20 de junio de 2013

Psicología de la soledad

The Master (The Master, 2012)

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Kevin J. O'Connor.
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Música: Jonny Greenwood


Constantemente comparado con Kubrick o Terrence Malick, el cine de Paul Thomas Anderson lleva tiempo, en realidad, emancipado de cualquier referente cinematográfico que podamos achacarle. Desde la poderosa Magnolia (1999), su obsesión por la creación de inquietantes atmósferas basadas en la psicología de los personajes ha ido en aumento hasta alcanzar su cenit con el choque de personalidades que es principalmente The Master. 

Anderson ha desnudado su técnica para dejar todo el peso de la película sobre las soberbias interpretaciones de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman cuyos trabajos, antagónicos y, sin embargo, concordantes, se retroalimentan enfermizamente como hacen sus personajes en la historia. Tal es la apuesta del director por sus actores que la narración ondula entre minimalista e inexistente. El foco está puesto sobre la torturada psique de Freddie Quell (Phoenix), veterano de guerra, alcohólico y obsesionado con el sexo, y en su relación paternofilial con Lancaster Dodd (Hoffman), el líder de una secta en auge denominada La Causa. 

Los paralelismos entre La Causa y la iglesia de la Cienciología resultan en última instancia irrelevantes. Lo que a Anderson le importa no es hablarnos del nacimiento de una secta en concreto, sino del origen de una necesidad emocional que surge espontáneamente entre dos seres solitarios y que se extrapola al estado de ánimo de la Norteamérica de los años 50. La fijación de este director por las familias toma aquí un nuevo cariz del que cabe destacar el personaje de Amy Adams (la esposa de Dodd): misteriosa, sutil y turbadora figura en la sombra que vale más por lo que se nos oculta de ella que por lo que se nos cuenta.

The Master, comunión perfecta entre clasicismo y modernidad, no será, no obstante, del gusto de todos los paladares. Su torbellino afectivo lleno de momentos intensos puede hacer rehuir a algunos espectadores que no encontrarán una estructura clara a la que agarrarse. Pero si se consigue entrar en el universo de Anderson y se conecta con la travesía psicológica del dolor de Freddie Quell, el viaje puede llegar a ser inolvidable.

Recomendado para acólitos de Anderson y cualquiera de sus nuevo adeptos.
No recomendado para alérgicos a la ambigüedad narrativa.

12 de junio de 2013

Fascinante viaje en limusina

Holy Motors (Holy Motors, 2012)

Dirección y guión: Léos Carax
Intérpretes: Denis Lavant, Edith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Michel Piccoli.
Fotografía: Yves Cape y Caroline Champetier
Música: Neil Hannon


Con los tiempos que corren de hipsterismo generalizado, no es tarea fácil enfrentarse a una película tan especial como Holy motors sin que sobrevuele la sospecha de encontrarnos ante un ejercicio de postureo superlativo. Hoy que el cine ha sido engullido por la industria y hasta las películas más independientes nacen teñidas de una intencionalidad comercial, en la búsqueda desesperada de una etiqueta que las convierta en un éxito, no es raro el temor a que se nos esté vendiendo "moto por liebre". No sería la primera vez que un filme se idea con el propósito de resultar moderno, transgresor, polémico o de culto, cuando estos calificativos deberían surgir de forma natural al final del proceso y de boca del espectador.

Ante tanta incertidumbre, lo único a lo que nos podemos aferrar, más allá de todo discurso, es a la sensación pura: lo que la película nos hace sentir; la carga emocional que deposita en nosotros. Es en este terreno donde Holy motors vence por goleada y despeja cualquier duda acerca de su posible calidad de producto con personalidad impostada. Su desparrame visual y su sinfín de recursos imaginativos termina por convertir su historia en toda una experiencia. 

Léos Carax retoma la idea barroca del mundo como representación pero desde un enfoque actual, posmoderno y tecnológico. Se trata de un viaje fascinante a través de nueve fragmentos en los que quedan de manifiesto los rasgos más artificiales de nuestra sociedad. A través de Oscar, el protagonista (un soberbio Denis Lavant, cuyo trabajo actoral es de lo mejor que se ha visto en años), comprendemos que la vida es un constante simulacro de situaciones en las que interpretamos cada vez un personaje distinto: un amante salvaje, un padre consternado, un joven enamorado, un asesino... La vida como tal ha dejado de existir desde que el amor, la pasión, el sexo y la muerte no son más que eventos pre-programados. Hablamos de la vida no como un arte, sino como un trabajo. 

Sin embargo, si la visión de Carax alberga alguna esperanza, es la depositada sobre la "belleza del gesto": ese hermoso clavo ardiendo que nos empuja a salir a actuar aunque nadie esté mirando. Esta dualidad entre posturas (frente a la vida y frente al cine) es constante en la odisea de Holy motors. Y tal periplo hipnótico no podía tener otro medio de transporte que una limusina: vehículo de lujo (puesto que es un lujo tener dónde esconderse) que sirve de camerino y refugio, y el único lugar en el que se puede ser uno mismo. Es ahí donde el personaje de Oscar tomará fuerzas para cambiar de personalidad, de vida y de forma, mostrándose tan camaleónico como el propio filme, con el que comparte la cualidad de parecer inagotable.

Quien honestamente crea que en el cine actual hay una flagrante falta de ideas innovadoras, que eche un vistazo a Holy motors y se dará cuenta de que está todo por inventar.

Recomendado para ávidos de nuevas experiencia visuales.
No recomendado para los que encaran el cine desde una perspectiva únicamente racional.

10 de junio de 2013

La educación nociva

Los niños salvajes (Els nens salvatges, 2012)

Dirección: Patricia Ferreira
Guión: Patricia Ferreira y Virginia Yagüe.
Intérpretes: Marina Comas, Àlex Monner, Albert Baró, Aina Clotet, Ana Fernández, Eduardo Velasco, Mercè Pons, Xavier Ripoll.
Fotografía: Sergi Gallardo
Música: Pablo Cervantes


Antes de entrar a valorar Los niños salvajes de Patricia Ferreira, tenemos que reconocer el mérito a Albert Espinosa de marcar una tendencia hacia un realismo de calidad en nuestra ficción cinematográfica y televisiva. Desde los guiones de Planta cuarta (2003), Tu vida en 65' (2006) y Héroes (2009) hasta la serie Pulseras rojas (que supuso su reconocimiento definitivo), ha labrado más que un estilo toda una filosofía a la hora de apostar por la naturalidad más absoluta tanto de sus historias como de toda una nueva generación de grandes actores que, podemos decirlo ya, ha descubierto.

Los niños salvajes bebe indudablemente del universo de Espinosa aunque con un aire más urbano, restándole poesía y nostalgia al tono general. El resultado es un duro retrato del abismo de entendimiento que existe entre adultos (padres/profesores) y los jóvenes de hoy en día. Ferreira demuestra un gran conocimiento del problema en su nivel más global y no le tiembla el pulso denunciando, con una simple exposición de hechos, los aspectos más dañinos de nuestro sistema de enseñanza.

Los tres protagonistas del filme simbolizan tres formas distintas de explotar frente a la opresión bienintencionada (o, por lo menos, poco consciente) de sus mayores. Ferreira parece advertirnos que, en ocasiones, las tragedias están llenas de matices pero que, si observamos bien, se las puede intuir; que las apariencias engañan; que, a veces, detrás del ruido no hay nada. Esta contundencia en el discurso es quizás lo que hace que el guión de la película resulte demasiado pretencioso en su último tramo perdiendo así parte de la verosimilitud que se había ganado durante todo el camino: secundarios tridimensionales, mezcla de catalán y castellano, escenarios perfectamente ambientados, etcétera. Aunque el desgraciado final funciona perfectamente como giro y como motor de toda la narración, es verdaderamente exagerado en comparación a la sobriedad del resto, que es finalmente, su principal virtud.

Recomendado para padres, madres, profesores/as y adolescentes.
No recomendado para educadores cerrados a la autocrítica.

27 de mayo de 2013

Los excesos de Lurhmann

El gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013)

Dirección: Baz Luhrmann
Guión: Baz Luhrmann y Craig Pearce; basado en la novela de F. Scott Fitzgerald
Intérpretes: Leonardo DiCarprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan, Isla Fisher, Joel Edgerton, Callan McAuliffe, Gemma Ward.
Fotografía: Simon Duggan
Música: Varios


Que el cine de Baz Luhrmann es visualmente excesivo no es algo que vayamos a descubrir ahora. Por lo tanto, sería injusto criticar la desmesura que El gran Gatsby derrocha en todos los sentidos porque es -ya lo sabíamos- marca de la casa y no podíamos esperar otra cosa. Sería como reprochar a Tarantino la violencia de uno de sus filmes en concreto o a Almodóvar su estética kitsch. Hay cosas que debemos asumir antes de salir de casa.

El verdadero problema es que nos encontramos ante un intento de repetir la jugada que tan bien le funcionó con Moulin Rouge (2001) pero que aquí no termina de cuajar. La propuesta de Luhrmann se enfrenta a dos enemigos: el primero es Scott Fitzgerald y el segundo, él mismo. La novela en que se basa la película tenía como mejor virtud la sobriedad narrativa, describiendo en los mínimos trazos la compleja psicología de sus personajes, sus acciones y pensamientos. Sin adornos en que apoyarse, era como la tragedia de Gatsby resultaba trágica. Pero Lurhmann no es un hombre que se ande con sutilezas. De esta manera, la prosa exquisita de Fitgerald queda aquí reconvertida en frenéticos subrayados que poco ayudan a tomarnos en serio la historia. Luhrmann parece imitarse a sí mismo en busca de su propio estilo, pero de poco sirven los anacronismos estéticos y rítmicos (mezclando hip-hop, jazz y música pop actual) sin la excusa del drama musical con la que contaba en el filme de Nicole Kidman.

Lo mejor del conjunto acaba siendo un Leonardo DiCarprio en el papel de Gatsby (que ya interpretaron Robert Redford y Alan Ladd, anteriormente) deslumbrante, enigmático y profundo, en contraste con la superficialidad que le envuelve. A DiCaprio, casi infalible desde sus colaboraciones con Scorsese, lo acompañan los correctos Tobey Maguire y Carey Mulligan, en comparación, un tanto fríos pero con algunos matices interesantes.

En definitiva, la película arranca bien pero en seguida se le acaban los fuegos artificiales. A partir de entonces, se ralentiza hasta poner a prueba la paciencia del espectador que, llegados al clímax, ya no tiene fuerzas para emocionarse lo que debiera. Sin embargo, solo el intento es loable y hace que valga la pena su visionado, ni que sea como el que asiste a un experimento fallido. Tal vez en el futuro, Luhrmann encuentre un universo que se le ajuste mejor como en su día sucedió con la shakespeariana Romeo + Julieta (1996).

Recomendado para admiradores del cine basado en el virtuosismo visual. 
No recomendado para los fans de Scott Fitzgerald.

22 de mayo de 2013

Jubilado del futuro

Un amigo para Frank (Robot & Frank, 2012)

Dirección: Jake Schreier
Guión: Christopher D. Ford
Intérpretes: Frank Langella, James Marsden, Liv Tyler, Susan Sarandon, Peter Sarsgaard, Jeremy Strong, Dario Barrosso.
Fotografía: Matthew J. Lloyd
Música: Francis Farewell Starlite


La versatilidad de un género como la ciencia ficción ha quedado demostrada anteriormente si comparamos películas tan memorables (y distintas) como Blade Runner (1982), Gattaca (1997), El planeta de los simios (1968), la saga de Star Wars o la más reciente Moon (2009). Se trate del más puro espectáculo, como de hacer crítica social, pasando por las reflexiones pseudofilosóficas de hacia dónde vamos y quiénes somos, está claro que las historias del futuro o con elementos tecnológicos han crecido, evolucionado y ampliado su universo y sus propias reglas hasta alcanzar un estatus de generalidad como puede ser el de la comedia o el drama.

Incluso conscientes de todo esto, Un amigo para Frank no deja de ser una grata sorpresa por su madurez, valentía y humildad a la hora de abordar una pequeña historia encuadrada en un género que tiene tendencia a narrar a lo grande. El filme que Jake Schreier ha dirigido con tanta delicadeza y buen gusto explica la relación que establece un anciano con el robot que su hijo le ha regalado para hacerle compañía y ayudarle con las tareas cotidianas. Cabe decir que, si bien cuenta con un buen guión, la cinta no sería lo mismo sin la soberbia composición de personaje que nos ofrece Frank Langella. Gran parte de la melancolía que destila la película (y, en realidad, su punto más fuerte) es mérito del actor, acompañado por unos correctos James Marsden, Liv Tyler y Susan Sarandon.

Como si se tratara de un episodio amable de la serie británica Black Mirror, Schreier sitúa la acción en un futuro no muy lejano (o una alteración de nuestro presente) para subrayar los mismos conflictos emocionales a los que la sociedad y nuestros estilos de vida nos llevan conduciendo desde hace ya algún tiempo. Mezclado con toques de humor y pinceladas de temas clásicos como la soledad, la necesidad de dar sentido a la propia existencia o la búsqueda de la realización personal, el resultado logra el equilibrio perfecto entre fantasía, ternura y una profunda tristeza construida sobre una verosimilitud poco habitual. 

Recomendado para amantes de la ciencia ficción intimista.
No recomendado para adeptos a fuegos de artificio cinematográficos.

13 de mayo de 2013

El morbo minimalista de Park Chan-wook

Stoker (Stoker, 2013)

Dirección: Park Chan-wook
Guión: Wenworth Miller
Intérpretes: Mia Wasikowska, Nicole Kidman, Matthew Goode, Jacki Weaver, Dermot Mulroney.
Fotografía: Chung Chung-hoon
Música: Clint Mansell

Conocido principalmente por su violenta y morbosa "trilogía de la venganza", compuesta por los títulos Sympathy for Mr. Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Sympathy for Lady Vengeance (2005), el director coreano Park Chan-wook ha levantado una gran expectación (y también cierto recelo) entre sus adeptos con la que es su primera película rodada en Hollywood. El resultado es un thriller familiar cargado de dramatismo que, si bien no decepciona, tampoco es la obra maestra que podría haber sido.

Stoker tiene todos los elementos que una historia de suspense necesita y Chan-wook juega con ellos con maestría. Llena de ecos hitchcockianos, desde el mismo personaje del tío Charlie -homónimo del interpretado por Joseph Cotten en La sombra de una duda (1942)-, hasta ciertas analogías estéticas del universo de Psicosis (1960), el filme es una provocación continua a los sentidos del espectador. El uso de los sonidos y las imágenes potencia la tensión de la atmósfera, el misterio y la sensación de oscuridad emocional de los personajes. Ciertas transiciones no pueden ser más sugerentes, como también toda esa serie de objetos y pequeños detalles que hacen de la cinta un apabullante compendio de maliciosos estímulos.

Los actores también contribuyen a elevar el conjunto, especialmente una espléndida Nicole Kidman algo desaprovechada, del que lo único que falla es el guión (curiosamente, firmado por el protagonista de la serie Prision Break, Wenworth Miller). Se echa en falta un clímax mejor trabajado sobre el papel que cierre las claves que propone con mejor estilo, coherencia y verosimilitud. Por lo demás, la propuesta resulta más que disfrutable, destacando la sutileza de su puesta en escena y la elegante (y enfermiza) narración que, pese a los fallos de guión, no decae en ningún momento.

Recomendado para los seguidores de Park Chan-wook y amantes del thriller de fino paladar.
No recomendado para maniáticos de la verosimilitud y los guiones perfectos.

4 de mayo de 2013

Superficial pastiche colorista

Oz, un mundo de fantasía (Oz: The Great and Powerful, 2013)

Dirección: Sam Raimi
Guión: Mitchel Kapner y David Lindsay-Abaire; basado en la novela de L. Frank Baum
Intérpretes: James Franco, Mila Kunis, Michelle Williams, Rachel Weisz, Zach Braff, Abigail Spencer, Joey King, Tony Cox.
Fotografía: Peter Deming
Música: Danny Elfman

Siempre es triste asistir al adiestramiento de una personalidad fuerte del cine a merced de la industria de Hollywood, aunque no sea éste el primer caso (ni el último) y ya estemos acostumbrados. Los distribuidores de Oz, un mundo de fantasía han tenido la torpeza de hacerla coincidir en salas con el remake de la ópera prima de Sam Raimi, Posesión infernal (1981). De esta manera, nos resulta imposible olvidar que el director de este pastiche multicolor y con poco espíritu, basado en el universo de L. Frank Baum, es también quien en su día dirigió la salvaje, divertida, fresca y desacomplejada película gore que inauguró la saga protagonizada por Bruce Campbell.

A años luz de aquella maravilla de sangre y vísceras, se encuentra esta especie de homenaje, en modo precuela, de la mítica cinta de Victor Flemming, El mago de Oz (1939), donde la mano de Raimi brilla por su ausencia. La secuencia de créditos inicial es prometedora pero el prólogo no tarda en enseñar la verdadera cara del filme que, demasiado pronto, se vuelve lento, maniqueo, superficial y sobrecargado de buenas intenciones. La llegada al mundo de Oz (y su salto al virtuosismo technicolor) es ridícula si la comparamos con la poética entrada que en su día protagonizó Judy Garland a la tierra más allá del arcoíris. Pero, comparaciones aparte, el problema radica en que la historia no  va mucho más lejos de lo ya conocido ni termina de emocionar ni entretiene lo suficiente. El Oz de James Franco no es el embaucador que tratan de vendernos y eso es algo que su carisma no puede salvar. Los personajes de las brujas no soportan la alargada sombra del reciente y exitoso musical Wiked que había conseguido enriquecerlos y llenarlos de aristas y matices, mientras que aquí no son más que una mera pose estética. Por su parte, los secundarios encargados de acompañar a nuestro héroe (el mono y la niña de porcelana), francamente, no aportan nada.

El caso es grave si tenemos en cuenta que el traspiés es muy similar al que Tim Burton tuvo con su Alicia en el país de las maravillas (2010). Así, Disney reincide en su error y, aunque parece importarle poco, el fantasma del Burton domesticado sobrevuela este Oz kitsch con la música de Danny Elfman, un James Franco jugando a ser Johnny Depp y unos desaprovechados munchkins muy al estilo Oompa Loompa de la también burtoniana Charlie y la fábrica de chocolate (2005).

Por todo esto, desgraciadamente, el producto final está más cerca de la serie Once upon a time o de ejercicios estilísticos como Blancanieves (Mirror, mirror, 2012) que de la infravalorada e interesantísima Oz, un mundo fantástico (Return to Oz, 1985) de la propia Disney, cuya oscuridad habría podido brillar heredada en las manos de Raimi. 

Recomendado para los adictos del mundo de Oz que la acepten como simple metadona.
No recomendado para los incondicionales del musical Wiked. Se decepcionarán.

28 de abril de 2013

Realismo spielbergiano

Lo imposible (The Impossible, 2012)

Dirección: Juan Antonio Bayona
Guión: Sergio G. Sánchez
Intérpretes: Naomi Watts, Ewan McGregor, Tom Holland, Geraldine Chaplin, Oaklee Pendergast, Samuel Joslin, Marta Etura. 
Fotografía: Óscar Faura
Música: Fernando Velázquez


Cuando la ópera prima de un director novel consigue el  éxito de crítica y público que obtuvo El orfanato (2007), realizar un segundo largometraje se convierte en un reto algunas veces insalvable. Juan Antonio Bayona, valiente y tenaz, no se dejó amedrentar por la presión y, aunque pasaron cinco años entre ambas, parece que la espera le valió la pena.

Lo que propone Lo imposible es la pequeña historia de una familia en medio de la gran tragedia que fue el tsunami que en 2004 arrasó el sur este de Asia. Como ocurre en el cine de Spielberg, al que aquí se le roba el alma narrativamente, los valores familiares, las emociones por encima de la verosimilitud y la lucha contra la adversidad (con recompensa final incluida) inundan la película de principio a fin con la intención de no dejar indiferente a nadie. Parece que, basándose en hechos reales, Bayona ha empatizado hasta tal punto con su historia que pretende que sintamos el sufrimiento de los personajes en primera persona. El tono hiperralista de la primera parte del filme roza el sadismo y, sin embargo, es esa capacidad de salpicarnos en la cara con el dolor de la catástrofe, sin duda, su mejor virtud.

A nivel técnico, no tiene nada que envidiar a los blockbusters norteamericanos de alto presupuesto. Bayona orquesta una aventura visual apabullante donde demuestra una maestría sorprendente para un director con todavía muy poco currículum a sus espaldas. Naomi Watts es la heroína perfecta de este viaje terrible y agónico para el espectador, sin tregua hasta el respiro final. Así como un excelente Tom Holland que encarna al jovencísimo héroe de la película (eclipsando, en parte, a Ewan McGregor) que luchará hasta el final por su familia. 

En el momento de su estreno, se habló de decenas de desmayos durante la proyección. Quizás fuera algo exagerado o tan solo una estrategia de marketing. Lo que está claro es que Lo imposible no se corta en su afán de impresionar, emocionar, aterrorizar y entretener; apoyándose en su historia pero traicionándola también con algunas maniobras efectistas. Es cierto que se le puede reprochar cierto aire de manipulación, pero siempre bajo la premisa de que lo que tenemos ante nuestro ojos es cine en estado puro.

Recomendado para los que quieran dejarse abrumar por un tsunami de emociones hiperrealista.
No recomendado para espectadores muy aprensivos o demasiados sensibles. 

24 de abril de 2013

El arte de la creación literaria

En la casa (Dans la maison, 2012)

Dirección y guión: François Ozon
Intérpretes: Fabrice Luchini, Ernst Umhauer, Kristin Scott Thomas, Emmanuell Seigner, Diana Stewart, Jean-François Balmer, Yolanda Moreau, Bastien Ughetto, Denis Ménochet.
Fotografía: Jérôme Alméras
Música: Philippe Rombi


Los tránsitos entre el cine y la literatura, las dos grandes formas de creación de historias, siempre han sido complejos. La literatura ha gozado desde el principio de mejor fama que el cine y todavía hoy le tiene la batalla ganada con el eterno prejuicio de que la adaptación de una novela en película nunca va a dar la talla. Quizás por ese motivo, los filmes que tratan sobre escritores ficticios tienden a ser acerca de guionistas, véase las magnificas Barton Fink (1991) o Adaptation (2002), por citar dos ejemplos.

Afortunadamente, existen deliciosas excepciones a ese complejo del séptimo arte frente a la escritura, como esta cinta sobre la relación entre un profesor y su alumno adolescente con un talento especial para escribir; un don que al veterano maestro (Fabrice Luchini) le encantaría tener y no tiene. En la casa aborda, de esta manera, el jugoso universo de la creación literaria, con todos sus trucos, trampas y juegos expositivos sin perder un ápice de cinematográfica. François Ozon demuestra un dominio especial de la imagen, todo el tiempo emocionalmente cerca de sus personajes, así como del siempre difícil uso de la voz en off que, ciertamente, no podía estar mejor empleada.

Basada en la obra de teatro El chico de la última fila de Juan Mayorga, resulta sorprendente hasta qué punto se puede hacer gozar al espectador de la experiencia de ser manipulado. Lo más interesante de la película son, sin duda, las grietas entre realidad y ficción que nunca llegan a resolverse. El público (que seguramente se sienta como un lector) es tratado como un observador inteligente, capaz de resolver por sí mismo lo que Ozon decide dejar en el aire. 

Los toques del cine de Woody Allen, incluso de Hitchcock (con cierto aire de parodia), demuestran, sin que el resultado pierda personalidad, que los referentes son de altura. Además, la química entre los actores es insuperable y hacen brillar los ingeniosos diálogos del guión de Ozon. Finalmente, no podemos pasar por alto el estudio que indirectamente se hace de las clases sociales francesas, así como de las relaciones entre compañeros de colegio, padres e hijos, profesores y alumnos y maridos y mujeres, en general, con una riqueza psicológica que hace del conjunto un retrato casi perfecto de la sociedad en que vivimos.

Recomendado para los que disfruten del difícil arte de la narración literaria en términos cinematográficos.
No recomendado para espectadores que no acepten que la ambigüedad es, a veces, el verdadero relato.

14 de abril de 2013

Ridiculez insustancial

Oblivion (Oblivion, 2013)

Dirección: Joseph Kosinski
Guión: Joseph Kosinski, William Monahan, Michael Arndt y Karl Gajdusek.
Intérpretes: Tom Cruise, Nikolaj Coster-Waldau, Morgan Freeman, Olga Kurylenko, Zoe Bell, Melissa Leo, Andrea Riseborough.
Fotografía: Claudio Miranda
Música: M83

No hay nada peor en una película que la pretensión de ser sustancial sin contar con sustancia alguna. Éste es el problema principal de Oblivion, el último intento de Tom Cruise de recuperar su gancho en las taquillas de todo el mundo. El género de la ciencia ficción ha dado lugar a numerosas obras maestras a lo largo de los años, pero también demasiados fiascos en todos los sentidos. Es un género capaz de darnos lo mejor y lo peor, según quien se encuentre detrás de las cámaras. De Joseph Kosinski, al que solo conocíamos por haber dirigido Tron: Legacy (2010), tampoco podíamos esperar mucho. Sin embargo, es difícil imaginar un producto peor de lo que finalmente es Oblivion.

Cabían dos opciones: optar por el entretenimiento puro, con escenas de acción trepidante y espectaculares efectos especiales o, al contrario, decantarse por un ritmo más pausado que diera lugar a una reflexión sobre nuestra sociedad y el futuro que nos espera. Desgraciadamente, el resultado es una historia híbrida entre ambas posibilidades que no funciona como pasatiempo, puesto que aburre sobremanera, ni mucho menos como reflexión. Parece mentira que, basándose en su propia novela gráfica, le haya salido a Kosinski un filme tan insulso e impersonal.

El argumento versa en torno al personaje de Jack Harper (omnipresente y nunca antes menos carismático Tom Cruise), un ingeniero especializado en alta tecnología que trabaja en una operación para extraer los recursos vitales de la Tierra. El planeta está devastado por una guerra que tuvo lugar hace 60 años y Harper, junto a su amante y compañera Victoria (Andrea Riseborough), parecen ser los únicos habitantes que quedan por allí. Así que la primera parte de la película no es más que una colección de postales de un Nueva York asolado por el cataclismo que, a pesar de ser un recurso ya muy visto, termina por ser lo mejor del conjunto. A partir de entonces, empieza un torbellino de giros argumentales que se van superando unos a otros en su ridiculez y falta de ideas propias. Oblivion pretende esconder sus carencias apoyándose en referentes de alto nivel y supuestos homenajes a 2001: Una odisea del espacio (1968), El planeta de los simios (1968), La guerra de las galaxias (1977), Moon (2009) o incluso Wall-e (2008). Pero la suma de todos ellos no hace otra cosa que acabar de hundir la cinta por exceso de equipaje. 

Recomendado para amantes de la ciencia ficción capaces de tragarse cualquier cosa.
No recomendado para espectadores con un mínimo de exigencia en cuanto a profundidad, mensaje o entretenimiento.