4 de octubre de 2013

Los límites del laberinto

Trance (Trance, 2013)

Direccion: Danny Boyle
Guión: Joe Ahearne y John Hodge
Intérpretes: James McAvoy, Vincent Cassel, Rosario Dawson, Matt Cross, Tuppence Middleton, Danny Sapani.
Fotografía: Anthony Dod Mantle
Música: Rick Smith
Las distintas incursiones del cine en la complejidad de la mente han dado desde siempre la oportunidad a numerosos directores de explorar sugestivos universos visuales sobre el miedo, la muerte y el deseo del ser humano. El psicoanálisis (tan antiguo como el séptimo arte) ha ayudado a inspirar estas historias otorgándoles la dualidad consciente/inconsciente que tan útil ha resultado en cuanto al manejo de la información en el thriller. Danny Boyle ha sido el último en subirse al carro del noir pseudofreudiano que en los últimos años ha puesto de moda Christopher Nolan con Memento (2000) y, sobre todo, con la hegemónica Origen (2010). La particular aportación de Boyle es muy digna, aunque con un resultado poco novedoso para un género tan manido.

A diferencia de Hitchcock en Recuerda (1945), que contaba con los diseños oníricos de Salvador Dalí, Boyle ha preferido desnudar la película de cualquier eco surrealista, apostando todas sus cartas a un realismo instintivo y sexual más cerca de Cronenberg que de las maquetas de Michel Gondry. Así, su único trazo pictórico está en el cuadro de Goya que sirve de excusa para el desarrollo de toda la trama y que, en ciertos momentos, incluso dejará de tener importancia. 

Como sucede a veces, los giros de guión que buscan sorprender al espectador y, así, mantener su atención, generan desconcierto, especialmente cuando empujan el tono del filme hacia el melodrama. Sin embargo, dos grandes pilares sostienen el armazón de tan particular laberinto narrativo: primero, el enigmático pulso de Boyle que transmite una energía única a todo lo que toca; y, segundo, la sugestiva participación de una Rosario Dawson más misteriosa y deseable que nunca. Su sola presencia inunda la atmósfera de la carnalidad necesaria para dar sentido a todo el conjunto. Desgraciadamente, sus compañeros de reparto cuentan con personajes mucho menos definidos (a penas sabemos nada de ellos más allá de sus acciones), lo que empobrece enormemente el relato que, además, no se endereza hasta su tramo final (sin duda, la mejor parte) en el que se cierran todos los cabos sueltos salvando la cinta en el último minuto.

Recomendado para espectadores más instintivos que conscientes.
No recomendado si eres más de Transpotting (1996) que de Origen.

29 de septiembre de 2013

Aquelarre de humor y ritmo

Las brujas de Zugarramurdi (2013)

Dirección: Álex de la Iglesia
Guión: Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría
Intérpretes: Hugo Silva, Mario Casas, Jaime Ordóñez, Carmen Maura, Terele Pávez, Carolina Bang, Carlos Areces, Santiago Segura, Secun de la Rosa, Pepón Nieto, Macarena Gómez, Javier Botet, Enrique Villén, María Barranco, Gabriel Delgado, Manuel Tallafé.
Fotografía: Kiko de la Rica
Música: Joan Valent

Tras firmar en solitario el guión de la desbordante Balada triste de trompeta (2010), por primera vez en su carrera sin Jorge Guerricaechevarría, y dirigir con inestable mala baba La chispa de la vida (2011) escrita por Randy Feldman, cabía esperar de este reencuentro con su co-guionista habitual un retorno a la solidez de las historias con las que Álex de la Iglesia nos tenía acostumbrados. Desgraciadamente, Las brujas de Zugarramurdi, que por la cantidad de buenas ideas que contiene podría haber sido una película redonda, se pierde en un desmesurado chorro de energía narrativa incapaz de resolver los cabos sueltos que genera culminando en un epílogo francamente mediocre.

Es una lástima echar a perder de esta manera la jugosísima atmósfera, los constantes buenos diálogos y el espíritu festivo rescatado de El día de la bestia (1995) por no haber dedicado la suficiente atención a los detalles del relato. Lo cierto es que De la Iglesia cada vez filma mejor (la secuencia del aquelarre es una de las más impresionantes que se han visto nunca en el cine español), pero ciertas resoluciones son demasiado torpes para unos guionistas de su categoría y algunas tramas (aunque divertidas) resultan tristemente prescindibles. 

Quizás hubiera funcionado mejor ser algo más pretencioso en cuanto a la profundidad de la historia y detenerse en una intriga algo más elaborada, en lugar de hacer avanzar a los protagonistas a fuerza de que nunca dejen de suceder cosas. Con una mirada algo menos exigente, la cinta es gratamente disfrutable, muy graciosa, no aburre y contiene ocurrencias brillantes como la muerte acribillado a tiros de Bob Esponja, los personajes de Santiago Segura y Carlos Areces o la secuencia de créditos inicial. Además, cuenta, como de costumbre, con un plantel de secundarios maravilloso (inconmensurable Terele Pávez) y con una pareja de protagonistas (Hugo Silva y Mario Casas) cuya química funciona con naturalidad pasmosa. En especial, sorprende la interpretación de Casas que jamás estuvo tan acertado, hilarante y fresco.

Más allá de las comparaciones con Abierto hasta el amanecer (1995) y aunque el director vasco asegura que en realidad se inspiró en Los Goonies (1985), lo cierto es que la película es 100% De la Iglesia y eso ya es un mérito en sí mismo. Solo cabe esperar que, para los próximos proyectos y sin perder fuelle, consiga pulir los defectos que su cine ha ido adquiriendo con los años.

Recomendado para públicos palomiteros que disfruten del exceso.
No recomendado para paladares finos y maniáticos de la perfección narrativa.

24 de septiembre de 2013

La intimidad de la marca España

La gran familia española (2013)

Dirección y guión: Daniel Sánchez Arévalo
Intérpretes: Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Miquel Fernández, Patrick Criado, Héctor Colomé, Arancha Martí, Sandra Martín, Raúl Arévalo.
Fotografía: Juan Carlos Gómez
Música: Josh Rouse


Habría que encargar un detallado estudio sociológico para dilucidar por qué motivo el fútbol tiene un calado tan profundo en la sociedad española. Y es que no solo es el deporte patrio por antonomasia, también un negocio millonario y un instrumento de distracción perfecto para cuando no apetece mirar de frente la realidad que nos rodea (sea por decisión propia o política). Visto así, resulta curioso que en el cine español haya tan pocas historias enmarcadas en entornos futbolísticos. Dejando a un lado rarezas como Matías, juez de línea (1996), entre los escasos referentes más recientes encontramos la divertida Días de fútbol (2003) que comparte con la última película de Sánchez Arévalo el uso del balompié como excusa para diseccionar la mediocridad emocional del género humano (especialmente, el masculino). Sin embargo, mientras que el filme de David Serrano miraba al cine de Berlanga, La gran familia española pone el ojo en Wes Anderson, Judd Apatow y Alexander Payne.

De esta forma, como ya ocurría en Primos (2011), Sánchez Arévalo encuentra un interesante equilibrio entre la comedia más popular y la ironía con vocación indie; entre la sutileza y la brocha gorda; entre la risa y el drama. Todos estos malabarismos estilísticos logran sostenerse gracias a una excelente dirección de actores que hace brillar las interpretaciones de todos (desde los niños y los adolescentes hasta los más adultos) combinando con destreza guión e improvisación.

La cinta está llena de ideas originales aunque no hace alarde de ellas (como la genial secuencia de la confesión) y juega inteligentemente con los clichés y las expectativas del público ya conocedor de demasiadas bodas de celuloide. Y aunque tiene sus defectos, como esos momentos innecesariamente cercanos al estilo videoclip, también tiene la destreza de caer simpática sin renunciar al dramatismo y ser tierna sin caer en la ñoñez. Y es que el director de AzulOscuroCasiNegro (2006) es, por encima de todo, un cinéfilo que ha sabido absorber lo mejor de todas las épocas: ahí están los homenajes a Siete novias para siete hermanos (1954) y El guateque (1968). 

En definitiva, La gran familia española es un caleidoscopio de personalidades que deja en evidencia la incapacidad del hombre (español o universal) de desprenderse de la etiqueta de perdedor que tanto le pesa. Y es la muestra definitiva del talento de Sánchez Arévalo que con tan solo cuatro películas ha conseguido erigirse como uno de los directores con más personalidad de su generación.

Recomendado para futboleros con conciencia y corazón.
No recomendado para los que busquen en ella solo una burda gamberrada.

21 de septiembre de 2013

Simplificando a Alfred

Hitchcock (Hitchcock, 2012)

Dirección: Sacha Gervasi
Guión: John J. McLaughlin; basado en el libro de Stephen Rebello
Intérpretes: Anthony Hopkins, Hellen Mirren, Scarlett Johansson, James D'Arcy,  Danny Huston, Toni Collette, Jessica Biel.
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Danny Elfman

Hubo una época que ya solo nuestra madres recuerdan en que las páginas de la prensa rosa contenían únicamente amables reseñas y glamurosas fotografías de las elegantes vidas de las estrellas de Hollywood. En aquel tiempo de esplendor del sueño americano, décadas antes de Sálvame y Gran Hermano, se comentaban los secretos más íntimos de los actores y actrices de la meca del cine con discreción y los detalles más morbosos quedaban sugeridos entre líneas para los más espabilados, sin cruzar nunca los límites de lo considerado decente, pero sin renunciar al gusto del cotilleo.

Algo de ese aroma clásico de anecdotario benévolo encontramos en Hitchcock (la película). Basada en el libro Alfred Hitchcock and the Making of Psycho de Stephen Rebello, centra su historia en el complejo proceso que fue la producción y el rodaje del filme que convirtió al personaje de Norman Bates en referente eterno de la historia del séptimo arte. Sacha Gervasi dirige con buen gusto (quizás demasiado) esta sucesión de curiosidades extraídas de distintas fuentes (más o menos fiables) sin profundizar en ninguna de ellas. De esta manera, pasa de puntillas por los temas más delicados como la relación de Hitch con Anthony Perkins o la supuesta participación de Saul Bass en la secuencia de la ducha. 

Lo más destacable, como suele ocurrir en el género, es el excelente trabajo de sus actores. Anthony Hopkins es literalmente devorado por el maestro del suspense y Scarlett Johansson, aunque resulta un tanto demasiado explosiva para encarnar la belleza clásica de Janet Leigh, termina por convencer. No obstante, la verdadera protagonista de la función es la maravillosa Alma Hitchcock interpretada con sutil brillantez por una genial Hellen Mirren. Su personaje, además, conduce las tramas más reales e interesantes de toda la historia, sacando a la pareja de ciertos momentos que serían más propios de Los Roper que de un biopic serio.

Aceptándolo pues como la colección de cromos coloreados que elige ser, el conjunto es más que disfrutable y tiene, a ratos, mucha gracia, a pesar de su estética de telefilm. Tanto es así que, algunas veces, parece un episodio actualizado de Alfred Hitchcock presenta dado que no hay ninguna diferencia entre la idea que tenemos del orondo director por sus apariciones en aquel programa y su comportamiento en privado cuando está en casa con su mujer. Puede que Gervasi quiera demasiado a Hitchcock y, por ello, ha optado por mostrar solo su faceta más entrañable. No sabemos qué hubiera pasado si, en su lugar, se hubiese ahondado de verdad en la enfermiza relación que tenía con las mujeres según se cuenta en el libro de Donald Spoto.

Recomendado para cinéfilos nostálgicos y devotos del universo Hitchcock.
No recomendado para quienes nunca hayan visto Psicosis.

9 de septiembre de 2013

De monstruos y robots

Pacific Rim (Pacific Rim, 2013)

Dirección y guión: Guillermo Del Toro
Intérpretes: Charlie Hunnam, Idris Elba, Ron Perlman, Charlie Day, Rinko Kikuchi, Burn Gorman, Santiago Segura.
Fotografía: Guillermo Navarro
Música: Ramin Djawadi


Desde el boom de los efectos especiales a finales de los años ochenta, pero sobre todo, tras su expansión gracias a los avances tecnológicos en los noventa y el nuevo siglo, el cine comercial y, en especial, el fenómeno blockbuster, se ha visto empujado a hacer de la espectacularidad técnica su mejor baza. Desgraciadamente, impresionar a un público demasiado acostumbrado al virtuosismo computerizado es cada vez más difícil. Y, en ocasiones, son tantas las energías invertidas en busca de ese deslumbramiento visual que se pierde en calidad narrativa, originalidad y estilo propio.

En estas circunstancias, directores como Guillermo Del Toro resultan un oasis creativo en medio de la común mediocridad pirotécnica de Hollywood. Pacific Rim no es una de las mejores cintas del mexicano, sin embargo, solo el hecho de que haya sido capaz de dotar de alma a semejante producto ya lo hace digno de ser visto. La película no pretende inventar nada nuevo, sino homenajear a dos géneros del cine japonés juntándolos en una sola historia: el kaiju (de monstruos como Godzilla) y el mecha (de robots al estilo Mazinger). Del Toro trata este choque de universos con devoción y aplica una sensibilidad especial al diseño del filme que brilla en los pequeños detalles: desde la sucesión de criaturas gigantescas que atacan la tierra, hasta los excelentes (y divertidos) personajes secundarios que se dedican a animar el cotarro.

No obstante, el metraje es excesivo, lo que provoca que la originalidad del primer tercio (con un prólogo ejemplar que otros hubieran usado como argumento de toda la película) se agote en un in crescendo interminable de peleas que, finalmente, no es otra cosa que repetitivo. En cualquier caso, el buen sabor de boca que nos deja su halo nostálgico no desaparece tras la prolija conclusión. Se agradece que Del Toro haya apostado fuerte, aparentemente, sin dejarse ningún as en la manga. Ojalá no haya secuelas.

Recomendado para el más exigente de los públicos palomiteros.
No recomendado para los que sientan indiferencia frente a la acción desenfrenada.

15 de julio de 2013

Volvemos en septiembre...

Mr. Mula ha decidido debido al nivel de estrés de las últimas semanas que necesita unas vacaciones. Que estos meses sirvan para coger las fuerzas necesarias y dar lo mejor de sí mismo con sus próximos posts, artículos, relatos, obras de teatro y demás proyectos que en breve verán la luz. Nos vemos en septiembre en El increíble blog de Mr. Mula con nuevas críticas de cine. Feliz verano.


1 de julio de 2013

Mesías extraterrestre

El hombre de acero (Man of Steel, 2013)

Dirección: Zack Snyder
Guión: David S. Goyer, según una historia coescrita con Christopher Nolan
Intérpretes: Henry Cavill, Amy Adams, Kevin Costner, Michael Shannon, Diane Lane, Russell Crowe, Laurence Fishburne. 
Fotografía: Amir Mokri
Música: Hans Zimmer


De la misma forma en que George Lucas fue el artífice, a finales de los años 70, pero principalmente durante los 80, de una infantilización general de la industria del cine, ya ha llegado el momento de reconocer el mérito de Christopher Nolan de invertir esa tendencia haciendo renacer el entretenimiento para adultos. Tras su incursión en el género de los superhéroes con su trilogía sobre Batman, en El hombre de acero ha ejercido solamente de productor, firmando también la historia junto a David S. Goyer (colaborador habitual de Nolan), que ha escrito el guión en solitario. La silla del director la ha ocupado esta vez Zack Snyder, conocido por sus adaptaciones al cine de otros cómics como 300 (2006) o Watchmen (2009). 

Sorprende de entrada que el filme, a pesar de haber sido dirigido por Snyder, tenga una factura tan del estilo Nolan: su ritmo machacante (apoyado en la banda sonora), su pesadez argumental, su sobriedad narrativa, su oscuridad estética... La identidad de Snyder, con tendencia a ejercicios visuales mucho más kitsch y con algún tic videoclipero (por ejemplo, la combinación de la cámara lenta y la cámara rápida en las escenas de acción), ha desaparecido prácticamente del todo en esta épica reinvención de Superman. El sello Snyder ha sido relegado a momentos puntuales (como la imagen de nuestro protagonista en llamas a torso descubierto) en pos de esta nueva forma de hacer las cosas que parece haber impuesto Nolan en Hollywood.

La historia da comienzo en un renovado Krypton, a medio camino entre Dune (1984) y un planeta del universo Star Wars, en el que se crea un entramado político algo complejo pero visualmente muy sugerente. Es una vez en la Tierra cuando comienza la verdadera propuesta de construcción psicológica de nuestro héroe. En forma de flashbacks, se nos cuenta la difícil infancia de Clark Kent: un camino en busca de la propia identidad que será el leitmotiv de toda la película. Es con la relación con sus padres adoptivos (Kevin Costner y Diane Lane) donde se logran las escenas más emotivas que otorgan la profundidad que se anda buscando desde el minuto uno.

Sin embargo, existe el riesgo, en este nolaniano exceso de solemnidad, de tomárselo todo demasiado en serio. Porque no somos niños, pero eso no significa que no tengamos sentido del humor. Se echa en falta algún chiste que nos deje respirar, además de algo de humildad en la concepción del producto. El hombre de acero es equivalente en su argumento a Superman (1978) y Superman II (1980), por lo que acaba siendo un plato algo contundente para digerir de una tacada. Si a esto le sumamos el despilfarro de efectos especiales del tramo final en que la destrucción por la destrucción se convierte en puro vicio, el resultado es, sin duda, de empacho. 

Afortunadamente, la cinta es lo bastante inteligente y entretenida como para situarse muy por encima del nivel de mediocridad de la mayoría de los grandes estrenos de lo que llevamos de verano. Si se olvidan de la pretenciosa asociación del nuevo Superman con Jesucristo (nuestro Salvador), puede que las secuelas de El hombre de acero nos hagan pasar nuevos grandes momentos de los que creíamos que no volveríamos a ver tras la melancólica (aunque estimable) Superman returns (2006) de Bryan Singer.

Recomendado para todos los feligreses de Nolan, Snyder y Superman. 
No recomendado para quienes tengan demasiado presente al Superman de Richard Donner. 

20 de junio de 2013

Psicología de la soledad

The Master (The Master, 2012)

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Kevin J. O'Connor.
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Música: Jonny Greenwood


Constantemente comparado con Kubrick o Terrence Malick, el cine de Paul Thomas Anderson lleva tiempo, en realidad, emancipado de cualquier referente cinematográfico que podamos achacarle. Desde la poderosa Magnolia (1999), su obsesión por la creación de inquietantes atmósferas basadas en la psicología de los personajes ha ido en aumento hasta alcanzar su cenit con el choque de personalidades que es principalmente The Master. 

Anderson ha desnudado su técnica para dejar todo el peso de la película sobre las soberbias interpretaciones de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman cuyos trabajos, antagónicos y, sin embargo, concordantes, se retroalimentan enfermizamente como hacen sus personajes en la historia. Tal es la apuesta del director por sus actores que la narración ondula entre minimalista e inexistente. El foco está puesto sobre la torturada psique de Freddie Quell (Phoenix), veterano de guerra, alcohólico y obsesionado con el sexo, y en su relación paternofilial con Lancaster Dodd (Hoffman), el líder de una secta en auge denominada La Causa. 

Los paralelismos entre La Causa y la iglesia de la Cienciología resultan en última instancia irrelevantes. Lo que a Anderson le importa no es hablarnos del nacimiento de una secta en concreto, sino del origen de una necesidad emocional que surge espontáneamente entre dos seres solitarios y que se extrapola al estado de ánimo de la Norteamérica de los años 50. La fijación de este director por las familias toma aquí un nuevo cariz del que cabe destacar el personaje de Amy Adams (la esposa de Dodd): misteriosa, sutil y turbadora figura en la sombra que vale más por lo que se nos oculta de ella que por lo que se nos cuenta.

The Master, comunión perfecta entre clasicismo y modernidad, no será, no obstante, del gusto de todos los paladares. Su torbellino afectivo lleno de momentos intensos puede hacer rehuir a algunos espectadores que no encontrarán una estructura clara a la que agarrarse. Pero si se consigue entrar en el universo de Anderson y se conecta con la travesía psicológica del dolor de Freddie Quell, el viaje puede llegar a ser inolvidable.

Recomendado para acólitos de Anderson y cualquiera de sus nuevo adeptos.
No recomendado para alérgicos a la ambigüedad narrativa.

12 de junio de 2013

Fascinante viaje en limusina

Holy Motors (Holy Motors, 2012)

Dirección y guión: Léos Carax
Intérpretes: Denis Lavant, Edith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Michel Piccoli.
Fotografía: Yves Cape y Caroline Champetier
Música: Neil Hannon


Con los tiempos que corren de hipsterismo generalizado, no es tarea fácil enfrentarse a una película tan especial como Holy motors sin que sobrevuele la sospecha de encontrarnos ante un ejercicio de postureo superlativo. Hoy que el cine ha sido engullido por la industria y hasta las películas más independientes nacen teñidas de una intencionalidad comercial, en la búsqueda desesperada de una etiqueta que las convierta en un éxito, no es raro el temor a que se nos esté vendiendo "moto por liebre". No sería la primera vez que un filme se idea con el propósito de resultar moderno, transgresor, polémico o de culto, cuando estos calificativos deberían surgir de forma natural al final del proceso y de boca del espectador.

Ante tanta incertidumbre, lo único a lo que nos podemos aferrar, más allá de todo discurso, es a la sensación pura: lo que la película nos hace sentir; la carga emocional que deposita en nosotros. Es en este terreno donde Holy motors vence por goleada y despeja cualquier duda acerca de su posible calidad de producto con personalidad impostada. Su desparrame visual y su sinfín de recursos imaginativos termina por convertir su historia en toda una experiencia. 

Léos Carax retoma la idea barroca del mundo como representación pero desde un enfoque actual, posmoderno y tecnológico. Se trata de un viaje fascinante a través de nueve fragmentos en los que quedan de manifiesto los rasgos más artificiales de nuestra sociedad. A través de Oscar, el protagonista (un soberbio Denis Lavant, cuyo trabajo actoral es de lo mejor que se ha visto en años), comprendemos que la vida es un constante simulacro de situaciones en las que interpretamos cada vez un personaje distinto: un amante salvaje, un padre consternado, un joven enamorado, un asesino... La vida como tal ha dejado de existir desde que el amor, la pasión, el sexo y la muerte no son más que eventos pre-programados. Hablamos de la vida no como un arte, sino como un trabajo. 

Sin embargo, si la visión de Carax alberga alguna esperanza, es la depositada sobre la "belleza del gesto": ese hermoso clavo ardiendo que nos empuja a salir a actuar aunque nadie esté mirando. Esta dualidad entre posturas (frente a la vida y frente al cine) es constante en la odisea de Holy motors. Y tal periplo hipnótico no podía tener otro medio de transporte que una limusina: vehículo de lujo (puesto que es un lujo tener dónde esconderse) que sirve de camerino y refugio, y el único lugar en el que se puede ser uno mismo. Es ahí donde el personaje de Oscar tomará fuerzas para cambiar de personalidad, de vida y de forma, mostrándose tan camaleónico como el propio filme, con el que comparte la cualidad de parecer inagotable.

Quien honestamente crea que en el cine actual hay una flagrante falta de ideas innovadoras, que eche un vistazo a Holy motors y se dará cuenta de que está todo por inventar.

Recomendado para ávidos de nuevas experiencia visuales.
No recomendado para los que encaran el cine desde una perspectiva únicamente racional.

10 de junio de 2013

La educación nociva

Los niños salvajes (Els nens salvatges, 2012)

Dirección: Patricia Ferreira
Guión: Patricia Ferreira y Virginia Yagüe.
Intérpretes: Marina Comas, Àlex Monner, Albert Baró, Aina Clotet, Ana Fernández, Eduardo Velasco, Mercè Pons, Xavier Ripoll.
Fotografía: Sergi Gallardo
Música: Pablo Cervantes


Antes de entrar a valorar Los niños salvajes de Patricia Ferreira, tenemos que reconocer el mérito a Albert Espinosa de marcar una tendencia hacia un realismo de calidad en nuestra ficción cinematográfica y televisiva. Desde los guiones de Planta cuarta (2003), Tu vida en 65' (2006) y Héroes (2009) hasta la serie Pulseras rojas (que supuso su reconocimiento definitivo), ha labrado más que un estilo toda una filosofía a la hora de apostar por la naturalidad más absoluta tanto de sus historias como de toda una nueva generación de grandes actores que, podemos decirlo ya, ha descubierto.

Los niños salvajes bebe indudablemente del universo de Espinosa aunque con un aire más urbano, restándole poesía y nostalgia al tono general. El resultado es un duro retrato del abismo de entendimiento que existe entre adultos (padres/profesores) y los jóvenes de hoy en día. Ferreira demuestra un gran conocimiento del problema en su nivel más global y no le tiembla el pulso denunciando, con una simple exposición de hechos, los aspectos más dañinos de nuestro sistema de enseñanza.

Los tres protagonistas del filme simbolizan tres formas distintas de explotar frente a la opresión bienintencionada (o, por lo menos, poco consciente) de sus mayores. Ferreira parece advertirnos que, en ocasiones, las tragedias están llenas de matices pero que, si observamos bien, se las puede intuir; que las apariencias engañan; que, a veces, detrás del ruido no hay nada. Esta contundencia en el discurso es quizás lo que hace que el guión de la película resulte demasiado pretencioso en su último tramo perdiendo así parte de la verosimilitud que se había ganado durante todo el camino: secundarios tridimensionales, mezcla de catalán y castellano, escenarios perfectamente ambientados, etcétera. Aunque el desgraciado final funciona perfectamente como giro y como motor de toda la narración, es verdaderamente exagerado en comparación a la sobriedad del resto, que es finalmente, su principal virtud.

Recomendado para padres, madres, profesores/as y adolescentes.
No recomendado para educadores cerrados a la autocrítica.