14 de abril de 2015

Los últimos días de Pier Paolo

Pasolini (Pasolini, 2014)

Dirección y guión: Abel Ferrara
Intérpretes: Willem Dafoe, Ninetto Davoli, Riccardo Scamarcio, Valerio Mastandrea, Adriana Asti, Maria de Medeiros
Fotografía: Stefano Falivene

Probablemente, la etiqueta de biopic se ha utilizado mal en tantas ocasiones que ha terminado por desvirtuarse su verdadera significado. En teoría, en este género tan del gusto de la Academia de Hollywood, solo entrarían aquellas películas que narran la biografía completa de un personaje real. Quedarían fuera, por lo tanto, las que, a veces con mejores resultados, deciden centrarse en un solo episodio de la vida del sujeto en cuestión, como ocurría en la reciente Selma (2014) o la simpática Hitchcock (2012). En esta misma línea, Pasolini cuenta los últimos días del polémico director, escritor y poeta que fue asesinado poco después del estreno del que fue su último filme, Saló, o los 120 días de Sodoma (1975). La visión de Abel Ferrara sobre su protagonista es de veneración absoluta, lo que convierte a la historia en una reflexión melancólica sobre los desencuentros entre la libertad artístico-personal y la sociedad de la corrección.

Quizás el mayor acierto de esta cinta, hasta cierto punto modesta, ha sido dar con el tono adecuado. Alejada absolutamente del morbo o el sensacionalismo que, en muchas ocasiones, rodea la figura de Pasolini, el guión marca un ritmo pausado donde las palabras tienen un gran peso y hay espacio para consideraciones complejas y matices. El director de Teniente corrupto (1992), sorprendentemente, toca aquí un registro poco habitual para él, puede que, de alguna forma, sintiéndose deudor de la obra del cineasta italiano y, de ahí, ese aire de mitificación. El caso es que la propuesta destila ternura, realismo y cierta lírica en casi cada secuencia y, al mismo tiempo, deja un regusto amargo con una profundidad muy valiosa.

Como suele ocurrir en este tipo de películas, su actor principal, Willem Dafoe realiza un trabajo meticuloso y sutil, a pesar de la extraña distancia que supone el hecho de haber rodado en inglés. Pero, salvando esta cuestionable decisión, el resultado es honesto, conmovedor, hermoso en su conjunto y, también, lleno de tristeza. Pasolini nos presenta el final inevitable de un creador sabio y vehemente para un mundo siempre varios pasos por detrás de los más grandes.

Recomendado para interesados en el testamento emocional de un cineasta único.
No recomendado para quienes menosprecien el valor de la libertad artística.

7 de abril de 2015

Implacable drama criminal

El año más violento (A Most Violent Year, 2014)

Dirección y guión: J.C. Chandor
Intérpretes: Oscar Isaac, Jessica Chastain, Albert Brooks, David Oyelowo, Christopher Abbott, Peter Gerety
Fotografía: Bradford Young
Música: Alex Ebert

A pesar de lo que pueda sugerir el título, no nos encontramos ante una película de acción trepidante, matanzas o tiroteos excesivos. El año más violento al que se hace referencia (concretamente, el invierno de 1981) funciona más como el contexto de un Nueva York hostil en el que no había espacio para hombres honestos. El filme cuenta la historia de Abel Morales (Oscar Isaac), un inmigrante que trata de sacar adelante a su familia con negocios honrados hasta que la corrupción pone en peligro todo lo que había logrado construir hasta el momento. El director, J.C. Chandor, filma con precisión y elegancia el drama de este tipo normal y su angustioso enfrentamiento contra las mafias de la ciudad y la putrefacción de un sistema comercial dominado por ladrones, estafadores y asesinos.

La película recuerda mucho por su ambientación, su dirección artística y fotografía a El Padrino (1972), incluido su protagonista cuyas motivaciones y punto de vista resultan muy similares a las del joven Michael Corleone que interpretó Al Pacino. En este sentido, la cinta combina ejemplarmente, como ya hizo la trilogía de Coppola, un guión sólido con una visión moderna de lo que explica, sin renunciar al aroma clásico de los gángsters en blanco y negro. Así, Chandor toma sin complejos el relevo del drama criminal riguroso que pudimos ver, en su momento, en propuestas como Érase una vez en América (1984) de Sergio Leone o en la filmografía más representativa de Sidney Lumet

Por su parte, Jessica Chastain aporta una interpretación moderadamente deliciosa cuya magia especial hace desear al espectador que aparezca más en pantalla según transcurren los minutos. También es cierto que la narración se toma su tiempo pero, sostenida sobre una estructura meticulosa, consigue avanzar con seguridad construyendo una intriga inteligente. El problema es que, en realidad, su aportación al género, frente a las grandes obras antes mencionadas, es menor y, pese a su alta calidad, corre el riesgo de quedar como una simple recreación formal. No obstante, sus cualidades son muchas como para rebajarla por comparación con sus hermanas mayores. Al fin y al cabo, su amarga mirada sobre la realidad del sueño americano y la contundencia con que destruye ciertos ideales capitalistas son ya valía suficiente como para tenerla en consideración como producto más que estimable.

Recomendado para nostálgicos del buen cine criminal de los setenta.
No recomendado para quienes desprecien el valor narrativo de la violencia no explícita.

24 de marzo de 2015

Las entrañas de Hollywood

Maps to the Stars (Maps to the Stars, 2014)

Dirección: David Cronenberg 
Guión: Bruce Wagner
Intérpretes: John Cusack, Julianne Moore, Robert Pattinson, Carrie Fisher, Olivia Williams, Mia Wasikowska
Fotografía: Peter Suschitzky
Música: Howard Shore

La evolución en la filmografía de David Cronenberg es, sin duda, una de las más interesantes del panorama contemporáneo. Partiendo del terror y la ciencia ficción con elementos gore de los inicios de su carrera, ha ido, poco a poco, sofisticando su estilo para, al fin y al cabo, continuar hablando de los mismos temas desde una perspectiva más madura y sutil pero igual de desagradable. Y es que el director de La mosca (1986) lleva toda una vida empeñado en exponer el horror que se oculta tras el rostro humano, las entrañas putrefactas del sistema y los enfermizos mecanismos que mueven por dentro a la sociedad. Con un guión escrito por Bruce Wagner, el cineasta ha podido, al fin, rodar su ansiado proyecto para poner en el punto de mira las miserias del Hollywood actual.

Lejos queda ya el glamour de El crepúsculo de los dioses (1950) (que, a su manera, también fue devastadora en su momento). La industria del cine que se nos muestra aquí es un patético y decadente conjunto de personajes desquiciados o, en su defecto, frustrados, obsesionados con obtener a toda costa una notoriedad patológica que, en realidad, no les lleva a ningún lado. La maestría de Cronenberg reside en la crueldad de su retrato, sin miedo a la antipatía, ensañándose en la superficialidad de un universo demencial cuya única salvación es la muerte. Terapeutas estafadores, escritores de libros de autoayuda, insoportables estrellas infantiles, representantes incompetentes, productores hipócritas o actrices histéricas son algunas de las criaturas que pueblan esta ácida crónica del mundo del espectáculo y su lamentable declive.

No obstante, ante tal abanico de neurosis e infelicidad, la mirada de Cronenberg es fría y certera. Casi como un médico que disecciona un cadáver en busca de aquello que lo mató. Es cierto que, a nivel argumental, cae en algunos tópicos freudianos en cuanto al perfil psicológico de algunos personajes... pero, al mismo tiempo, no deja de haber cierta ironía en todo eso. Como si las estrellas hubieran acabado convirtiéndose en los clichés que ellas mismas se han encargado de perpetrar en la gran pantalla (no es baladí, a este respecto, la participación de Carrie Fisher). Mención aparte merece la poderosa interpretación de una magistral Julianne Moore, alma máter de un elenco impecable en el que hasta los niños están bien. Por su amargura y desolación, disgustará a un gran número de espectadores pero los que aguanten su dureza, disfrutarán como pocas veces se tiene ocasión.

Recomendado para apasionados de las sátiras despiadadas y, por supuesto, de Cronenberg.
No recomendado para los que anden buscando una feel-good movie.

Volátil extravagancia

Puro vicio (Inherent Vice, 2014)

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherin Waterston, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Joanna Newsom, Martin Short, Martin Donovan
Fotografía: Robert Elswit
Música: Jonny Greenwood

Tras dos apabullantes ejercicios de estilo como fueron Pozos de ambición (2007) y The Master (2012), parece que a Paul Thomas Anderson le apetecía jugar con un material más ligero. Quizás éste no sea el adjetivo más adecuado para definir la novela de Thomas Pynchon pero lo cierto es que, tras la contundencia a la que nos venía acostumbrando el director estadounidense, adentrarse en un tono más humorístico prometía traer algo de aire fresco. Sin embargo, quizás juzgamos el producto precipitadamente. A pesar de estar contada con mucha gracia, Puro vicio es un filme complejo (probablemente, demasiado) con el que resulta difícil respirar entre el humo de sus porros.

Basada en un libro que muchos han calificado de inadaptable, la cinta explica las andanzas de un peculiar detective que investiga una desaparición en la ciudad de Los Angeles de 1970. El cineasta mezcla con acierto irregular el género detectivesco al más puro estilo de El sueño eterno (1946), diluyendo la investigación en una búsqueda nihilista de las propias motivaciones humanas. Thomas Anderson continúa siendo un realizador prodigioso, cuidando cada mínimo detalle de los encuadres y la puesta en escena, y arrancando interpretaciones fabulosas de cada uno de sus actores, entre los que destaca -cómo no- un Joaquin Phoenix en estado de gracia. Pero lo mejor de la película es su ambientación: una banda sonora hipnótica acompañada de una fotografía deliciosa que hacen más llevadero su ritmo pausado y el excesivo metraje. 

El problema de este (no lo olvidemos) conjunto de virtudes sensoriales es la falta de pulso narrativo. No es suficiente, visto el resultado, con poner ante nuestros ojos un sinfín de ideas sugerentes renunciando (casi) en su totalidad a los trucos argumentales de un guión clásico de cine negro. Sin los cebos adecuados, se corre el riesgo de que el espectador se pierda, se sienta confuso o, lo que es peor, que se aburra. Si se trataba de retratar la decadencia del sueño americano post-movimiento hippie o trasladar a pantalla estados de ánimo psicodélicos, el resultado es más que aceptable. No obstante, propuestas muy similares ya se hicieron hace tiempo en El gran Lebowski (1998) o en Miedo y asco en Las Vegas (1998) y con resultados más sólidos.

Recomendado para amantes del cine sensorial y ese tipo de drogas.
No recomendado para adictos a la sobriedad de la estructura de guión de cine clásico.

13 de marzo de 2015

Una broma bizarra

Tusk (Tusk, 2014)

Dirección y guión: Kevin Smith
Intérpretes: Justin Long, Haley Joel Osment, Genesis Rodriguez, Michael Parks, Ralph Garman, Johnny Depp
Fotografía: James Laxton
Música: Christopher Drake

Tras dar un giro radical a su carrera como cineasta con Red State (2011), interesantísima cinta de terror que reinventaban algunos de los tópicos del género, y amenazar con retirarse posteriormente, Kevin Smith ha filmado, sin lugar a dudas, su propuesta más estrambótica hasta la fecha. El germen de la película surgió durante la grabación de un podcast humorístico en el que el propio Smith comentaba un anuncio real en el que un anciano canadiense ofrecía alojamiento gratuito a cambio de que el inquilino fuera disfrazado de morsa. Absurdamente divertida en su planteamiento, lo cierto es que la perversa idea que se ha desarrollado a partir de esa premisa funciona mejor explicada que llevada a la práctica. La sensación al ver el filme es que nos encontramos ante una broma privada con la que es difícil empatizar, como si nuestro "compañero de juergas" se hubiese tomado una droga de la risa a la que nosotros no tenemos acceso.

Parece que para el director de Persiguiendo a Amy (1997) la diversión ha consistido en el hecho mismo de llevar a cabo una historia tan descabellada que, por desgracia, no tiene suficiente recorrido más allá de los 45 minutos. Por este motivo, Smith ha alargado la trama con flashbacks innecesarios y secundarios de lujo, como un simpático (y no acreditado) Johnny Depp que parece estar celebrando su propia fiesta. Las comparaciones con productos similares como The Human Centipede (2009) son obvias, además de que, el propio subgénero (¿terror quirúrgico?) tiene mucho de autoparódico. Eleva el conjunto, no obstante, un fabuloso Michael Parks que, sin complejo alguno, recita los textos más inverosímiles con una credibilidad pasmosa.

Pero más allá del trabajo de Parks, hay en Tusk pinceladas de verdadero talento. La fina ironía de algunos diálogos, la presentación del mundo de los podcasters (evolución de los fanáticos de los videoclubs noventeros de Clerks) o los chistes sobre las relaciones entre Canadá y los EE.UU. demuestran que, tras el fallido artefacto, Smith sigue en plena forma. Todo creador tiene derecho a experimentar, arriesgarse e, incluso, a permitirse caprichos. En el fondo, Smith sigue dirigiendo con la libertad y la irreverencia que siempre le han caracterizado aunque, esta vez, al resultado cueste verle la gracia.

Recomendado para amantes del cine de terror bizarro y autoparódico.
No recomendado para quienes añoren al Kevin Smith de los 90.

7 de marzo de 2015

La causa afroamericana

Selma (Selma, 2014)

Dirección: Ava DuVernay
Guión: Ava DuVernay y Paul Webb
Intérpretes: David Oyelowo, Tom Wilkinson, Tim Roth, Giovanni Ribisi, Cuba Gooding Jr., Oprah Winfrey
Fotografía: Bradford Young
Música: Jason Moran y Morgan Rhodes

A pesar de no tratar, estrictamente, sobre la vida de Martin Luther King, en muchos medios se la ha calificado de biopic, en gran parte, por falta de otras películas que versen sobre la figura de este activista al frente de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Quizás por este motivo, algunos espectadores se decepcionarán al comprobar que la trama se centra solamente en la marcha desde Selma a Montgomery (Alabama) que llevó, en 1965, al presidente Johnson a aprobar una ley sobre el derecho al voto de los ciudadanos negros. Esta inteligente elección por parte de la directora engrandece la cinta puesto que, más allá de la figura icónica de su protagonista, se muestra en primer término a un pueblo que lucha por su dignidad y, en general, los logros y sacrificios de las conquistas civiles. 

No obstante, para tratar con una temática tan poderosa y episodios tan conmovedores, el filme destila una cierta frialdad expositiva. Sus imágenes, en cuanto al peso histórico que contienen, resultan muy intensas, pero, por alguna razón, en general, no transmiten toda la emoción que deberían. En parte, David Oyelowo no tiene el suficiente carisma para atrapar al espectador, aunque su personaje está bien definido y con las aristas necesarias. Digamos que, de alguna manera, los hechos están por encima del punto de vista  aunque se añora, igualmente, un enfoque más personal.

En cualquier caso, estamos ante una cinta muy correcta que conmueve a ratos y que trata de hacer de su sencillez su mayor virtud. Ciertamente, resulta algo didáctica y no tiene la fuerza de 12 años de esclavitud pero es capaz de retratar el funcionamiento interno de la democracia como pocas veces hemos visto en historias basadas en hechos reales. Acerca al presente conflictos que (teóricamente) se resolvieron hace décadas y, sin embargo, como se pone de manifiesto en la película, ciertos asuntos parece que todavía, y por desgracia, continúan coleando.

Recomendado para amantes del cine histórico con el poder ciudadano como protagonista.
No recomendado para quienes esperen un biopic al uso de la vida de Martin Luther King.

27 de febrero de 2015

Heroicidad panfletaria

El francotirador (American Sniper, 2014)

Dirección: Clint Eastwood
Guión: Jason Hall
Intérpretes: Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, Kylle Gallner
Fotografía: Tom Stern
Música: Clint Eastwood, Ennio Morricone

Tras una serie de películas algo más blandas y desacertadas de lo que nos tenía acostumbrados como Más allá de la vida (2010) y Jersey Boys (2014), o del algo estrambótico biopic J. Edgar (2011), Clint Eastwood parecía decidido a volver a ponerse serio para contarnos algo nuevo acerca de los horrores de la guerra. Sin embargo, la historia del marine Chris Kyle (interpretado por un entregado y sutil Bradley Cooper) que batió el récord de muertes como francotirador del ejército americano se centra más bien en justificar la figura del héroe que en cuestionar la política militarista estadounidense. En muchas otras ocasiones, el director de obras maestras indiscutibles como Sin perdón (1992) ha reflexionado sobre la violencia como característica inherente a la condición humana, abordando aristas tan complejas como la idea de venganza frente a la de justicia, el odio frente a la clemencia o el dolor respecto a la empatía. Por este motivo, resulta llamativa la simpleza con la que está narrada la cinta, esquivando de forma casi irresponsable cualquier cuestionamiento político del conflicto, para centrarse en subrayar la nobleza del protagonista.

Las escenas de acción de la primera parte son emocionantes y generan una tensión adecuada para situarnos rápidamente en contexto. No obstante, poco a poco, van perdiendo fuelle debido a una reiteración absurda que termina por convertir la propuesta en insoportablemente monótona. Tampoco ayuda la caricaturización de los iraquíes, dibujados como villanos detestables, sin matiz alguno ni verosimilitud. De esta forma, Eastwood cae en un maniqueísmo impropio de su cine en el que, entregado ciegamente a un solo punto de vista, se dedica a respaldar la actitud sanguinaria del combatiente con ejemplos de panfleto patriotero, sin aportar mucho más.

El retrato de las secuelas psicológicas tras volver con su familia resulta algo más interesante. Desgraciadamente, la exquisitez interpretativa de Cooper cae en saco roto puesto que, de nuevo, se plantean situaciones estereotipadas que no llevan a ningún lugar que no sea el de compadecerse de un hombre que lo ha dado todo por su país y, por lo tanto, merece todo nuestro respeto. Ni siquiera se nos muestra en pantalla el verdadero final del personaje cuando podría haber sido un buen revulsivo para añadir márgenes distintos a la tesis principal. Pero, quizás, eso hubiera abierto un debate que, en realidad, parece ser lo contrario de lo que el filme pretende.

Recomendado para devotos de su patria, su familia y su bandera.
No recomendado para quienes tengan dudas sobre la distinción entre lobos y perros pastores.

20 de febrero de 2015

Perversa sutileza

Foxcatcher (Foxcatcher, 2014)

Dirección: Bennett Miller 
Guión: Dan Futterman, E. Max Frye, Kristin Gore
Intérpretes: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Anthony Michael Hall, Vanessa Redgrave, David Bennett, Lee Perkins
Fotografía: Greig Fraser
Música: Rob Simonsen

En muchas ocasiones, el cine norteamericano comete el error de querer dar demasiadas explicaciones o de ponerse moralista a la hora de abordar una tragedia (especialmente, si está basada en hechos reales). Por este motivo, la aparición de películas tan perversamente sutiles como Foxcatcher resulta, de vez en cuando, todo un milagro narrativo. Bennett Miller, director de la ya algo morbosa Truman Capote (2005) y la más convencional Moneyball (2011), dirige con precisión y una oscura mirada la historia de Mark Schultz (Channing Tatum), medallista de oro olímpico invitado por el millonario John Du Pont (Steve Carell) a entrenar en su magnífica mansión. El conflicto, como cabía esperar, no tarda en aparecer. ¿Cuáles son las verdaderas intenciones del rico heredero?

Lo magistral del filme es que esta pregunta nunca llega a responderse. La cinta nos advierte con infinitud de pequeños detalles que estamos ante un personaje de mente retorcida y graves problemas emocionales. Sin embargo, una figura tan compleja y atormentada como ésta no puede retratarse en trazos gruesos ni su enfermizo comportamiento reducirse a un solo trauma. De ahí que el director haya decidido enseñar solo la punta del iceberg de este entramado de relaciones tóxicas en el que nadie está totalmente libre de culpa.

Como en las mejores películas de terror, el monstruo da más miedo cuanto menos veamos de él. Las extrañas conversaciones vacías entre los protagonistas, sus gestos, su miradas o sus repentinos enfados nos hacen imaginar que lo peor de todo no se nos está mostrando. Esa inquietud velada produce una incomodidad que irá en aumento hasta volverse insoportable y culminará en un clímax tan (de alguna forma) esperado como desalentador.

No obstante, si tomamos la historia desde su lectura política, crítica al sueño americano incluida, puede parecer algo mucho más simplista y es ahí donde surgen algunos de sus puntos débiles. Afortunadamente, su atmósfera opresiva y sus perturbadoras interpretaciones (en especial, la de Carell: fascinantemente sombrío, a pesar de su aparatoso maquillaje), otorgan al conjunto la uniformidad tonal que matiza sus irregularidades. Miller actúa, en este sentido, con la maestría de quien sabe señalar lo peor del ser humano sin ni siquiera sacar las manos de los bolsillos.

Recomendado para sibaritas de la perversión servida con sutileza.
No recomendado para quienes respiren con dificultad en ambientes disfuncionales.

11 de febrero de 2015

Breve historia de Hawking

La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014)

Dirección: James Marsh
Guión: Anthony McCarten
Intérpretes: Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, David Thewlis, Emily Watson
Fotografía: Benoît Delhomme
Música: Johann Johansson

Los ingredientes que todo buen biopic tiene que tener para alcanzar el éxito son: un personaje real que todo el mundo conozca, un mensaje de superación personal y una jugosa historia de amor que lo acompañe. En este sentido, La teoría del todo podría ser la película perfecta, al menos, en su género. Sin embargo, la sensación tras su visionado es que algo falla en lo que nos han contado... algo que no se ve fácilmente, pero se intuye de forma evidente. Y es que el empaque, tanto formal como narrativo, es demasiado perfecto hasta el punto de perder verosimilitud. Un poco como ocurre con The Imitation Game (2014), a sus creadores se les nota demasiado la intención de querer gustar a todo el mundo. Eso implica un exceso de amabilidad y edulcoramiento en una exposición que podría haber tenido momentos desgarradores y que, en cambio, resulta de lo más simpática.

La película es agradable, entretenida y contiene secuencias verdaderamente hermosas. El problema es su falta de valentía y su exceso de buenas intenciones. James Marsh, su director, toma todas las precauciones posibles para que el drama emocione pero sin doler, y que los personajes muestren siempre su lado más luminoso. Mientras que, por otro lado, no existe ningún esfuerzo por explicarnos la complejidad de la mente del protagonista, cómo llega a dar con las claves de su aportación científica y qué hay de él en sus teorías astrofísicas.

Es cierto que el personaje de la mujer de Hawking (Felicity Jones) es el más interesante del filme y el que lleva el verdadero conflicto. No obstante, no llega a afrontarse de forma directa en ningún momento, al contrario: nos la dibujan de forma algo idealizada y con un comportamiento impecable hasta el último momento, desaprovechando, así, su potencial. Por su parte, Eddie Redmayne realiza un buen trabajo interpretativo aunque no podemos obviar que ayudado de un maquillaje muy logrado.

Pero lo que de verdad salva la cinta de parecer un producto de televisivo de sobremesa es su extraña magia en la manera de contarnos los hechos. Con elegancia y delicadeza, engatusa al espectador de principio a fin, ayudado de una música y una fotografía muy cuidadas, lo cual tiene un valor y un mérito indiscutibles.

Recomendado para amantes de los biopics académicos y sensibleros.
No recomendado para adversarios de la amabilidad y el edulcoramiento (aunque sea justificado).

6 de febrero de 2015

Morador de la noche

Nightcrawler (Nightcrawler, 2014)

Dirección y guión: Dan Gilroy
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm, Ann Cusack, Kathleen York
Fotografía: Robert Elswit
Música: James Newton Howard

Aunque escenario menos recurrido que Nueva York, la ciudad de Los Angeles se ha utilizado en multitud de ocasiones en el cine como símbolo de la decadencia del sueño americano. Películas de género negro como Chinatown (1974) o L.A. Confidential (1997), pero también dramas humanos como Crash (2004) o Un día de furia (1993), han puesto de manifiesto el aire malsano que los habitantes de esta metrópolis universalmente idealizada respiran, en realidad, tanto por dentro como por fuera. La exteriorización de los instintos más primarios, la ausencia de horizontes morales y, sobre todo, la convivencia con las diferentes formas de violencia son algunos de los elementos que parecen tener en común los personajes de estas historias que, como Nightcrawler, son un reflejo tenebroso de la sociedad en que vivimos.

El filme de Dan Gilroy recoge, en forma de sátira enfermiza, todos esos males contemporáneos en un solo relato y un único individuo que sintetiza el espíritu de nuestro tiempo: la era del sensacionalismo informativo. Es evidente que la cinta le debe mucho a Taxi Driver (1976), donde Scorsese plasmaba con acierto magistral el estado de ánimo de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam. En cierta forma, el Louis Bloom del espléndido Jake Gyllenhaal es el Travis Bickle (Robert DeNiro) de la época actual, con su crisis económica, su exceso de información y la omnipresente tecnología. Ambos comparten esa inteligencia marginal y una sociopatía que no deja de ser consecuencia lógica del propio entorno.

Por momentos, su hábil planteamiento, recuerda a La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock, solo que enfrentando al espectador, en lugar de al concepto de suspense, a la idea del morbo. La visión cínica y corrosiva que se ofrece del turbio negocio de los telediarios matinales tiene la virtud de no dejar a nadie libre de culpa. El guión (casi redondo) bien podría estar basado en una novela de Bret Easton Ellis (a excepción de la falta de sexo). Y, aunque acierta en casi todo (la reflexión de fondo, su humor negro, la evolución del protagonista...) concluye de forma algo plana. Tras la adrenalina quemada, se echa en falta un final más imprevisible y contundente. Sin embargo, el viaje en sí es bastante rico en capas de profundidad como para sentir que ha valido la pena el mal trago. En realidad, su crudeza resulta muy disfrutable; un poco como los propios noticieros que critica. Como debe de ser, al encarar una propuesta de estas características.

Recomendado para espectadores del telediario de Pedro Piqueras con mala conciencia.
No recomendado para quienes les cueste aceptar ciertos aspectos del mundo en el que vivimos.