13 de marzo de 2015

Una broma bizarra

Tusk (Tusk, 2014)

Dirección y guión: Kevin Smith
Intérpretes: Justin Long, Haley Joel Osment, Genesis Rodriguez, Michael Parks, Ralph Garman, Johnny Depp
Fotografía: James Laxton
Música: Christopher Drake

Tras dar un giro radical a su carrera como cineasta con Red State (2011), interesantísima cinta de terror que reinventaban algunos de los tópicos del género, y amenazar con retirarse posteriormente, Kevin Smith ha filmado, sin lugar a dudas, su propuesta más estrambótica hasta la fecha. El germen de la película surgió durante la grabación de un podcast humorístico en el que el propio Smith comentaba un anuncio real en el que un anciano canadiense ofrecía alojamiento gratuito a cambio de que el inquilino fuera disfrazado de morsa. Absurdamente divertida en su planteamiento, lo cierto es que la perversa idea que se ha desarrollado a partir de esa premisa funciona mejor explicada que llevada a la práctica. La sensación al ver el filme es que nos encontramos ante una broma privada con la que es difícil empatizar, como si nuestro "compañero de juergas" se hubiese tomado una droga de la risa a la que nosotros no tenemos acceso.

Parece que para el director de Persiguiendo a Amy (1997) la diversión ha consistido en el hecho mismo de llevar a cabo una historia tan descabellada que, por desgracia, no tiene suficiente recorrido más allá de los 45 minutos. Por este motivo, Smith ha alargado la trama con flashbacks innecesarios y secundarios de lujo, como un simpático (y no acreditado) Johnny Depp que parece estar celebrando su propia fiesta. Las comparaciones con productos similares como The Human Centipede (2009) son obvias, además de que, el propio subgénero (¿terror quirúrgico?) tiene mucho de autoparódico. Eleva el conjunto, no obstante, un fabuloso Michael Parks que, sin complejo alguno, recita los textos más inverosímiles con una credibilidad pasmosa.

Pero más allá del trabajo de Parks, hay en Tusk pinceladas de verdadero talento. La fina ironía de algunos diálogos, la presentación del mundo de los podcasters (evolución de los fanáticos de los videoclubs noventeros de Clerks) o los chistes sobre las relaciones entre Canadá y los EE.UU. demuestran que, tras el fallido artefacto, Smith sigue en plena forma. Todo creador tiene derecho a experimentar, arriesgarse e, incluso, a permitirse caprichos. En el fondo, Smith sigue dirigiendo con la libertad y la irreverencia que siempre le han caracterizado aunque, esta vez, al resultado cueste verle la gracia.

Recomendado para amantes del cine de terror bizarro y autoparódico.
No recomendado para quienes añoren al Kevin Smith de los 90.

7 de marzo de 2015

La causa afroamericana

Selma (Selma, 2014)

Dirección: Ava DuVernay
Guión: Ava DuVernay y Paul Webb
Intérpretes: David Oyelowo, Tom Wilkinson, Tim Roth, Giovanni Ribisi, Cuba Gooding Jr., Oprah Winfrey
Fotografía: Bradford Young
Música: Jason Moran y Morgan Rhodes

A pesar de no tratar, estrictamente, sobre la vida de Martin Luther King, en muchos medios se la ha calificado de biopic, en gran parte, por falta de otras películas que versen sobre la figura de este activista al frente de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Quizás por este motivo, algunos espectadores se decepcionarán al comprobar que la trama se centra solamente en la marcha desde Selma a Montgomery (Alabama) que llevó, en 1965, al presidente Johnson a aprobar una ley sobre el derecho al voto de los ciudadanos negros. Esta inteligente elección por parte de la directora engrandece la cinta puesto que, más allá de la figura icónica de su protagonista, se muestra en primer término a un pueblo que lucha por su dignidad y, en general, los logros y sacrificios de las conquistas civiles. 

No obstante, para tratar con una temática tan poderosa y episodios tan conmovedores, el filme destila una cierta frialdad expositiva. Sus imágenes, en cuanto al peso histórico que contienen, resultan muy intensas, pero, por alguna razón, en general, no transmiten toda la emoción que deberían. En parte, David Oyelowo no tiene el suficiente carisma para atrapar al espectador, aunque su personaje está bien definido y con las aristas necesarias. Digamos que, de alguna manera, los hechos están por encima del punto de vista  aunque se añora, igualmente, un enfoque más personal.

En cualquier caso, estamos ante una cinta muy correcta que conmueve a ratos y que trata de hacer de su sencillez su mayor virtud. Ciertamente, resulta algo didáctica y no tiene la fuerza de 12 años de esclavitud pero es capaz de retratar el funcionamiento interno de la democracia como pocas veces hemos visto en historias basadas en hechos reales. Acerca al presente conflictos que (teóricamente) se resolvieron hace décadas y, sin embargo, como se pone de manifiesto en la película, ciertos asuntos parece que todavía, y por desgracia, continúan coleando.

Recomendado para amantes del cine histórico con el poder ciudadano como protagonista.
No recomendado para quienes esperen un biopic al uso de la vida de Martin Luther King.

27 de febrero de 2015

Heroicidad panfletaria

El francotirador (American Sniper, 2014)

Dirección: Clint Eastwood
Guión: Jason Hall
Intérpretes: Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, Kylle Gallner
Fotografía: Tom Stern
Música: Clint Eastwood, Ennio Morricone

Tras una serie de películas algo más blandas y desacertadas de lo que nos tenía acostumbrados como Más allá de la vida (2010) y Jersey Boys (2014), o del algo estrambótico biopic J. Edgar (2011), Clint Eastwood parecía decidido a volver a ponerse serio para contarnos algo nuevo acerca de los horrores de la guerra. Sin embargo, la historia del marine Chris Kyle (interpretado por un entregado y sutil Bradley Cooper) que batió el récord de muertes como francotirador del ejército americano se centra más bien en justificar la figura del héroe que en cuestionar la política militarista estadounidense. En muchas otras ocasiones, el director de obras maestras indiscutibles como Sin perdón (1992) ha reflexionado sobre la violencia como característica inherente a la condición humana, abordando aristas tan complejas como la idea de venganza frente a la de justicia, el odio frente a la clemencia o el dolor respecto a la empatía. Por este motivo, resulta llamativa la simpleza con la que está narrada la cinta, esquivando de forma casi irresponsable cualquier cuestionamiento político del conflicto, para centrarse en subrayar la nobleza del protagonista.

Las escenas de acción de la primera parte son emocionantes y generan una tensión adecuada para situarnos rápidamente en contexto. No obstante, poco a poco, van perdiendo fuelle debido a una reiteración absurda que termina por convertir la propuesta en insoportablemente monótona. Tampoco ayuda la caricaturización de los iraquíes, dibujados como villanos detestables, sin matiz alguno ni verosimilitud. De esta forma, Eastwood cae en un maniqueísmo impropio de su cine en el que, entregado ciegamente a un solo punto de vista, se dedica a respaldar la actitud sanguinaria del combatiente con ejemplos de panfleto patriotero, sin aportar mucho más.

El retrato de las secuelas psicológicas tras volver con su familia resulta algo más interesante. Desgraciadamente, la exquisitez interpretativa de Cooper cae en saco roto puesto que, de nuevo, se plantean situaciones estereotipadas que no llevan a ningún lugar que no sea el de compadecerse de un hombre que lo ha dado todo por su país y, por lo tanto, merece todo nuestro respeto. Ni siquiera se nos muestra en pantalla el verdadero final del personaje cuando podría haber sido un buen revulsivo para añadir márgenes distintos a la tesis principal. Pero, quizás, eso hubiera abierto un debate que, en realidad, parece ser lo contrario de lo que el filme pretende.

Recomendado para devotos de su patria, su familia y su bandera.
No recomendado para quienes tengan dudas sobre la distinción entre lobos y perros pastores.

20 de febrero de 2015

Perversa sutileza

Foxcatcher (Foxcatcher, 2014)

Dirección: Bennett Miller 
Guión: Dan Futterman, E. Max Frye, Kristin Gore
Intérpretes: Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Anthony Michael Hall, Vanessa Redgrave, David Bennett, Lee Perkins
Fotografía: Greig Fraser
Música: Rob Simonsen

En muchas ocasiones, el cine norteamericano comete el error de querer dar demasiadas explicaciones o de ponerse moralista a la hora de abordar una tragedia (especialmente, si está basada en hechos reales). Por este motivo, la aparición de películas tan perversamente sutiles como Foxcatcher resulta, de vez en cuando, todo un milagro narrativo. Bennett Miller, director de la ya algo morbosa Truman Capote (2005) y la más convencional Moneyball (2011), dirige con precisión y una oscura mirada la historia de Mark Schultz (Channing Tatum), medallista de oro olímpico invitado por el millonario John Du Pont (Steve Carell) a entrenar en su magnífica mansión. El conflicto, como cabía esperar, no tarda en aparecer. ¿Cuáles son las verdaderas intenciones del rico heredero?

Lo magistral del filme es que esta pregunta nunca llega a responderse. La cinta nos advierte con infinitud de pequeños detalles que estamos ante un personaje de mente retorcida y graves problemas emocionales. Sin embargo, una figura tan compleja y atormentada como ésta no puede retratarse en trazos gruesos ni su enfermizo comportamiento reducirse a un solo trauma. De ahí que el director haya decidido enseñar solo la punta del iceberg de este entramado de relaciones tóxicas en el que nadie está totalmente libre de culpa.

Como en las mejores películas de terror, el monstruo da más miedo cuanto menos veamos de él. Las extrañas conversaciones vacías entre los protagonistas, sus gestos, su miradas o sus repentinos enfados nos hacen imaginar que lo peor de todo no se nos está mostrando. Esa inquietud velada produce una incomodidad que irá en aumento hasta volverse insoportable y culminará en un clímax tan (de alguna forma) esperado como desalentador.

No obstante, si tomamos la historia desde su lectura política, crítica al sueño americano incluida, puede parecer algo mucho más simplista y es ahí donde surgen algunos de sus puntos débiles. Afortunadamente, su atmósfera opresiva y sus perturbadoras interpretaciones (en especial, la de Carell: fascinantemente sombrío, a pesar de su aparatoso maquillaje), otorgan al conjunto la uniformidad tonal que matiza sus irregularidades. Miller actúa, en este sentido, con la maestría de quien sabe señalar lo peor del ser humano sin ni siquiera sacar las manos de los bolsillos.

Recomendado para sibaritas de la perversión servida con sutileza.
No recomendado para quienes respiren con dificultad en ambientes disfuncionales.

11 de febrero de 2015

Breve historia de Hawking

La teoría del todo (The Theory of Everything, 2014)

Dirección: James Marsh
Guión: Anthony McCarten
Intérpretes: Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, David Thewlis, Emily Watson
Fotografía: Benoît Delhomme
Música: Johann Johansson

Los ingredientes que todo buen biopic tiene que tener para alcanzar el éxito son: un personaje real que todo el mundo conozca, un mensaje de superación personal y una jugosa historia de amor que lo acompañe. En este sentido, La teoría del todo podría ser la película perfecta, al menos, en su género. Sin embargo, la sensación tras su visionado es que algo falla en lo que nos han contado... algo que no se ve fácilmente, pero se intuye de forma evidente. Y es que el empaque, tanto formal como narrativo, es demasiado perfecto hasta el punto de perder verosimilitud. Un poco como ocurre con The Imitation Game (2014), a sus creadores se les nota demasiado la intención de querer gustar a todo el mundo. Eso implica un exceso de amabilidad y edulcoramiento en una exposición que podría haber tenido momentos desgarradores y que, en cambio, resulta de lo más simpática.

La película es agradable, entretenida y contiene secuencias verdaderamente hermosas. El problema es su falta de valentía y su exceso de buenas intenciones. James Marsh, su director, toma todas las precauciones posibles para que el drama emocione pero sin doler, y que los personajes muestren siempre su lado más luminoso. Mientras que, por otro lado, no existe ningún esfuerzo por explicarnos la complejidad de la mente del protagonista, cómo llega a dar con las claves de su aportación científica y qué hay de él en sus teorías astrofísicas.

Es cierto que el personaje de la mujer de Hawking (Felicity Jones) es el más interesante del filme y el que lleva el verdadero conflicto. No obstante, no llega a afrontarse de forma directa en ningún momento, al contrario: nos la dibujan de forma algo idealizada y con un comportamiento impecable hasta el último momento, desaprovechando, así, su potencial. Por su parte, Eddie Redmayne realiza un buen trabajo interpretativo aunque no podemos obviar que ayudado de un maquillaje muy logrado.

Pero lo que de verdad salva la cinta de parecer un producto de televisivo de sobremesa es su extraña magia en la manera de contarnos los hechos. Con elegancia y delicadeza, engatusa al espectador de principio a fin, ayudado de una música y una fotografía muy cuidadas, lo cual tiene un valor y un mérito indiscutibles.

Recomendado para amantes de los biopics académicos y sensibleros.
No recomendado para adversarios de la amabilidad y el edulcoramiento (aunque sea justificado).

6 de febrero de 2015

Morador de la noche

Nightcrawler (Nightcrawler, 2014)

Dirección y guión: Dan Gilroy
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Rene Russo, Riz Ahmed, Bill Paxton, Kevin Rahm, Ann Cusack, Kathleen York
Fotografía: Robert Elswit
Música: James Newton Howard

Aunque escenario menos recurrido que Nueva York, la ciudad de Los Angeles se ha utilizado en multitud de ocasiones en el cine como símbolo de la decadencia del sueño americano. Películas de género negro como Chinatown (1974) o L.A. Confidential (1997), pero también dramas humanos como Crash (2004) o Un día de furia (1993), han puesto de manifiesto el aire malsano que los habitantes de esta metrópolis universalmente idealizada respiran, en realidad, tanto por dentro como por fuera. La exteriorización de los instintos más primarios, la ausencia de horizontes morales y, sobre todo, la convivencia con las diferentes formas de violencia son algunos de los elementos que parecen tener en común los personajes de estas historias que, como Nightcrawler, son un reflejo tenebroso de la sociedad en que vivimos.

El filme de Dan Gilroy recoge, en forma de sátira enfermiza, todos esos males contemporáneos en un solo relato y un único individuo que sintetiza el espíritu de nuestro tiempo: la era del sensacionalismo informativo. Es evidente que la cinta le debe mucho a Taxi Driver (1976), donde Scorsese plasmaba con acierto magistral el estado de ánimo de Estados Unidos tras la guerra de Vietnam. En cierta forma, el Louis Bloom del espléndido Jake Gyllenhaal es el Travis Bickle (Robert DeNiro) de la época actual, con su crisis económica, su exceso de información y la omnipresente tecnología. Ambos comparten esa inteligencia marginal y una sociopatía que no deja de ser consecuencia lógica del propio entorno.

Por momentos, su hábil planteamiento, recuerda a La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock, solo que enfrentando al espectador, en lugar de al concepto de suspense, a la idea del morbo. La visión cínica y corrosiva que se ofrece del turbio negocio de los telediarios matinales tiene la virtud de no dejar a nadie libre de culpa. El guión (casi redondo) bien podría estar basado en una novela de Bret Easton Ellis (a excepción de la falta de sexo). Y, aunque acierta en casi todo (la reflexión de fondo, su humor negro, la evolución del protagonista...) concluye de forma algo plana. Tras la adrenalina quemada, se echa en falta un final más imprevisible y contundente. Sin embargo, el viaje en sí es bastante rico en capas de profundidad como para sentir que ha valido la pena el mal trago. En realidad, su crudeza resulta muy disfrutable; un poco como los propios noticieros que critica. Como debe de ser, al encarar una propuesta de estas características.

Recomendado para espectadores del telediario de Pedro Piqueras con mala conciencia.
No recomendado para quienes les cueste aceptar ciertos aspectos del mundo en el que vivimos.

31 de enero de 2015

Collage de cuentos cantados

Into The Woods (Into The Woods, 2014)

Dirección: Rob Marshall
Guión: James Lapine
Intérpretes: Meryl Streep, Emily Blunt, James Corden, Anna Kendrick, Chris Pine, Johnny Depp, Tracey Ullman
Fotografía: Dion Beebe
Música: Stephen Sondheim

Conocido por ser el autor de musicales tan emblemáticos como Golfus de Roma Sweeney Todd o poner letra a las canciones de West Side Story (1961), Stephen Sondheim es, en realidad, toda una institución del teatro neoyorquino. Ganador de varios premios Tony y de un Oscar por la canción de Dick Tracy (1990), en 1987 estrenó en Broadway una aclamada obra en la que mezclaba con canciones cuatro cuentos clásicos de los hermanos Grimm que se mantuvo en cartel a lo largo de 764 representaciones titulada Into The Woods. Con el mismo título y de la mano del director de Chicago (2002), nos llega ahora su adaptación cinematográfica que, a pesar de las altas expectativas que había generado, ha resultado ser un producto bastante fiel al material original pero con una puesta en escena demasiado funcional que corre los mínimos riesgos posibles. Salvo pequeños detalles, todas las buenas bazas de la película son las que ya contenía su versión teatral, por lo que nos encontramos ante una traslación a la gran pantalla que funciona pero peca de rutinaria.

Puede ser que Rob Marshall no vuelva a tener un éxito en su carrera como el de su debut cinematográfico que, por otro lado, quizás, como reconocimiento, le llegó demasiado pronto. Lo que está claro es que la teatralidad de su multipremiada ópera prima o de Nine (2009) aportaba una dualidad entre la realidad y el imaginario de los personajes que aquí no existe y, por lo tanto, juega estéticamente en contra. Esa sensación de bosque de cartón piedra no funciona, como tampoco sus planos frontales que parecen estar siempre filmando desde detrás de una metafórica cuarta pared. 

Afortunadamente, el trabajo de los actores es francamente notable. Capitaneados por una perversamente divertida Meryl Streep que, prácticamente, eclipsa al resto, el reparto, en general, hace un trabajo vocal e interpretativo excepcional. Sorprende, en este caso, un autoparódico y muy correcto Chris Pine como príncipe azul adúltero, mientras que la participación de Johnny Depp como lobo feroz es tan breve que casi no puede valorarse más que como cameo. 

Aparte de esto, la cinta es entretenida y sugerente, especialmente, en su primera parte, donde la narración camina más fiel a los cuentos originales. No obstante, a partir del cierre de la primera gran trama, cuando la historia se vuelve más triste y tenebrosa, va perdiendo ritmo progresivamente y el interés decrece. En gran parte, esto sucede por tratar de suavizar sus fragmentos más duros ( por ejemplo, ciertas muertes) de un producto que, en realidad, ni así consigue ser adecuado para niños, por lo que no tiene demasiado sentido esa moderación.

En cualquier caso y a pesar de sus carencias, Marshall logra un ejercicio estético y musical muy disfrutable y con grandes momentos, a pesar de no atreverse a ofrecer la contundencia trágica que, honestamente, correspondería a esta obra de Sondheim y su mensaje final.

Recomendado para amantes de los musicales que simpaticen con los cuentos tradicionales.
No recomendado para detractores de Rob Marshall, Sondheim o Meryl Streep.

23 de enero de 2015

Los límites de la disciplina

Whiplash (Whiplash, 2014)

Dirección y guión: Damien Chazelle
Intérpretes: Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Jayson Blair, Jesse Mitchell, Marcus Henderson 
Fotografía: Sharone Meir
Música: Justin Hurwitz

Podemos decir que una historia es genuinamente original cuando, a pesar de beber de varias fuentes y enmarcarse en géneros ya explorados, encuentra su propia identidad con el simple hecho de hacer que la narración transcurra. Damien Chazelle, conocido por firmar recientemente el guión de la decepcionante Grand Piano (2013) de Eugenio Mira, dirige aquí una cinta enérgica, humana, emotiva, dolorosa y detallista, pero por encima de todo: muy auténtica. En realidad, la trama se basa en trasladar la tensa ambientación de ciertos largometrajes anti-militaristas como La chaqueta metálica (1987) o El sargento de hierro (1986) al mundo de los conservatorios de música, donde los roles de soldado y oficial equivalen a los de músico y director (o maestro), respectivamente. 

Se nota, por encima de todo, que Chazelle se conoce al dedillo los entresijos del universo que nos muestra, puesto que él mismo quiso ser músico y tocó la batería en una banda de jazz como el propio protagonista del filme. La propuesta es inteligente, mesurada y certera, repartiendo el peso dramático entre el carisma del frágil Miles Teller y la arrolladora fuerza interpretativa de un J.K. Simmons insuperable. Resulta asombrosa la sencillez con la que se atrapa al espectador con esos choques entre profesor y alumno, la constante reinvención de los obstáculos que se encuentra nuestro joven anti-héroe y los vibrantes momentos musicales. 

No es fácil calibrar de forma tan perspicaz la violencia (tanto explícita como implícita) del relato ni matizar dos roles que bien podrían haberse llevado hacia el estereotipo. Sin embargo, Whiplash tiene la destreza de detenerse en pequeños elementos que enriquecen notablemente el conjunto: desde las gotas de sangre ilustrando el esfuerzo desmesurado, la relaciones del chico con su novia y su familia hasta las diferentes facetas del personaje de Simmons, dependiendo del momento y el entorno. 

En definitiva, la película pone sobre la mesa un complejo debate sobre los límites del arte y la capacidad del ser humano, a través de un mentor tiránico, con una finalidad digna de admirar y un método abominable. Pero, ciertamente, lo más interesante de todo esto es cómo el aprendiz se va enganchando poco a poco a esa disciplina cruel y, con él, el público que, en muchos momentos, no dará crédito, nunca dejará de sorprenderse y hasta acabará dudando de sus propios ideales morales.

Recomendado para amantes del jazz y de la precisión narrativa.
No recomendado para espectadores sensibles al exceso de tensión sobre una situación o un personaje.

16 de enero de 2015

La gran farsa de la notoriedad

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance, 2014)

Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
Intérpretes: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Amy Ryan, Andrea Riseborough, Lindsay Duncan
Fotografía: Emmanuel Lubezki 
Música: Antonio Sánchez
Es habitual que directores que han impactado al público de forma contundente al inicio de su carrera, más adelante, sientan la necesidad de reinventarse de alguna forma. Lo hemos visto, por ejemplo, con Alejandro Amenábar, M. Night Shyamalan o Sam Mendes cuyas primeras películas les condenaron a convertirse, en sus siguientes trabajos, en los peores enemigos de sí mismos. El caso más similar al de Iñárritu, quizás, sea el de Spike Jonze cuya etapa preliminar estuvo absolutamente vinculada al guionista Charlie Kaufman. Tan representativa era esta colaboración que, al separarse, llegó a ponerse en duda que el talento de Jonze en solitario volviera a dar resultados tan buenos. De igual forma, la ruptura entre Iñárritu y Guillermo Arriaga (su escritor fetiche) tras Babel (2006), con el que había rodado, anteriormente, las magníficas Amores perros (2000) y 21 gramos (2004), sembró una incertidumbre que hasta la actual Birdman no se había disipado del todo.

El filme supone la primera incursión en la comedia del director mexicano que, sin embargo, no renuncia a cierta densidad trágica, en esta ocasión, llevada a un terreno más existencial. La mezcla entre esta angustia inherente a los personajes con unos diálogos frescos, ingeniosos y maravillosamente escritos da como resultado una personalísima bomba narrativa, tan profunda como divertida. Además, todos y cada uno de los miembros del reparto hacen un trabajo impecable, portentoso y de una honestidad brutal.

Pero si algo destaca de la cinta es el fascinante y complejo plano secuencia continuado que, con sus trucos y licencias, narra la historia de principio a fin. Este recurso sumerge al espectador completamente en el mundo del protagonista, su camerino, el escenario, los pasillos del teatro; le acompaña al bar, a la azotea, por la calle... para penetrar en lo más íntimo de su voz interior, sus miedos, sus manías, su aspiración y sus complejos. La maquinaria que maneja Iñárritu es tan magistral como extenuante y un verdadero prodigio técnico. Así, pone todos sus medios como realizador al servicio de la historia y transmite a la perfección la ansiedad de Riggan Thomson (Michael Keaton), estrella de cine en horas bajas, conocido por interpretar un superhéroe en la gran pantalla, que pretende obtener el prestigio que nunca tuvo con el estreno de una obra en Broadway.

Los paralelismos con la imagen pública del propio Keaton (así como la del más que convincente Edward Norton) otorgan a la propuesta una ironía y verosimilitud muy útiles a la hora de construir una sátira sobre el mundo del espectáculo ácida, mordaz y necesaria como nunca. Las referencias al estado de la profesión y de la industria, a las adaptaciones de cómics, las redes sociales o a las diferencias entre artista y celebridad son de una valentía y actualidad asombrosas. De esta manera, se consiguen, a un ritmo frenético, momentos inquietantes, enredos muy graciosos y secuencias verdaderamente antológicas como la conversación con su hija sobre la notoriedad, el enfrentamiento con la despiadada crítica del New York Times o la carrera en calzoncillos por Times Square.

Pero, sobre todo, la película es una burla corrosiva de la importancia del reconocimiento en la era de Facebook y Twitter, el papel de los compañeros y los medios de comunicación y, en definitiva, del ego de los actores contemporáneos. No obstante, todavía queda espacio para la acción, los efectos especiales, momentos de drama más puro y hasta de realismo mágico. Y es que, en cierta forma, Birdman lo tiene todo.

Recomendado para interesados en los entresijos del lado más oscuro del show business.
No recomendado para los que asocien comedia a ligereza.

10 de enero de 2015

Los códigos del buen drama

The Imitation Game (Descrifrando Enigma) (The Imitation Game, 2014)

Dirección: Morten Tyldum
Guión: Graham Moore
Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Rory Kinnear, Tuppence Middleton, Steven Waddington, Victoria Wicks
Fotografía: Óscar Faura
Música: Alexandre Desplat

Cada vez más extendido y popular, el biopic es siempre un género peligroso en cuanto al riesgo de caer fácilmente en un formato demasiado cercano al telefilme o perderse en el terreno del melodrama barato. Diametralmente opuesto a estas contingencias es el resultado de The Imitation Game (Descifrando Enigma), una película de factura impecable, sólido guión y una dirección elegante difícilmente cuestionable en ninguno de sus aspectos formales. Se nota, todo hay que decirlo, que el productor Harvey Weinstein ya se conoce al dedillo las claves para construir el drama perfecto, suculento para cualquier paladar y oscarizable en el máximo de categorías. 

La cinta narra la vida de Alan Turing, padre de la computación moderna que descifró el sistema de comunicación secreto de los nazis, ayudando así a los aliados a ganar la II Guerra Mundial. En el reverso oscuro de tal hazaña, encontramos, por una parte, la personalidad del propio Turing: solitario y arrogante, con una infancia traumática y cierta incapacidad de relacionarse con otras personas. Por otro lado, está la miserable persecución a la que las autoridades inglesas lo sometieron por su condición de homosexual, condenándolo, pese a sus geniales aportaciones científicas, a un tratamiento de castración química que lo empujó al suicidio en 1954. 

Divida en tres segmentos enlazados con un dominio magistral de la narración, el problema de la película radica en cierto aire benevolente con el que evita sus partes más truculentas. El objetivo, probablemente, es gustar a todo el mundo y lo cierto es que, por todas sus otras virtudes, probablemente lo consiga. Sin embargo, resulta difícil de entender que no se afronte la cuestión del trágico final del protagonista (más que en un triste título sobreimpresionado en pantalla). No es del todo aceptable que el filme informe del desenlace como si se tratase de una información adicional y no una consecuencia atroz de algo que el director debiera haber denunciado abiertamente. Al fin y al cabo, estamos hablando de la historia de la Inglaterra que Turing ayudó a liberar y de en lo que ésta se convirtió después.

Pero dejando a un lado estas consideraciones, no podemos obviar el magnífico trabajo interpretativo de Benedict Cumberbatch: emotivo, intenso, contundente y lleno de matices que, no obstante, parece estar encasillándose en la figura del genio excéntrio (Sherlock Holmes, Julian Assange...), lo que, en realidad, no es malo del todo. También son interesante los paralelismos que la trama plantea entre la mente del personaje y la máquina que inventa, con su visión del mundo (y de sus sentimientos) como un enigma por descifrar. Y cabe destacar, por último, el astuto uso de algunos tópicos y convenciones muy funcionales a modo de guiño al espectador medio, su buen ritmo e intriga constante, y un hermoso empaque (música, fotografía, vestuario...) capaz de complacer a cualquiera.

Recomendado para amantes del drama agradable a los sentidos.
No recomendado para quienes sientan como inaceptables ciertas actitudes benevolentes.