29 de octubre de 2013

Perdidos en el espacio

Gravity (Gravity, 2013)

Dirección: Alfonso Cuarón
Guión: Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón
Intérpretes: Sandra Bullock, George Clooney.
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Steven Price


El interés de los directores por el tema del hombre enfrentado a la negra inmensidad del espacio se remonta a los propios inicios del cine. Desde aquel Viaje a la luna (1902) de George Méliès hasta la actualidad, muchos han sido los que han elegido enmarcar sus historias en la turbadora quietud del universo. A veces, puro divertimento (véase sagas como Star Wars o Star Trek), otras como ejercicio de reflexión metafísica, por ejemplo, Moon (2009), la cuestión es que, entre los avances tecnológicos y la portentosa imaginación de algunos cineastas, parece que el género todavía admite innovación y gratas sorpresas.

Gravity parte de una premisa universal, como es la lucha por sobrevivir frente a circunstancias adversas, y la sitúa en un entorno totalmente nuevo para el espectador (al menos en los términos planteados). Visualmente apabullante, bellísima y espectacular, la película es un verdadero viaje emocional en el que pocas veces hemos estado tan cerca de sentir lo mismo que, en este caso, la protagonista siente: una Sandra Bullock, por cierto, excelente, prejuicios aparte. Alfonso Cuarón, que ya había demostrado su magistral uso de la cámara en Hijos de los hombres (2006), ha hecho desaparecer cualquier limitación técnica para combinar a su gusto los planos secuencia con los cortes, la subjetividad con la visión periférica, o la sensación de ingravidez, con la de asfixia, miedo o aislamiento.

El guión es verdaderamente efectivo en cuanto a su simplicidad: marcando a cada paso los objetivos (y superobjetivos) de nuestra heroína y los obstáculos que debe superar para salvarse. Sorprende, no renuncia a los giros argumentales (hasta el final no sabemos si logrará o no sobrevivir), contiene los clásicos momentos de triunfo y crisis, y trata de dimensionalizar al máximo los personajes en la medida en que el relato lo permite.

Claustrofóbica y angustiante como Alien, el octavo pasajero (1979), juega sabiamente con la música y el silencio. Además, está realizada con una inusual verosimilitud, cuidando hasta el más mínimo detalle: desde las pequeñas piezas flotantes de la nave accidentada o la luz, hasta el exquisito uso del sonido en los golpes y explosiones (inquietatemente sordo, puesto que no hay sonido en el espacio).

De esta manera, Cuarón supera con creces el reto en todos los aspectos y desborda creativamente las restricciones del punto de partida. De acuerdo que no contiene el trasfondo filosófico de otras cintas de ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio (1969), pero -permitamos el tópico- es cine en estado puro, algo cada vez más difícil de encontrar. Con su inmejorable factura y su arrolladora fuerza narrativa, francamente, no necesita nada más.

Recomendado para quienes hayan perdido la fe en los efectos especiales al servicio del buen cine.
No recomendado para espectadores demasiado empáticos (podría superarles tanta tensión).

15 de octubre de 2013

El triste y tórrido verano

El chico del periódico (The Paperboy, 2012)

Dirección: Lee Daniels
Guión: Lee Daniels y Peter Dexter
Intérpretes: Matthew McConaughey, Zac Efron, John Cusack, Nicole Kidman, Scott Glenn, David Oyelowo, Macy Gray.
Fotografía: Roberto Schaefer
Música: Mario Grigorov


Aunque quizás todavía es pronto para hacer una valoración del cine de Lee Daniels, podríamos aventurar, por lo que nos ha ofrecido hasta ahora y basándonos principalmente en El chico del periódico, que estamos ante un director básicamente estético. Nunca sabremos lo que habría sido esta película en manos de Pedro Almódovar, aunque podemos intuir por qué le interesó al manchego durante un tiempo que fuera su debut americano. El alto contenido sexual, las dosis de violencia, una trama policial y algún momento provocador (como el de Nicole Kidman orinando sobre Zac Efron en la playa) son algunos de los ingredientes de este extraño cóctel basado en la novela de Peter Dexter. 

Por algún motivo, según avanza la película, da la sensación de que a Daniels no le importa demasiado el relato que está contando. Las tramas se entremezclan de una manera algo aislada, mientras que el director de Precious (2009) se detiene en la ambientación, los pequeños detalles de sus actores y, sobre todo, en recrear la asfixiante atmósfera de la Florida de los años 60. Todo esto hace que el filme encarne perfectamente la época y además transmita la lascivia y el malestar que transpiran los personajes. No obstante, tan rico visualmente es el producto como también pobre en su narración. La mirada del espectador se pierde entre el drama y la intriga, alternativamente, con la incertidumbre de no saber por dónde se va a decantar todo el conjunto, mientras Daniels se recrea en el cuerpo de Zac Efron al que toma por momentos como un fetiche obsesivo.

El sudor, la represión y el aroma trágico al más estilo Tennessee Williams hacen que no se pierda del todo el interés. Además, a parte de Efron postulándose como el nuevo Leonardo DiCaprio (ya veremos si lo consigue), tenemos a una más que atrevida Nicole Kidman dándolo todo por la película y un impecable Matthew McConaughey (cuyo talento cada vez sorprende menos) que elevan la calidad de la apuesta para hacer de su visionado una experiencia nada desdeñable.

Recomendado para degustadores de mezclas exóticas y fans del cuerpo de Zac Efron.
No recomendado si se busca contundencia expositiva.

8 de octubre de 2013

El ocaso de Shyamalan

After Earth (After Earth, 2013)

Dirección: M. Night Shyamalan
Guión: Gary Whitta, M. Night Shyamalan y Will Smith
Intérpretes: Will Smith, Jaden Smith, Isabelle Fuhrman, Zoë Kravitz, Sophie Okonedo.
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: James Newton Howard


Tras el rotundo éxito de crítica y público que supuso su salto a la popularidad con El sexto sentido (1999), nadie podía prever que llegaría un día en que el otrora admirado M. Night Shyamalan terminaría convirtiéndose en veneno para la taquilla. Desde aquella fabulosa historia de fantasmas de aroma clásico e intensidad visionaria, han pasado ya siete películas, de las cuales solamente Señales (2002) o El bosque (2004) fueron algo más que una buena idea poco aprovechada o una atmósfera tan lograda como vacía de contenido. Antes de tocar fondo (tanto cualitativa como comercialmente) con Airbender: el último guerrero (2010), todavía quedaban ciertas esperanzas de resurrección. Pero, visto lo visto, todo apunta a que, a partir de ahora, va a tener que dedicarse a dirigir encargos o refugiarse en la televisión.

Es posible que con After Earth haya dejado pasar la última oportunidad de firmar un éxito cinematográfico. Basada en una idea original de Will Smith (reclamo hasta ahora infalible) para lucimiento expreso de su hijo Jaden, la historia cuenta el periplo de un joven que, para salvar a su padre tras un accidente espacial, tiene que atravesar una jungla llena de peligros. El escenario representa una Tierra del futuro, llena de extrañas criaturas y despoblada de seres humanos. Con este argumento bastante convencional, solo quedaba esperar que la cinta fuese lo bastante emocionante como para perdonarle al director de origen indio la fuerte carga moralista del relato, su previsibilidad y su conservadurismo. Desgraciadamente, solo cuenta con dos momentos verdaderamente entretenidos. El resto de metraje se detiene en secuencias paisajísticas tan hermosas como anodinas y en la mirada de absoluto desconcierto de Jaden Smith que, francamente, parece no haber nacido para esto.

Así que, a parte de ciertos recursos narrativos y algún plano que evoca la mano del que un día fue considerado "autor", el filme no tiene ni ritmo ni interés y, por si fuera poco, ofrece el papel más insípido y antipático de la carrera completa de Will Smith.

Recomendado para los que gusten del diseño de una planeta Tierra post-humanista.
No recomendado para los que esperen el retorno del mejor Shyamalan.

4 de octubre de 2013

Los límites del laberinto

Trance (Trance, 2013)

Direccion: Danny Boyle
Guión: Joe Ahearne y John Hodge
Intérpretes: James McAvoy, Vincent Cassel, Rosario Dawson, Matt Cross, Tuppence Middleton, Danny Sapani.
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Música: Rick Smith
Las distintas incursiones del cine en la complejidad de la mente han dado desde siempre la oportunidad a numerosos directores de explorar sugestivos universos visuales sobre el miedo, la muerte y el deseo del ser humano. El psicoanálisis (tan antiguo como el séptimo arte) ha ayudado a inspirar estas historias otorgándoles la dualidad consciente/inconsciente que tan útil ha resultado en cuanto al manejo de la información en el thriller. Danny Boyle ha sido el último en subirse al carro del noir pseudofreudiano que en los últimos años ha puesto de moda Christopher Nolan con Memento (2000) y, sobre todo, con la hegemónica Origen (2010). La particular aportación de Boyle es muy digna, aunque con un resultado poco novedoso para un género tan manido.

A diferencia de Hitchcock en Recuerda (1945), que contaba con los diseños oníricos de Salvador Dalí, Boyle ha preferido desnudar la película de cualquier eco surrealista, apostando todas sus cartas a un realismo instintivo y sexual más cerca de Cronenberg que de las maquetas de Michel Gondry. Así, su único trazo pictórico está en el cuadro de Goya que sirve de excusa para el desarrollo de toda la trama y que, en ciertos momentos, incluso dejará de tener importancia. 

Como sucede a veces, los giros de guión que buscan sorprender al espectador y, así, mantener su atención, generan desconcierto, especialmente cuando empujan el tono del filme hacia el melodrama. Sin embargo, dos grandes pilares sostienen el armazón de tan particular laberinto narrativo: primero, el enigmático pulso de Boyle que transmite una energía única a todo lo que toca; y, segundo, la sugestiva participación de una Rosario Dawson más misteriosa y deseable que nunca. Su sola presencia inunda la atmósfera de la carnalidad necesaria para dar sentido a todo el conjunto. Desgraciadamente, sus compañeros de reparto cuentan con personajes mucho menos definidos (a penas sabemos nada de ellos más allá de sus acciones), lo que empobrece enormemente el relato que, además, no se endereza hasta su tramo final (sin duda, la mejor parte) en el que se cierran todos los cabos sueltos salvando la cinta en el último minuto.

Recomendado para espectadores más instintivos que conscientes.
No recomendado si eres más de Transpotting (1996) que de Origen.

29 de septiembre de 2013

Aquelarre de humor y ritmo

Las brujas de Zugarramurdi (2013)

Dirección: Álex de la Iglesia
Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría
Intérpretes: Hugo Silva, Mario Casas, Jaime Ordóñez, Carmen Maura, Terele Pávez, Carolina Bang, Carlos Areces, Santiago Segura, Secun de la Rosa, Pepón Nieto, Macarena Gómez, Javier Botet, Enrique Villén, María Barranco, Gabriel Delgado, Manuel Tallafé.
Fotografía: Kiko de la Rica
Música: Joan Valent

Tras firmar en solitario el guión de la desbordante Balada triste de trompeta (2010), por primera vez en su carrera sin Jorge Guerricaechevarría, y dirigir con inestable mala baba La chispa de la vida (2011) escrita por Randy Feldman, cabía esperar de este reencuentro con su co-guionista habitual un retorno a la solidez de las historias con las que Álex de la Iglesia nos tenía acostumbrados. Desgraciadamente, Las brujas de Zugarramurdi, que por la cantidad de buenas ideas que contiene podría haber sido una película redonda, se pierde en un desmesurado chorro de energía narrativa incapaz de resolver los cabos sueltos que genera culminando en un epílogo francamente mediocre.

Es una lástima echar a perder de esta manera la jugosísima atmósfera, los constantes buenos diálogos y el espíritu festivo rescatado de El día de la bestia (1995) por no haber dedicado la suficiente atención a los detalles del relato. Lo cierto es que De la Iglesia cada vez filma mejor (la secuencia del aquelarre es una de las más impresionantes que se han visto nunca en el cine español), pero ciertas resoluciones son demasiado torpes para unos guionistas de su categoría y algunas tramas (aunque divertidas) resultan tristemente prescindibles. 

Quizás hubiera funcionado mejor ser algo más pretencioso en cuanto a la profundidad de la historia y detenerse en una intriga algo más elaborada, en lugar de hacer avanzar a los protagonistas a fuerza de que nunca dejen de suceder cosas. Con una mirada algo menos exigente, la cinta es gratamente disfrutable, muy graciosa, no aburre y contiene ocurrencias brillantes como la muerte acribillado a tiros de Bob Esponja, los personajes de Santiago Segura y Carlos Areces o la secuencia de créditos inicial. Además, cuenta, como de costumbre, con un plantel de secundarios maravilloso (inconmensurable Terele Pávez) y con una pareja de protagonistas (Hugo Silva y Mario Casas) cuya química funciona con naturalidad pasmosa. En especial, sorprende la interpretación de Casas que jamás estuvo tan acertado, hilarante y fresco.

Más allá de las comparaciones con Abierto hasta el amanecer (1995) y aunque el director vasco asegura que en realidad se inspiró en Los Goonies (1985), lo cierto es que la película es 100% De la Iglesia y eso ya es un mérito en sí mismo. Solo cabe esperar que, para los próximos proyectos y sin perder fuelle, consiga pulir los defectos que su cine ha ido adquiriendo con los años.

Recomendado para públicos palomiteros que disfruten del exceso.
No recomendado para paladares finos y maniáticos de la perfección narrativa.

24 de septiembre de 2013

La intimidad de la marca España

La gran familia española (2013)

Dirección y guión: Daniel Sánchez Arévalo
Intérpretes: Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Miquel Fernández, Patrick Criado, Héctor Colomé, Arancha Martí, Sandra Martín, Raúl Arévalo.
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Música: Josh Rouse


Habría que encargar un detallado estudio sociológico para dilucidar por qué motivo el fútbol tiene un calado tan profundo en la sociedad española. Y es que no solo es el deporte patrio por antonomasia, también un negocio millonario y un instrumento de distracción perfecto para cuando no apetece mirar de frente la realidad que nos rodea (sea por decisión propia o política). Visto así, resulta curioso que en el cine español haya tan pocas historias enmarcadas en entornos futbolísticos. Dejando a un lado rarezas como Matías, juez de línea (1996), entre los escasos referentes más recientes encontramos la divertida Días de fútbol (2003) que comparte con la última película de Sánchez Arévalo el uso del balompié como excusa para diseccionar la mediocridad emocional del género humano (especialmente, el masculino). Sin embargo, mientras que el filme de David Serrano miraba al cine de Berlanga, La gran familia española pone el ojo en Wes Anderson, Judd Apatow y Alexander Payne.

De esta forma, como ya ocurría en Primos (2011), Sánchez Arévalo encuentra un interesante equilibrio entre la comedia más popular y la ironía con vocación indie; entre la sutileza y la brocha gorda; entre la risa y el drama. Todos estos malabarismos estilísticos logran sostenerse gracias a una excelente dirección de actores que hace brillar las interpretaciones de todos (desde los niños y los adolescentes hasta los más adultos) combinando con destreza guión e improvisación.

La cinta está llena de ideas originales aunque no hace alarde de ellas (como la genial secuencia de la confesión) y juega inteligentemente con los clichés y las expectativas del público ya conocedor de demasiadas bodas de celuloide. Y aunque tiene sus defectos, como esos momentos innecesariamente cercanos al estilo videoclip, también tiene la destreza de caer simpática sin renunciar al dramatismo y ser tierna sin caer en la ñoñez. Y es que el director de AzulOscuroCasiNegro (2006) es, por encima de todo, un cinéfilo que ha sabido absorber lo mejor de todas las épocas: ahí están los homenajes a Siete novias para siete hermanos (1954) y El guateque (1968). 

En definitiva, La gran familia española es un caleidoscopio de personalidades que deja en evidencia la incapacidad del hombre (español o universal) de desprenderse de la etiqueta de perdedor que tanto le pesa. Y es la muestra definitiva del talento de Sánchez Arévalo que con tan solo cuatro películas ha conseguido erigirse como uno de los directores con más personalidad de su generación.

Recomendado para futboleros con conciencia y corazón.
No recomendado para los que busquen en ella solo una burda gamberrada.

21 de septiembre de 2013

Simplificando a Alfred

Hitchcock (Hitchcock, 2012)

Dirección: Sacha Gervasi
Guión: John J. McLaughlin; basado en el libro de Stephen Rebello
Intérpretes: Anthony Hopkins, Hellen Mirren, Scarlett Johansson, James D'Arcy,  Danny Huston, Toni Collette, Jessica Biel.
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Danny Elfman

Hubo una época que ya solo nuestra madres recuerdan en que las páginas de la prensa rosa contenían únicamente amables reseñas y glamurosas fotografías de las elegantes vidas de las estrellas de Hollywood. En aquel tiempo de esplendor del sueño americano, décadas antes de Sálvame y Gran Hermano, se comentaban los secretos más íntimos de los actores y actrices de la meca del cine con discreción y los detalles más morbosos quedaban sugeridos entre líneas para los más espabilados, sin cruzar nunca los límites de lo considerado decente, pero sin renunciar al gusto del cotilleo.

Algo de ese aroma clásico de anecdotario benévolo encontramos en Hitchcock (la película). Basada en el libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, centra su historia en el complejo proceso que fue la producción y el rodaje del filme que convirtió al personaje de Norman Bates en referente eterno de la historia del séptimo arte. Sacha Gervasi dirige con buen gusto (quizás demasiado) esta sucesión de curiosidades extraídas de distintas fuentes (más o menos fiables) sin profundizar en ninguna de ellas. De esta manera, pasa de puntillas por los temas más delicados como la relación de Hitch con Anthony Perkins o la supuesta participación de Saul Bass en la secuencia de la ducha. 

Lo más destacable, como suele ocurrir en el género, es el excelente trabajo de sus actores. Anthony Hopkins es literalmente devorado por el maestro del suspense y Scarlett Johansson, aunque resulta un tanto demasiado explosiva para encarnar la belleza clásica de Janet Leigh, termina por convencer. No obstante, la verdadera protagonista de la función es la maravillosa Alma Hitchcock interpretada con sutil brillantez por una genial Hellen Mirren. Su personaje, además, conduce las tramas más reales e interesantes de toda la historia, sacando a la pareja de ciertos momentos que serían más propios de Los Roper que de un biopic serio.

Aceptándolo pues como la colección de cromos coloreados que elige ser, el conjunto es más que disfrutable y tiene, a ratos, mucha gracia, a pesar de su estética de telefilm. Tanto es así que, algunas veces, parece un episodio actualizado de Alfred Hitchcock presenta dado que no hay ninguna diferencia entre la idea que tenemos del orondo director por sus apariciones en aquel programa y su comportamiento en privado cuando está en casa con su mujer. Puede que Gervasi quiera demasiado a Hitchcock y, por ello, ha optado por mostrar solo su faceta más entrañable. No sabemos qué hubiera pasado si, en su lugar, se hubiese ahondado de verdad en la enfermiza relación que tenía con las mujeres según se cuenta en el libro de Donald Spoto.

Recomendado para cinéfilos nostálgicos y devotos del universo Hitchcock.
No recomendado para quienes nunca hayan visto Psicosis.

9 de septiembre de 2013

De monstruos y robots

Pacific Rim (Pacific Rim, 2013)

Dirección y guión: Guillermo Del Toro
Intérpretes: Charlie Hunnam, Idris Elba, Ron Perlman, Charlie Day, Rinko Kikuchi, Burn Gorman, Santiago Segura.
Fotografía: Guillermo Navarro
Música: Ramin Djawadi


Desde el boom de los efectos especiales a finales de los años ochenta, pero sobre todo, tras su expansión gracias a los avances tecnológicos en los noventa y el nuevo siglo, el cine comercial y, en especial, el fenómeno blockbuster, se ha visto empujado a hacer de la espectacularidad técnica su mejor baza. Desgraciadamente, impresionar a un público demasiado acostumbrado al virtuosismo computerizado es cada vez más difícil. Y, en ocasiones, son tantas las energías invertidas en busca de ese deslumbramiento visual que se pierde en calidad narrativa, originalidad y estilo propio.

En estas circunstancias, directores como Guillermo Del Toro resultan un oasis creativo en medio de la común mediocridad pirotécnica de Hollywood. Pacific Rim no es una de las mejores cintas del mexicano, sin embargo, solo el hecho de que haya sido capaz de dotar de alma a semejante producto ya lo hace digno de ser visto. La película no pretende inventar nada nuevo, sino homenajear a dos géneros del cine japonés juntándolos en una sola historia: el kaiju (de monstruos como Godzilla) y el mecha (de robots al estilo Mazinger). Del Toro trata este choque de universos con devoción y aplica una sensibilidad especial al diseño del filme que brilla en los pequeños detalles: desde la sucesión de criaturas gigantescas que atacan la tierra, hasta los excelentes (y divertidos) personajes secundarios que se dedican a animar el cotarro.

No obstante, el metraje es excesivo, lo que provoca que la originalidad del primer tercio (con un prólogo ejemplar que otros hubieran usado como argumento de toda la película) se agote en un in crescendo interminable de peleas que, finalmente, no es otra cosa que repetitivo. En cualquier caso, el buen sabor de boca que nos deja su halo nostálgico no desaparece tras la prolija conclusión. Se agradece que Del Toro haya apostado fuerte, aparentemente, sin dejarse ningún as en la manga. Ojalá no haya secuelas.

Recomendado para el más exigente de los públicos palomiteros.
No recomendado para los que sientan indiferencia frente a la acción desenfrenada.

15 de julio de 2013

Volvemos en septiembre...

Mr. Mula ha decidido debido al nivel de estrés de las últimas semanas que necesita unas vacaciones. Que estos meses sirvan para coger las fuerzas necesarias y dar lo mejor de sí mismo con sus próximos posts, artículos, relatos, obras de teatro y demás proyectos que en breve verán la luz. Nos vemos en septiembre en El increíble blog de Mr. Mula con nuevas críticas de cine. Feliz verano.


1 de julio de 2013

Mesías extraterrestre

El hombre de acero (Man of Steel, 2013)

Dirección: Zack Snyder
Guión: David S. Goyer, según una historia coescrita con Christopher Nolan
Intérpretes: Henry Cavill, Amy Adams, Kevin Costner, Michael Shannon, Diane Lane, Russell Crowe, Laurence Fishburne. 
Fotografía: Amir Mokri
Música: Hans Zimmer


De la misma forma en que George Lucas fue el artífice, a finales de los años 70, pero principalmente durante los 80, de una infantilización general de la industria del cine, ya ha llegado el momento de reconocer el mérito de Christopher Nolan de invertir esa tendencia haciendo renacer el entretenimiento para adultos. Tras su incursión en el género de los superhéroes con su trilogía sobre Batman, en El hombre de acero ha ejercido solamente de productor, firmando también la historia junto a David S. Goyer (colaborador habitual de Nolan), que ha escrito el guión en solitario. La silla del director la ha ocupado esta vez Zack Snyder, conocido por sus adaptaciones al cine de otros cómics como 300 (2006) o Watchmen (2009). 

Sorprende de entrada que el filme, a pesar de haber sido dirigido por Snyder, tenga una factura tan del estilo Nolan: su ritmo machacante (apoyado en la banda sonora), su pesadez argumental, su sobriedad narrativa, su oscuridad estética... La identidad de Snyder, con tendencia a ejercicios visuales mucho más kitsch y con algún tic videoclipero (por ejemplo, la combinación de la cámara lenta y la cámara rápida en las escenas de acción), ha desaparecido prácticamente del todo en esta épica reinvención de Superman. El sello Snyder ha sido relegado a momentos puntuales (como la imagen de nuestro protagonista en llamas a torso descubierto) en pos de esta nueva forma de hacer las cosas que parece haber impuesto Nolan en Hollywood.

La historia da comienzo en un renovado Krypton, a medio camino entre Dune (1984) y un planeta del universo Star Wars, en el que se crea un entramado político algo complejo pero visualmente muy sugerente. Es una vez en la Tierra cuando comienza la verdadera propuesta de construcción psicológica de nuestro héroe. En forma de flashbacks, se nos cuenta la difícil infancia de Clark Kent: un camino en busca de la propia identidad que será el leitmotiv de toda la película. Es con la relación con sus padres adoptivos (Kevin Costner y Diane Lane) donde se logran las escenas más emotivas que otorgan la profundidad que se anda buscando desde el minuto uno.

Sin embargo, existe el riesgo, en este nolaniano exceso de solemnidad, de tomárselo todo demasiado en serio. Porque no somos niños, pero eso no significa que no tengamos sentido del humor. Se echa en falta algún chiste que nos deje respirar, además de algo de humildad en la concepción del producto. El hombre de acero es equivalente en su argumento a Superman (1978) y Superman II (1980), por lo que acaba siendo un plato algo contundente para digerir de una tacada. Si a esto le sumamos el despilfarro de efectos especiales del tramo final en que la destrucción por la destrucción se convierte en puro vicio, el resultado es, sin duda, de empacho. 

Afortunadamente, la cinta es lo bastante inteligente y entretenida como para situarse muy por encima del nivel de mediocridad de la mayoría de los grandes estrenos de lo que llevamos de verano. Si se olvidan de la pretenciosa asociación del nuevo Superman con Jesucristo (nuestro Salvador), puede que las secuelas de El hombre de acero nos hagan pasar nuevos grandes momentos de los que creíamos que no volveríamos a ver tras la melancólica (aunque estimable) Superman returns (2006) de Bryan Singer.

Recomendado para todos los feligreses de Nolan, Snyder y Superman. 
No recomendado para quienes tengan demasiado presente al Superman de Richard Donner.