20 de marzo de 2014

Retrato de un combatiente

Dallas Buyers Club (Dallas Buyers Club, 2013)

Dirección: Jean-Marc Vallée
Guión: Melisa Wallack y Craig Belton
Intérpretes: Matthew McConaughey, Jared Leto, Jennifer Garner, Steve Zahn, Dallas Roberts, Denis O'Hare
Fotografía: Yves Bélanger
Música: Varios

La historia real de un grupo de seropositivos que luchan contra su enfermedad es un material con una gran carga emotiva y, al mismo tiempo, algo peligroso. Al abordar una temática tan delicada se corre el riesgo de caer fácilmente en el sentimentalismo, el discurso moralista y el melodrama televisivo. Uno de los mayores logros de Dallas Buyers Club es esquivar todas esas posibilidades para centrarse en el políticamente incorrecto personaje interpretado por Matthew McConaughey. El retrato de Ron Woodroof, cowboy texano, mujeriego y drogadicto al que los médicos le pronostican un mes de vida tras descubrir que es portador del VIH, rompe todos los esquemas que consagraron anteriormente filmes como Philadelphia (1993). Su rebelión contra el entorno, su condición y contra todo el sistema nada tiene que ver con la lucha desde el victimismo que contenía la cinta protagonizada por Tom Hanks. Claro que los tiempos han cambiado y tan necesarias fueron las formas de aquella como lo son ahora las de ésta.

Jared Leto, por su parte, encarna a Rayon, un transexual que comparte con Ron unas imparables ganas de vivir. La combinación de ambas interpretaciones, junto a su espectacular transformación física, tiene algo de hipnótico y consigue introducirnos en el relato de manera inmediata. Ambos actores han cogido sus roles con fuerza y se han entregado enteramente a ellos. No es de extrañar que hayan encandilado este año a la Academia de Hollywood que les ha otorgado el Oscar a Mejor Actor Protagonista (McConaughey) y Mejor Actor de Reparto (Leto).

No obstante, el guión no es nada del otro mundo. Como pasaba también en Philomena (2013), salvando las distancias, la historia son los personajes. El desafío a las industrias farmacéuticas podría habernos llevado por una compleja trama de enfrentamientos judiciales o derivar hacia el thriller pero es obvio que eso no es lo que al director le interesa. De lo que se trata aquí es de mostrarnos la evolución de este anti-héroe de la américa profunda que pasa de ser un homófobo intolerante al distribuidor más importante de medicinas antivirales alternativas y, así, convertirse en un cierto referente para el colectivo gay. Todo esto, sin perder la complejidad de su carácter ególatra. Además, se agradece que se recurra muy poco a escenas de la reivindicación de la tolerancia (como el momento en el supermercado) para detenerse en definir al detalle la amistad entre Ron y Rayon que es donde reside la verdadera reflexión de todo el conjunto y aporta los momentos más tristes, divertidos y hermosos.

Recomendado para los que busquen una reinvención honesta de las historias sobre seropositivos.
No recomendado para homófobos sin intención de evolucionar.

15 de marzo de 2014

Melodrama de interés humano

Philomena (Philomena, 2013)

Dirección: Stephen Frears
Guión: Jeff Pope y Steve Coogan
Intérpretes: Judi Dench, Steve Coogan, Sophie Kennedy Clark, Mare Winningham, Barbara Jefford
Fotografía: Robbie Ryan
Música: Alexandre Desplat

Se dice a veces, dejando cierto sabor a lugar común, que en la narración de historias no existen los géneros menores. Según esta manera de verlo, cada película podría, teóricamente, llegar a ser una gran obra dependiendo de cómo se aprovechen los elementos con los que se cuenta. De entrada, Philomena arranca con toda una serie de tópicos propios de lo que sería el clásico melodrama de sobremesa, por lo que no lo tenía demasiado fácil. Sin embargo, la buena mano en la dirección de Stephen Frears consigue darle un empaque visual muy cuidado con lo que se desmarca desde el principio de la posible acusación de encontrarnos ante un telefilme venido a más. El director de la excelente The Queen (2006) no es que se deje el alma con el proyecto, pero tampoco lo dirige con desgana y, así, logra subir el listón a partir de pequeños detalles de planificación y de tratamiento de los personajes.

La otra gran baza de la cinta son, sin duda, la calidad de sus actores. Judi Dench, acostumbrada a interpretar a grandes damas (desde la Reina Victoria hasta M, la jefa de James Bond), construye aquí a una humilde mujer irlandesa que fue obligada a dar a su hijo en adopción cuando era una adolescente. Curiosamente, una vez vista, el papel (basado en un caso real) parece escrito expresamente para ella. Desborda carisma, realidad, ternura, humor y emoción. Se hace querer de inmediato y sus contradicciones son el verdadero espíritu de la película. El contrapunto imprescindible recae sobre Steve Coogan, que interpreta al periodista político que trata de dar un giro a su carrera trabajando en este caso de interés humano. La relación entre ellos y la implicación progresiva del periodista en la búsqueda del hijo de Philomena dan lugar a los mejores momentos.

Desgraciadamente, conociendo la trayectoria de Frears, notamos en esta ocasión defectos a los que no estamos acostumbrados a ver en su cine: la tendencia hacia la vertiente lacrimógena del relato, cierta domesticación en su mirada  y un exceso de respeto por el material con el que se podría haber apostado por ser mucho más duro, más político o más social. Si a eso le sumamos los torpes giros de guión con los que avanza la investigación y la facilidad con la que superan los obstáculos más interesantes, el resultado acaba por ser ligeramente insatisfactorio. No obstante, Judi Dench tiene suficiente fuerza como para arrastrarnos emocionalmente hasta el final, por lo que la mayoría de estos problemas, si uno se deja llevar, terminan por no tener importancia.

Recomendado para ir a ver con vuestras madres.
No recomendado para los que esperen una película con crítica social al estilo Ken Loach.

8 de marzo de 2014

Historia de amor virtual

Her (Her, 2013)

Dirección y guión: Spike Jonze
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Amy Adams, Rooney Mara, Olivia Wilde, Scarlett Johansson, Chris Pratt, Kristen Wiig
Fotografía: Hoyte Van Hoytema
Música: Arcade Fire, Owen Pallett

Después del estreno de Donde viven los monstruos (2009), su primera película sin guión de Charlie Kaufman tras las magistrales Cómo ser John Malkovich (1999) y Adaptation (2002), afloró el miedo a que Spike Jonze fuera un director (como también se dijo de Alejandro González Iñárritu) demasiado dependiente de un guionista estrella. El filme basado en el libro infantil de Maurice Sendack, aun siendo estéticamente una propuesta interesante, no tenía, ni de lejos, la complejidad de sus obras anteriores. Han tenido que pasar algunos años hasta que, finalmente, Jonze ha sido capaz de dar con una historia propia con la que demostrar que aquellos miedos eran infundados y que todavía le queda mucho por decir sin depender de nadie.

Desprovisto del retorcimiento narrativo de sus primeros trabajos, Her es una historia de amor contada con total naturalidad al estilo más clásico, excepto que, en este caso, la chica (Scarlett Johansson) es un sistema operativo. La cinta dibuja un futuro amable (no especialmente distópico) basado en una proyección hacia adelante de todos los cambios que estamos viviendo hoy en día. Así, se potencia con mucha inteligencia la integración de la tecnología en la vida de las personas (sin necesidad de grandes efectos especiales) y una deliberada estética hipster totalmente verosímil. 

Una vez más, se usa este pretexto para hablarnos de la alienación del mundo contemporáneo, las grandes ciudades y las oficinas, y de la soledad insoportable del hombre soltero. Pero lo cierto es que nunca se nos había mostrado de una manera tan clarividente, desnudando la esencia humana con tanta crudeza y ternura, con tantos pequeños detalles reconocibles en el protagonista de nuestra propia existencia actual. Además de todo esto, por si fuera poco, el guión está lleno de sorpresas, resulta muy emotivo y funciona hasta en los momentos más excéntricos. Jonze no ha tenido miedo de arriesgar y lleva el relato hasta el límite de sus posibilidades, rozando lo ridículo en muchas secuencias pero saliendo airoso de cada una de ellas.

Por otra parte, es impresionante la personalidad y el carisma que tiene Scarlett Johansson solo en la voz, así como Joaquin Phoenix que ha construido un maravilloso perdedor, contradictorio, gracioso y encantador; gracias al cual se sostiene todo el conjunto, puesto que pasa gran parte del metraje solo ante la cámara. En conclusión, se tratar de una mezcla entre un posible episodio romántico de la serie Black Mirror y una hipotética secuela de La red social (2010), sumándole el toque inconfundible del cine de Spike Jonze al que, a diferencia de otros, no le queda grande el adjetivo de visionario.

Recomendado para personas sensibles al amor cibernético.
No recomendado para tecnofóbicos en cualquiera de sus grados.

2 de marzo de 2014

Piratas contemporáneos

Capitán Phillips (Captain Phillips, 2013)

Dirección: Paul Greengrass
Guión: Billy Ray
Intérpretes: Tom Hanks, Catherine Keener, Chris Mulkey, John Magaro, Max Martini, Barkhad Abdi
Fotografía: Barry Ackroyd
Música: Henry Jackman


Si no hubiera sido por la revitalización que supuso Piratas del Caribe: La maldición de la Perla Negra (2003), el género de corsarios que tantas alegrías dio al cine de aventuras en la época dorada de Hollywood (más o menos como el western), seguiría siendo poco más que una categoría nostálgica. No obstante, aun con la demostración de Disney que todavía los bucaneros pueden funcionar al estilo clásico, Paul Greengrass ha optado con Capitán Phillips por ofrecer una visión diametralmente opuesta a las peripecias de Jack Sparrow y compañía. Basada en una historia real, el filme tiene la pretensión de retratar con el máximo realismo el asalto de un grupo de somalís a un barco norteamericano en aguas cercanas al Cuerno de África. Con un (falso) afán documentalista, el director de El mito de Bourne (2004) construye un conflicto trepidante, tenso y emocionante, demostrando, de nuevo, su gran habilidad para las escenas de acción con verosimilitud. 

El problema es que partimos de un punto de vista demasiado maniqueo en el que se elevan exageradamente las cualidades positivas del héroe (Tom Hanks, americano ejemplar) sin mostrarnos ni un pequeño defecto de su actitud como capitán, hombre, padre o esposo. Todas y cada una de sus acciones, incluso las que van contra los objetivos de los piratas en los momentos más duros, son honestas y responden a una ética universal algo increíble y bastante simplona. Por otro lado, nada se nos enseña de las condiciones de vida en que se hallan los somalís y sus familias, ni los motivos por los que se pueden ver empujados a hacer lo que hacen. Lo que vemos de ellos es la caricatura de cómo un estadounidense imagina a sus enemigos: su fealdad, su vileza, su agresividad; y (casi) nunca su necesidad y desesperación. No obstante, a medida que avanza la cinta, aparecen pequeños elementos en los que se intuye que esa dicotomía entre buenos y malos es solo aparente.

En cualquier caso, es el desenlace lo que salva definitivamente la película, dejando un saludable sabor agridulce que, por primera vez, cuestiona quiénes son, en realidad, las verdaderas víctimas en todo esto. También las interpretaciones de los actores suben notablemente el listón: los secundarios de ambos bandos, el actor Barkhad Abdi (toda una revelación) y, por supuesto, Tom Hanks, creíble, contenido y emocional. Ojalá se hubieran atrevido a añadir algunas sombras al arco de su personaje para que tuviera algo más de profundidad. Resulta curioso que, respecto a esto, sí que se ha optado por definir al héroe al estilo de estrella del cine clásico.

Recomendado para los que busquen una de piratas con acción y emoción realista.
No recomendado para los que tiendan a ponerse del lado de los malos.

23 de febrero de 2014

Latigazos históricos

12 años de esclavitud (Twelve Years a Slave, 2013)

Dirección: Steve McQueen
Guión: John Ridley
Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Brad Pitt, Paul Giamatti, Paul Dano, Sarah Paulson, Lupita Nyong'o
Fotografía: Sean Bobbitt
Música: Hans Zimmer

La esclavitud es uno de los tema clave para entender la historia de Estados Unidos por lo que, necesariamente, ha dado lugar a un gran número de películas e interesado a importantes directores tan diferentes como Spielberg, Tarantino o Lars Von Trier. Y aunque puede que el público europeo viva el asunto con algo más de distancia, por su violencia y carácter universal, finalmente, conmueve a todo el mundo. Llegados a este punto, cuando ya parecía haberse dicho todo sobre la cuestión, aparece Steve McQueen con una propuesta nueva: narrativamente refrescante en su sobriedad, que se toma en serio la problemática y sus personajes, rigurosa y muy valiente. 

Uno de los giros clave que aporta la visión del director de la angustiante Shame (2011) es que su protagonista, Solomon Northup, no es un esclavo, sino un culto músico negro que vive con su familia en el Nueva York de 1850. Tras compartir una copa con dos desconocidos, descubre que ha sido drogado para, finalmente, ser secuestrado y vendido para trabajar en una plantación de Louisiana. De esta manera, 12 años de esclavitud, con un sencillo relato, no solamente trata sobre la explotación, la falta de dignididad y la opresión, sino también de los que, por necesidad o por vileza, contribuyeron a todo lo que sucedió. Habla de esclavos y esclavistas, de blancos de buen corazón (Brad Pitt) y blancos miserables (Michael Fassbender), y de los que lucharon y los que miraron hacia otro lado.

La osadía del filme reside en la dureza de su exposición, sin dejar a nadie libre de culpa, acompañado de un tono casi documental que lo emparenta en la línea de otras cintas sobre el holocausto judío. Probablemente, calificarla como la película definitiva sobre la esclavitud sea algo exagerado, pero lo que no podemos negar es que es un producto totalmente distinto a lo que habíamos visto hasta ahora.

Además, sumando a la excelencia expositiva, encontramos el trabajo de los actores. Chiwetel Ejiofor encarna con gran entereza y credibilidad al héroe que deberá recuperar su libertad. Junto a él destaca la joven Lupita Nyong'o, en el papel de la esclava Patsey que es maltratada y violada por su escalofriante amo (Fassbender), y cuyo sometimiento resulta tan abominable como lleno de matices. En definitiva, McQueen prácticamente ha plasmado una porción de realidad que deja en evidencia (una vez más) el lado más repulsivo del alma humana. Un testimonio sin pudor ni censura, en el que los latigazos se ven, se escuchan y se sienten hasta resultar casi insoportables para el público tanto como para sus protagonistas.

Recomendado para amantes del cine histórico sin remilgos.
No recomendado para espectadores sensibles a los efectos reales de la violencia.

20 de febrero de 2014

Crónica sentimental de España

Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013)

Dirección y guión: David Trueba
Intérpretes: Javier Cámara, Francesc Colomer, Natalia de Molina, Ramón Fontserè, Ariadna Gil, Jorge Sanz
Fotografía: Daniel Vilar
Música: Pat Metheny

Vivimos en un país con todavía muchas cuentas pendientes con su pasado. La guerra civil, el franquismo y las dos Españas son temas que, después de tantos años, aún escuecen por nuestra incapacidad como nación de curar correctamente las heridas de nuestra historia. Es por esto que echar la vista atrás, sea en cine o televisión, supone todo un reto creativo para nuestros directores. Lo más habitual es caer en el bando de la condena sistemática de aquellos años de horror (tan necesaria pero ya tan vista), aunque también hay los que tienden a la idealización poética al estilo "estábamos tan mal pero qué felices éramos". El mayor logro de David Trueba es esquivar estos dos tópicos para retratar con honestidad y a partir de una anécdota parte de lo que esencialmente fueron los años 60 en nuestro país. 

El viaje de este profesor que enseña inglés con las canciones de los Beatles y viaja a Almería a conocer a John Lennon sirve de metáfora perfecta de la necesidad de entonces de vislumbrar un horizonte de libertad. Javier Cámara encarna con una credibilidad pasmosa a este entrañable personaje que, antiheroico y carismático, emprende su aventura con la intención de no rendirse hasta que consiga su objetivo. En su peripecia le acompañan una joven y un adolescente interpretados por Natalia de Molina y Francesc Colomer que están maravillosamente a la altura de las circunstancias, lo mismo que la estupenda colección de secundarios. Más allá de los habituales Ariadna Gil, Ramón Fontserè y Jorge Sanz, los habitantes del pueblo, los guardia civiles o los niños son todo un hallazgo.

No podemos negar que la película tiene una intencionalidad optimista y sentimental (aunque el trasfondo sea de opresión y desesperanza). No obsante, en ningún momento cae en la cursilería ni la falsa afectación. Al contrario, lo fascinante son las grandes dosis de realidad que contiene. Si bien es cierto que algún tópico en los diálogos subrayan ciertas reflexiones sobre la vida un tanto estereotipadas, por lo demás, el filme resulta ágil, enternecedor y muy cercano. Además, está escrito de forma que emparenta aquellos tiempos (su estado de ánimo y la ausencia de ilusión) con la época actual, en lo que supone el consuelo más inteligente que hemos podido ver en nuestras pantallas desde que empezó la crisis.

Recomendado para nostálgicos que no cierren los ojos a la realidad.
No recomendado para quienes fueran más de los Rolling.

13 de febrero de 2014

El estafador, su mujer y su amante

La gran estafa americana (American Hustle, 2013)

Dirección: David O. Russell
Guión: David O. Russell y Eric Singer
Intérpretes: Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Jeremy Renner, Robert De Niro, Michael Peña
Fotografía: Linus Sandgren
Música: Danny Elfman


Si no fuera por sus diez nominaciones a los Oscar (a la espera de ver cuántos consigue finalmente) y el exagerado cariño que Hollywood muestra hacia David O. Russell, quizás podríamos disfrutar de La gran estafa americana desde una óptica más realista sin que la película, entretenida y bastante simpática, tuviera que lidiar con unas expectativas demasiado infladas. Sin embargo, dadas las circunstancias y el bombardeo mediático, no resulta fácil hacer una abstracción para juzgar el último trabajo del director de El lado bueno de las cosas (2012) con la ecuanimidad adecuada; ardua tarea si tenemos en cuenta que, dada su arrogancia formal, parece no merecer ni siquiera que hagamos tal ejercicio.

El principal problema del filme es que se apoya excesivamente en sus actores. Con la entrega total de su elenco de habituales parece que intente suplirse ciertas carencias de un guión que está lejos de ser perfecto. El primer acto es confuso y atropellado hasta que, una vez metidos en materia -¡por fin!-, la trama empieza a funcionar y, salvando algunos baches narrativos, aguanta ya hasta el final. Christian Bale (con su enésima transformación física) sostiene con solvencia el peso de la historia como uno de los grandes, mientras que Amy Adams y Jennifer Lawrence aportan los mejores momentos, mostrando su cara más carismática, divertida y una habilidad para robar escenas fuera de serie. Por su parte, Bradley Cooper, aunque algo autoparódico, también hace un trabajo notable. La sensación, por lo tanto, es que los actores están extrañamente por encima de la película y que, detrás de su esfuerzo, no queda gran cosa.

Influenciada en gran parte por Boogie Nights (1997) y Casino (1995), con colaboración de Robert De Niro incluida, pero sin estar a la altura de Paul Thomas Anderson ni Scorsese (ya le gustaría), resalta demasiado el afán de Russell por dejar en la obra un sello de autor que tampoco está claro si existe de verdad. Afortunadamente, en su conjunto, es muy amena, animada, estéticamente muy vistosa y con una impecable banda sonora, por lo que es difícil que el público se aburra. No obstante, seamos serios: está a años luz de ser lo mejor que se ha estrenado este año; es más, ya veremos, con el tiempo, quién se acuerda de ella.

Recomendado para acólitos de la secta de David O. Russell o fanáticos de la estética setentera.
No recomendado para los que esperen la gran película americana del año.

12 de febrero de 2014

En busca de la dignidad perdida

Nebraska (Nebraska, 2013)

Dirección: Alexander Payne
Guión: Bob Nelson
Intérpretes: Bruce Dern, Will Forte, Stacy Keach, Bob Odenkirk, June Squibb, Angela McEwan
Fotografía: Phedon Papamichael
Música: Mark Orton

De una forma más o menos profunda, las películas de Alexander Payne siempre nos cuentan un viaje. Bien sea en busca de las propias raíces como en A propósito de Schmidt (2002) o para visitar viñedos como en Entre copas (2004), sus personajes emprenden una aventura para descifrar el misterio que arde en su interior, confuso y doloroso, que no entienden y proyectan en ese objetivo externo. El protagonista del filme (un fantástico Bruce Dern) está obsesionado con cobrar un premio de un millón de dólares que ha leído en un folleto que ha ganado. A pesar de que su hijo le insiste en que se trata de un timo, finalmente, no tiene más remedio que acompañarlo a Nebraska (donde están las oficinas), incapaz de hacerle cambiar de opinión.

Llena de melancolía y grandes toques de humor, la película es, en esencia, una reflexión sobre la dignidad en la vida de los ancianos. A través de la mirada derrotada del viejo, Payne parece decirnos que la existencia no tiene sentido sin una ilusión por la que avanzar. Con ese paso firme, aunque también triste, Woody Grant y su hijo aceptan la mentira como excusa para no perder la fe en sí mismos. Tanto el blanco y negro de la fotografía como los áridos paisajes del norte de Estados Unidos reflejan con pesimismo la monótona realidad con la que tienen que lidiar nuestros héroes. La cinta cuenta con un guión brillante, sutil y con grandes momentos (el robo del compresor) y una excelente definición de los personajes, que, por primera vez, no firma el propio Payne y, sin embargo, parece adaptarse a la perfección a su universo personal. 

Aunque si hay una cosa que se le da bien al director es retratar con crueldad al americano medio: incomunicativo, ignorante y rudo, solamente conversa sobre coches, dinero o deportes. Mientras, las mujeres, en la cocina, hablan por los codos, básicamente, para chismorrear y criticar. El único ápice de esperanza entre tanta desolación está en el final de la historia. Afortunadamente, incluso en la América profunda, existe la posibilidad de disfrutar de las pequeñas cosas que, visto lo visto, son las mejores; en cualquier parte y a cualquier edad.

Recomendado para devotos de las road movies con significado.
No recomendado para quienes no amen a sus mayores.

9 de febrero de 2014

Austeridad turbadora

Caníbal (2013)

Dirección: Manuel Martín Cuenca
Guión: Manuel Martín Cuenca y Alejandro Hernández
Intérpretes: Antonio de la Torre, Olimpia Melinte, María Alfonsa Rosso, Manolo Solo, Yolanda Serrano
Fotografía: Pau Esteve Birba

La elegancia, delicadeza y sobriedad con la que el personaje de Antonio de la Torre condimenta un solomillo de carne humana con las manos en una de las escenas de la película es la metáfora perfecta para expresar el tono con el que Manuel Martín Cuenca ha decidido abordar la historia de este Caníbal. Esquivando con un cuidado extremo cualquier recurso morboso (lo cual no es tarea fácil dado el material), el director ha logrado extraer la belleza de la monstruosidad, diseccionando (casi como un científico que observa sin intervenir) un alma humana atroz que, sin embargo, es capaz de enamorarse. Porque, en definitiva, el retrato de este sastre metódico y apacible que se alimenta con la carne de las mujeres de las que se ha sentido atraído, a las que mata y cocina como parte de un ritual de seducción pre-coito, es una peculiar defensa del amor por encima del horror y el deseo.

Ambientada en Granada, ciudad que aporta un cierto embrujo al relato, con muy pocos diálogos y elipsis muy interesantes, Martín Cuenca consigue salirse airoso de un ejercicio de estilo complicado que tenía muchas posibilidades de caer en la truculencia y el nihilismo. Afortunadamente, se ha marcado un objetivo que apunta mucho más alto, permitiéndose incluso homenajear a la soberbia Vértigo (1958).

Tan enfermiza como la obra maestra de Hitchcock, aunque algo menos pesimista, su punto débil, quizás, es el uso de los símbolos cristianos como explicación alegórica del comportamiento del protagonista. No era necesario. Su fuerza reposa en la fascinación que genera mostrarnos la frialdad de su comportamiento, nada más. Por suerte, este aspecto tiene poco peso y queda compensado con el trabajo de Antonio de la Torre cuya una interpretación basada en la contención engrandece el filme y lo acompaña hasta el final en su apuesta por la sutileza.

Recomendado para interesados en el lado más oscuro del ser humano (morbo aparte).
No recomendado para estómagos sensibles a la sugerencia.

8 de febrero de 2014

Dolor invisible

La herida (2013)

Dirección: Fernando Franco
Guión: Fernando Franco y Enric Rufas
Intérpretes: Marián Álvarez, Rosana Pastor, Manolo Solo, Andrés Gertrudix, Ramón Agirre, Ramón Barea
Fotografía: Santiago Racaj

La tendencia a abordar las películas sobre trastornos emocionales desde una óptica moralizante o con intención aleccionadora es un vicio cinematográfico del que solo algunos pocos logran escapar. La herida, del debutante Fernando Franco, es una de esas gratas excepciones con un pulso lo bastante firme como para exponer un caso con la frialdad necesaria para que el espectador saque sus propias conclusiones. La cinta narra la historia de Ana, una chica de 28 años con un trastorno límite de personalidad que le provoca serios problemas para relacionarse y cuyo único refugio es su trabajo en un servicio de ambulancia. Interpretada por una Marián Álvarez en estado de gracia, el director nos introduce de lleno (y sin consideración) en la espiral de autodestrucción de la protagonista, incapaz de escapar, por mucho que lo intente, de su propia infelicidad.

Angustiosa y deprimente, pero brutalmente honesta, lo mejor del filme es todo lo que no se nos cuenta. Nunca llegamos a saber qué es lo en realidad ocurre en el interior de Ana, ni cuál es el origen de esa herida del título (aunque podríamos intuirlo en la escena con su padre); ni por qué todos los personajes de su alrededor la tratan con ese desdén, miedo, rencor, distancia o condescendencia. Lo único que podemos deducir es que hay mucho dolor en todos ellos, consecuencia, probablemente, de toda una serie de situaciones a las que nosotros no hemos sido invitados.

Es en ese inquietante umbral entre saber y no saber donde nos sitúa Franco para explicarnos con gran destreza la incertidumbre y frustración con la que tiene que lidiar todos los días nuestra malograda heroína. Hiperrealista en su estilo visual, son pocos los momentos de tregua para el público, por lo que, para algunos, podría resultar una propuesta difícil y bastante dura. Sin embargo, por su valentía y crudeza, su excelente planificación y sus maravillosos intérpretes vale la pena hacer el esfuerzo. Además, es una de esas obras con un abanico lo bastante amplio de lecturas como para generar un debate tras el visionado, lo cual es muy necesario hoy en día y siempre enriquecedor. 

Recomendado para quienes no tengan miedo de mirar la depresión a la cara.
No recomendado para quienes puedan identificarse demasiado con la protagonista.