos. Tanto el blanco y negro de la fotografía como los áridos paisajes del norte de Estados Unidos reflejan con pesimismo la monótona realidad con la que tienen que lidiar nuestros héroes. La cinta cuenta con un guión brillante, sutil y con grandes momentos (el robo del compresor) y una excelente definición de los personajes, que, por primera vez, no firma el propio Payne y, sin embargo, parece adaptarse a la perfección a su universo personal. 

Aunque si hay una cosa que se le da bien al director es retratar con crueldad al americano medio: incomunicativo, ignorante y rudo, solamente conversa sobre coches, dinero o deportes. Mientras, las mujeres, en la cocina, hablan por los codos, básicamente, para chismorrear y criticar. El único ápice de esperanza entre tanta desolación está en el final de la historia. Afortunadamente, incluso en la América profunda, existe la posibilidad de disfrutar de las pequeñas cosas que, visto lo visto, son las mejores; en cualquier parte y a cualquier edad.

Recomendado para devotos de las road movies con significado.
No recomendado para quienes no amen a sus mayores.

9 de febrero de 2014

Austeridad turbadora

Caníbal (2013)

Dirección: Manuel Martín Cuenca
Guión: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández
Intérpretes: Antonio de la Torre, Olimpia Melinte, María Alfonsa Rosso, Manolo Solo, Yolanda Serrano
Fotografía: Pau Esteve Birba

La elegancia, delicadeza y sobriedad con la que el personaje de Antonio de la Torre condimenta un solomillo de carne humana con las manos en una de las escenas de la película es la metáfora perfecta para expresar el tono con el que Manuel Martín Cuenca ha decidido abordar la historia de este Caníbal. Esquivando con un cuidado extremo cualquier recurso morboso (lo cual no es tarea fácil dado el material), el director ha logrado extraer la belleza de la monstruosidad, diseccionando (casi como un científico que observa sin intervenir) un alma humana atroz que, sin embargo, es capaz de enamorarse. Porque, en definitiva, el retrato de este sastre metódico y apacible que se alimenta con la carne de las mujeres de las que se ha sentido atraído, a las que mata y cocina como parte de un ritual de seducción pre-coito, es una peculiar defensa del amor por encima del horror y el deseo.

Ambientada en Granada, ciudad que aporta un cierto embrujo al relato, con muy pocos diálogos y elipsis muy interesantes, Martín Cuenca consigue salirse airoso de un ejercicio de estilo complicado que tenía muchas posibilidades de caer en la truculencia y el nihilismo. Afortunadamente, se ha marcado un objetivo que apunta mucho más alto, permitiéndose incluso homenajear a la soberbia Vértigo (1958).

Tan enfermiza como la obra maestra de Hitchcock, aunque algo menos pesimista, su punto débil, quizás, es el uso de los símbolos cristianos como explicación alegórica del comportamiento del protagonista. No era necesario. Su fuerza reposa en la fascinación que genera mostrarnos la frialdad de su comportamiento, nada más. Por suerte, este aspecto tiene poco peso y queda compensado con el trabajo de Antonio de la Torre cuya una interpretación basada en la contención engrandece el filme y lo acompaña hasta el final en su apuesta por la sutileza.

Recomendado para interesados en el lado más oscuro del ser humano (morbo aparte).
No recomendado para estómagos sensibles a la sugerencia.

8 de febrero de 2014

Dolor invisible

La herida (2013)

Dirección: Fernando Franco
Guión: Fernando Franco y Enric Rufas
Intérpretes: Marián Álvarez, Rosana Pastor, Manolo Solo, Andrés Gertrudix, Ramón Agirre, Ramón Barea
Fotografía: Santiago Racaj

La tendencia a abordar las películas sobre trastornos emocionales desde una óptica moralizante o con intención aleccionadora es un vicio cinematográfico del que solo algunos pocos logran escapar. La herida, del debutante Fernando Franco, es una de esas gratas excepciones con un pulso lo bastante firme como para exponer un caso con la frialdad necesaria para que el espectador saque sus propias conclusiones. La cinta narra la historia de Ana, una chica de 28 años con un trastorno límite de personalidad que le provoca serios problemas para relacionarse y cuyo único refugio es su trabajo en un servicio de ambulancia. Interpretada por una Marián Álvarez en estado de gracia, el director nos introduce de lleno (y sin consideración) en la espiral de autodestrucción de la protagonista, incapaz de escapar, por mucho que lo intente, de su propia infelicidad.

Angustiosa y deprimente, pero brutalmente honesta, lo mejor del filme es todo lo que no se nos cuenta. Nunca llegamos a saber qué es lo en realidad ocurre en el interior de Ana, ni cuál es el origen de esa herida del título (aunque podríamos intuirlo en la escena con su padre); ni por qué todos los personajes de su alrededor la tratan con ese desdén, miedo, rencor, distancia o condescendencia. Lo único que podemos deducir es que hay mucho dolor en todos ellos, consecuencia, probablemente, de toda una serie de situaciones a las que nosotros no hemos sido invitados.

Es en ese inquietante umbral entre saber y no saber donde nos sitúa Franco para explicarnos con gran destreza la incertidumbre y frustración con la que tiene que lidiar todos los días nuestra malograda heroína. Hiperrealista en su estilo visual, son pocos los momentos de tregua para el público, por lo que, para algunos, podría resultar una propuesta difícil y bastante dura. Sin embargo, por su valentía y crudeza, su excelente planificación y sus maravillosos intérpretes vale la pena hacer el esfuerzo. Además, es una de esas obras con un abanico lo bastante amplio de lecturas como para generar un debate tras el visionado, lo cual es muy necesario hoy en día y siempre enriquecedor. 

Recomendado para quienes no tengan miedo de mirar la depresión a la cara.
No recomendado para quienes puedan identificarse demasiado con la protagonista.

29 de enero de 2014

Obscena diversión

El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013)

Dirección: Martin Scorsese
Guión: Terence Winter; basado en el libro de Jordan Belfort.
Intérpretes: Leonardo DiCarprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Matthew McConaughey, Jean Dujardin, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Favreau.
Fotografía: Rodrigo Prieto
Música: Howard Shore

Igual que en otros tiempos la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial marcaron a toda una generación de cineastas a la hora de abordar sus historias (o la Guerra Civil para los directores españoles), la crisis económica ha empezado ya a dejar su huella en muchas de las películas actuales como Inside Job (2010), Margin Call (2011) o El capital (2012), entre otras. La gran novedad del último filme de Scorsese es la alegría con la que se pone de parte de los "chicos malos", mostrándonos sin ningún rubor la desfachatez de sus acciones para, en lugar de indignarnos, hacernos disfrutar como nunca. El director de Taxi Driver (1976) rueda con una libertad, una precisión y un ritmo asombrosos las batallitas del broker Jordan Belfort, encarnado por un inconmensurable Leonardo DiCaprio, clarísimo merecedor de un Oscar por este trabajo.

Basado en el libro de memorias del propio protagonista, la cinta es pura diversión. Huye de cualquier mensaje moralista, reflexión crítica o impostura ética para convertir en el mejor humor los excesos, la avaricia, la obscenidad y la total falta de escrúpulos de este grupo de corredores de bolsa que bien podrían ser los mafiosos de Uno de los nuestros (1990) vistos desde un ángulo distinto. El lobo de Wall Street está plagada de impagables secundarios de lujo, desde el roba-escenas Matthew McConaghey, brillante y evocador, hasta la gran revelación que supone Jonah Hill, postulándose para ser el nuevo Joe Pesci.

Por todo esto, lo mejor de la película es el sello inconfundible de Scorsese que ha sabido, con los años, perfeccionar su técnica y estilizar su marca y sus obsesiones; esta vez, además, descubriéndonos sus insólitas dotes para la comedia más adrenalínica (aunque, por momentos, también sofisticada). Las tres horas de metraje avanzan a la velocidad del rayo y, sin renunciar en ningún momento al entretenimiento, nos deja momentos memorables (como el retorno a casa drogado de DiCaprio con el coche desde una milla de distancia) y también unas extrañas ganas de esnifar cocaína.

Sin embargo, entre tanta histeria, no hubiese sobrado hacer algo más de pie en el lado más oscuro de la colección de despropósitos que se nos narran. Los muertos (por sobredosis o suicidio) se pasan demasiado por alto y, por lo demás, no existe cuestionamiento alguno ni de sus comportamientos ni del sistema que lo permite. En cambio, sí que se dedica el plano final a las caras de los asistentes a una charla de Belfort (a modo de espejo del público en las butacas del cine) deseando con ansia poder llegar a ser como él. Este detalle en el desenlace es algo banal y, puestos a juzgar a alguien, ligeramente injustificado. No obstante, no parece que criticar las estructuras económicas neoliberales sea la intención en este caso (otra vez será), por lo que, si se le perdona eso, la diversión está asegurada.

Recomendado para los que sean capaces de reírse con los culpables de todo.
No recomendado para moralistas, recatados éticos o enemigos del neoliberalismo simpático.

19 de enero de 2014

El fracaso según los Coen

A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013)

Dirección y guión: Ethan Coen y Joel Coen
Intérpretes: Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman, Garrett Hedlun, Justin Timberlake, F. Murray Abraham
Fotografía: Bruno Delbonnel
Música: Varios

Tienen los hermanos Coen la extraña cualidad de crear historias sobre personajes antipáticos, rompiendo unas cuantas leyes no escritas de los guionistas de Hollywood, y conseguir que se ganen con su hostilidad el cariño de los espectadores. A propósito de Llewyn Davis es una muestra más del pesimismo existencial que se respira en cualquier obra de los directores de Fargo (1996). En esta ocasión, el drama versa sobre la miserable vida de Llewyn Davis, un músico de folk con mucho talento que, sin embargo, jamás logra alcanzar el éxito; ni siquiera lo justo como para ganarse la vida. De forma cruel e irónica, pero también realista y muy sensata, presentan esta odisea de un fracaso en la que vemos al peculiar artista dejar escapar, no en pocas ocasiones, la oportunidad de vencer frente a las adversidades.

Lo más interesante del filme es esa inflexibilidad ética del protagonista en cuanto a su carrera, incapaz de adaptarse lo más mínimo a la realidad profesional que le rodea, en contraposición a su apatía moral hacia los sentimientos de las personas de su entorno. Oscar Isaac encarna con sobriedad y una buena colección de matices a este amargo Llewyn Davis del título, interpretando también con guitarra y voz las canciones que mayormente componen la excelente y bien integrada banda sonora. Le acompañan, además, toda una serie de secundarios como Carey Mulligan, John Goodman o Justin Timberlake que resultan toda una delicia.

Aunque, sobre todo, no podemos olvidarnos de ese gato llamado Ulises, otro fantástico secundario, del que, sin saber por qué, nuestro patético antihéroe es de lo único que parece sentirse responsable. Esa sencilla contradicción, entre otras muchas, es lo que engrandece la cinta y a su personaje principal. Y así, con un compendio de anécdotas pequeñas y adornado con una hermosa fotografía en sepia, los Coen definen con acidez y mucha inteligencia la escena musical del folk de principios de los años 60 y, de paso, la vertiente oculta de una parte de la historia de Estados Unidos. No veíamos un enaltecimiento similar de la tragicómica figura del genio perdedor desde las inolvidables Barton Fink (1991) y Un tipo serio (2009). 

Recomendado para pesimistas existenciales que disfruten de serlo.
No recomendado para los que esperen un bello documento sobre los inicios del folk.

14 de enero de 2014

Miserias del Medio Oeste

Agosto (August: Osage County, 2013)

Dirección: John Wells
Guión: Tracy Letts (basándose en su propia obra teatral)
Intérpretes: Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor, Chris Cooper, Abigail Breslin, Benedict Cumberbatch, Juliette Lewis, Margo Martindale, Sam Shepard.
Fotografía: Adriano Goldman
Música: Gustavo Santaolalla

Adaptar al cine una obra de teatro como Agosto, ganadora del Premio Pulitzer en 2008, más que una responsabilidad es un privilegio que, en este caso, se le ha concedido a John Wells. Más conocido como productor de televisión (Urgencias, Shameless...), no sabemos si su escasa experiencia como director cinematográfico le ha llevado a abordar el texto de esta forma modestamente impersonal, dejando a los actores hacer su trabajo, o es que no ha sabido hacerlo de otra manera. En cualquier caso, la falta de implicación formal desde detrás de las cámaras no perjudica la grandiosidad de la historia; el único problema, quizás, es que le impide alcanzar la excelencia; lo cual no es, en realidad, tan grave.

El guión, escrito por el propio Tracy Letts, autor de la obra, ha prescindido de algunas de las tramas más superfluas, especialmente del primer acto, para acortar la duración total y centrarse en lo que de verdad le interesa: las entrañas putrefactas de una familia del Medio Oeste americano. La desaparición del padre (Sam Shepard) es el pretexto dramático por el que los Weston no tienen más remedio que volverse a reunir y el punto de tensión por el que aflorarán todos los conflictos y reproches soterrados por el tiempo.

Turbadora, venenosamente divertida, con momentos emotivos y, en general, llena de desesperanza, el filme es un regalo para los amantes de los buenos diálogos y las grandes interpretaciones. Todos y cada uno de sus intérpretes bordan el rol que les corresponde, colaborando en hacer verosímil la imagen de clan en desgracia que representan. Especialmente, destaca la sobriedad de Ewan McGregor (que sigue mejorando año tras año), la naturalidad de Margo Martindale y el choque entre Julia Roberts (que pocas veces ha estado tan bien) y ese monstruo de la interpretación llamado Meryl Streep. Aunque en una primera impresión pueda parecer excesiva, la actriz ganadora de tres Oscar consigue con una vehemencia consciente que nos cueste imaginar a esa madre enferma y drogadicta interpretada por otra; gran personaje para la eternidad que, además, contiene (a pesar de ese final impostado) el verdadero espíritu de la película.

Recomendado para los que quieran volver a disfrutar de la obra y los que no tuvieron la oportunidad de hacerlo.
No recomendado para los que prefieran mantener cerrado el cajón de los trapos sucios.

13 de enero de 2014

El drama de la rebeldía

15 años y un día (2013)

Dirección: Gracia Querejeta
Guión: Gracia Querejeta y Antonio Santos Mercero
Intérpretes: Tito Valverde, Maribel Verdú, Arón Piper, Belén López, Susi Sánchez.
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Música: Pablo Salinas

Partiendo del drama de un adolescente inadaptado, uno de los temas favoritos del cine español junto a la guerra civil, Gracia Querejeta vuelve a demostrar su gran habilidad para sacar partido dignamente de una historia que podría haberse quedado en una burda colección de estereotipos. Huérfano de padre, Jon (Arón Piper) es un chico con aires de incomprendido a punto de cumplir 15 años al que su madre (Maribel Verdú), actriz sin trabajo, envía a convivir con su abuelo ex militar (Tito Valverde) para intentar enderezarlo. Sin embargo, la tendencia del chaval a juntarse con malas compañías, terminará por ocasionar terribles consecuencias.

La propuesta de la directora madrileña tiene el inconveniente de partir de un material con demasiados elementos conocidos. No obstante, el guión es lo bastante eficiente como para no caer en la previsibilidad, la sensiblería o la inverosimilitud. La peripecia de Jon, gamberro pero con buen corazón, avanza con inteligencia por caminos más o menos convencionales, hasta que la película da un interesante giro al thriller, que le otorga una naturaleza muy peculiar.

La pandilla de jóvenes actores, correctos y muy convincentes, curiosamente, resultan al final menos interesantes que los matizados y más complejos personajes adultos. Es por eso que, una vez Tito Valverde toma las riendas del filme, el argumento gana en interés y calidad narrativa. Apoyada sobre diálogos muy cuidados, 15 años y un día es un ejemplo de cómo hacer las cosas bien sin necesidad de romper moldes. Tierna, emocionante, dura por momentos, pero gratamente realista, se acerca a la perfección, dentro de sus limitaciones. Y salvo un flashback explicativo algo mecánico y algunos momentos excesivamente teatrales, su exposición del relato es ejemplar en cuanto a modestia, belleza y honestidad.

Recomendado para amantes del buen cine español, social y realista.
No recomendado para los que el ritmo de la vida les parezca un compás demasiado lento.